Coronel Urtecho, su in terpretación histórica y la independencia centroamericana
Esteban Sandino
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| Foto de archivo de José Coronel Urtecho. |
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Pocos ensayos se han escrito sobre la historiografía nicaragüense como el de Guillermo Fernandez Ampié, publicado en la bisagra dominical de este diario el 7 de septiembre. Realmente, invita a un debate de altura a partir de dos puntuales aproximaciones críticas. La de Rodolfo Cardenal Chamorro, jesuita que en 1976 cuestionó la conocida obra en tres tomos de José Coronel Urtecho (1906-1994), es una de ellas; la otra, un artículo de Marco A. Valle (1989) sobre la necesidad de una “nueva historia, tanto como práctica social y como discurso histórico”. Si el segundo abandonó muy pronto todo interés en la materia, sustituyendo su afición histórica militante por faldas clandestinas, el primero continuaría su realización profesional en la Universidad Centroamericana “José Simeón Cañas”, de San Salvador.
Ambas críticas, según Fernandez Ampié, pasaron inadvertidas, lo que considera lamentable, pues pudieron haber generado un rico intercambio intelectual. “No hubo respuestas ni nuevos aportes, ni siquiera del propio Coronel Urtecho” acota-. Pero no fue así. El capitán de la vanguardia granadina de los primeros años 30 —y primero en pensar nuestro pasado— respondió a Cardenal Chamorro en sus “Notas tomadas al margen de un comentario a mis Reflexiones sobre la historia de Nicaragua” (Revista del Pensamiento Centroamericano, No. 153, octubre-diciembre, 1976). En ellas, el autor de las Reflexiones sobre la historia de Nicaragua/ De Gaínza a Somoza, defiende su interpretación en las citadas Reflexiones que comprendieron dos tomos publicados en 1962 (I. Alrededor de la Independencia; II. La guerra civil de 1824) y uno (2b. Explicaciones y revisiones) en 1967.
La justificación de la
“clase directora”
Porque, en el fondo, se trataba de una labor interpretativa, de la búsqueda del sentido histórico y de la elaboración de un esquema, cuyo trasfondo tenía por objetivo la justificación de lo que él llamaba “la clase directora”. Cardenal Chamorro fue más claro al señalar que la construcción mental de Coronel no era sino una reducción idealista. Más el aludido respondió: “Uno se siente sorprendido --halagado-- de que lo crean idealista”. “La historia de Coronel --sostuvo-- es una historia burguesa, que defiende a los burgueses y les justifica la adquisición de sus riquezas y poder”.
Para llegar a esta conclusión, Cardenal Chamorro desplegó en su trabajo una tesis de licenciatura, hoy obsoleta --no pocos argumentos para refutar el concepto de libertad que Coronel considera indispensable al quehacer historiográfico. Pero aquél lo malinterpretaría al concebir, de manera estricta, la historia como ciencia. En cambio, para Coronel “la historia como ciencia implicaría la inexistencia de la libertad” y el ejercicio de ésta no la reflejaba la historia partidista que rechazó desde joven, sino la historia como diálogo a la que optaba. O sea --puntualizó como conversación entre lectores, capaz de entender el pasado en relación al presente y contribuir a la formación de lo que suele llamarse conciencia histórica. Algo inexistente en Nicaragua, en gran parte porque la han impedido nuestras condiciones de pobreza, y si alguna vez pudo darse relativamente en algún sector privilegiado, estaría muy lejos del ideal de la historia como saber colectivo. El zubirismo marxista de R.C. Ch.Cardenal Chamorro cuestionó la interpretación totalizadora de Coronel desde el zubirismo marxista que predicaba en la referida universidad salvadoreña su maestro, el jesuita español --y más tarde mártir de la teología de la liberación-- Ignacio Ellacuría. Así lo advirtió el propio Coronel en la nota número uno (fueron 119 en total) de su autoapología. De ahí el contenido de las siguientes, marcadas por una resentida animosidad anti-jesuítica. “A lo que más le temen los políticos y los jesuitas es a la imaginación” (nota 5). “Cada vez es menor la diferencia de pertenecer a cualquier compañía multinacional que a los jesuitas” (nota 49). “Es tan raro un jesuita poeta como un hombre de negocios poeta” (nota 76). Y esta otra: “Mucho se ha comparado, y al parecer no del todo sin razón, a San Ignacio de Loyola con Lenin; pero la mezcla de aquel con Marx que hacen ahora los jesuitas marxistas más bien parece aún expeditiva y provisional” (nota 11).
Tal era lo que pensaba en 1976, ya cumplidos los 70 años, quien tres años después adjuró de su práctica política de cinco décadas, convirtiéndose en panegirista del proceso revolucionario y negando implícitamente lo que había emprendido y realizado: una contundente idealización del coloniaje en la línea del Cuadro histórico de las Indias, la notabilísima obra de don Salvador de Madariaga (1886-1978), sin la disciplina oxfordiana de éste, ni sus vastas fuentes documentales y bibliográficas, ni su dimensión universalista. No obstante, muchas páginas coroneliazas todavía seducen por su lógica y prosa nada comunes (entre otras, “Perfil de una cultura” y “Elogio de la cocina nicaragüense”). De otra manera, las Reflexiones —que nunca pretendieron ser una investigación académica, dotadas de técnicas y metodología— no hubiesen sido revaloradas por una historiadora profesional como Frances Kinloch, prologuista de su edición en un solo volumen (2001), subtitulado De la Colonia a la Independencia.La apoliticidad de la inteligenciaMás aún: Cardenal Chamorro prescindió en su cuestionamiento —no tan demoledor, como lo supone Fernandez Ampié de una premisa básica de la hermenéutica de Coronel, expuesta al inicio del primer tomo de sus Reflexiones: la apoliticidad de la inteligencia. Es decir, no la aptitud de ser imparcial, o tender una objetividad de hecho imposible, sino la determinación de colocarse fuera de la historia para entenderla o, mejor dicho, juzgarla libremente. Con ella, superaba las antagónicas versiones tradicionales liberal y conservadora de la historiografía precedente; es decir, los resultados de concebir de la historia como guerra civil.
Esta concepción la había asimilado Coronel en su juventud de la obra del reaccionario galo Marius André, El fin del imperio español en América: uno de los libros que guiaría al empeño de los vanguardistas de “rectificar” la historia de Nicaragua, ¿Cómo? Ofreciendo una reivindicación del pasado colonial, condenado por los historiadores liberales que lo reducían a una “época de ignominia”. En su caso, Coronel trazó una visión arcádica del orden implantado por la pax hispánica y atribuyó todos los males —políticos, sociales y económicos— a la guerra civil que se desató a raíz de la independencia, es decir, con la ruptura del pacto colonial. Tal libro presentaba la independencia hispanoamericana, por primera vez, “como una fronda aristocrática y como una guerra civil, y tuvo tanta influencia sobre mí como sobre José Coronel Urtecho en el modo de tratar nuestra historia” —recordó en sus memorias Luis Alberto Cabrales (1901-1974).
Nuestra historia: un presente
largo y retardado
Fronda Aristocrática --aunque no la denomine con ese nombre y guerra civil: he ahí los dos elementos de Coronel privilegiados en sus Reflexiones y que, partiendo de la independencia, configuraron según él hasta 1967 --cuando publicó el tercer y último tomo-- un presente largo y retardado sin modificaciones sustanciales. “Toda su actividad parece haberse reducido a violentas acciones y reacciones alrededor de un mismo punto. En realidad, todo ese lapso que culmina en nosotros resulta, al fin de cuentas, un tiempo estático. El movimiento ha producido cambios excepto la natural disgregación o descomposición de apenas ciertas realidades coloniales— y, aunque se haya vivido en permanente agitación; casi no se ha avanzado. No han faltado, está claro, nuevos aportes y nuevas condiciones, casi todos debido al impacto del mundo moderno, especialmente de los Estados Unidos, en la vida nicaragüense, pero aún siguen vigentes, casi en la misma forma, y desde luego sin resolver la mayoría de los problemas planteados por la independencia y los primeros lustros de la vida independiente”.
Pero esta reflexión --que cualquiera persona con dos dedos de frente admitiría como axiomática-- fue eludida por Chamorro Cardenal en su cuestionamiento reductor. Tampoco el entonces joven jesuita advirtió esta otra del “Prólogo retrospectivo”, inserto en el tercer tomo: que en ese presente largo y retardado figuraban en posiciones similares, ya que no exactamente las mismas personas, sus herederos y dominando las mismas familias. Por eso Coronel dedicó muchas de las páginas de su segundo tomo, y casi todas las del tercero, a esas familias y especialmente a una. Ésta era la familia Sacasa, establecida en Granada desde mediados del siglo XVIII, representada durante el proceso independentista por Crisanto Sacasa. Hijo de Roberto y líder del sector de La Encrucijada, Crisanto era un hombre de negocios que heredaba y mantenía el predominio político de su familia en la ciudad de Granada, disputándola con otro sector de los criollos propietarios: Los de Arriba. En esa línea, los Sacasa dirigían el comercio de exportación e importación, compartiéndolo con otras familias relacionadas con ellos —Avilés, Chamorro, Zavala, entre otras, a quienes se oponían varios de los señores hacendados, jurisconsultos o intelectuales, desvinculados de ese comercio. En fin, Crisanto Sacasa conciliaba el conservatismo social con el liberalismo económico.
Coronel, quien enfatizó esta interpretación, concluye que “ni don Crisanto ni su padre don Roberto eran ideólogos románticos, y miraban el asunto --se refiere al fenómeno de la Independencia y sus consecuencias inmediatas-- con gran sentido práctico”. Los dos opinaban que era “que la cuestión de la independencia debía resolverse en el Norte y en Sur de América”. Por eso Crisanto, más que militar, era un hombre de mostrador que hacía cálculos políticos a favor de sus intereses económicos.El sacasismo granadinoEl mismo Coronel especificó que el sacasismo granadino consistía en la primera modificación de la mentalidad colonial por la mentalidad capitalista. “Del tradicionalismo religioso, cultural y social de los sacasistas, anota, se derivaban las siguientes características políticas: patriarcalismo, clericalismo, orientalismo granadinista, tendencia oligárquica y sentido del orden. De su comercialismo, o mejor dicho de las exigencias y posibilidades de su comercio se originaban otros rasgos distintivos que ya pertenecían al estilo capitalista: liberalismo económico, subordinación de la política a la economía, sentido burgués de la posición social como fundada sobre el capital, desprecio de la pobreza como señal de inferioridad: en fin, ya en cierto modo sobrestimación del dinero con tendencia a ponerlo por encima de todos los valores”.
Fue acaso este deslinde ideológico-económico el que llevó a identificar en la mente de Cardenal Chamorro la historia de Coronel como una historia burguesa. Y ante esa afirmación, el último se sintió herido al retomarle el cognomento en las siguientes notas: “No nos equivoquemos: estamos todavía lejos de salir de la cultura burguesa” (nota 68). Y “La Compañía de Jesús es desde hace un siglo o más-- una orden burguesa” (nota 69). Y en cuanto a la reducción idealista que se le atribuía, Coronel contestaba que no era ni idealista, ni realista, sino una y otra cosa alternativamente (nota 57), añadiendo: “Lo que más me sorprende del idealismo es que sea posible” (nota 58).
Es presuntuoso ver de menos al idealismo. Sin idealismo no existiría lo que llamamos realismo, ni el materialismo” (nota 84). “No habría Marx sin Hegel” (nota 65). Y en las últimas dos notas relacionadas con el tema, emitía a su condición de que lo más sorprendente del idealismo era que fuese posible; y esta otra, para Cardenal Chamorro quizás controversial: “Nada tiene que ver el marxismo con que nosotros seamos nicaragüenses, hispanoamericanos”.
Y tenía razón. Al contrario del monumental estudio de Severo Martínez Peláez, La patria del criollo/Ensayo de interpretación de la realidad colonial guatemalteca (1971), insuperable hito de la historiografía centroamericana-, Coronel prescindió de categorías marxistas en sus Reflexiones para interpretar los siglos coloniales en Nicaragua. Época formativa del “pueblo nicaragüense”, de acuerdo con su esquema mental. Mejor dicho: concibe la identidad nacional desde la base de la unidad hispánica-colonial criolla. Precisa y exclusivamente, la mentalidad criolla, es la que analiza en sus Reflexiones a través de su sentido de la pertenencia y de la posesión patriarcal, remontada a los conquistadores.Ideólogo del pedrarismoEn esta visión esquemática no resulta extraño que Coronel --ideólogo del pedrarismo/somocismo desde el diario La Reacción (1934) --haya desarrollado la idea que considera a Pedrarias Dávila el fundador de Nicaragua. Se trata de la elevación a mito político del autoritarismo español, marcado por la sociedad guerrera del medioevo y la codicia moderna de signo capitalista que encarnaba Pedrarias, a quien los nicaragüenses deberíamos agradecer-- afirmó Coronel en el prólogo al poemario Estrecho dudoso (1967) de Ernesto Cardenal “porque él fue desde luego el verdadero inventor del país, el que hasta cierto punto se podría decir que lo inventó y lo formó”. En última instancia, pues, Coronel reinvindica en su imaginario de Nicaragua la herencia de los conquistadores y, por citar al cientista de aparición reciente Andrés Pérez Baltodano, los fundamentos aún no disueltos, sino persistentes del Estado conquistador”.
La vigencia de este pensamiento en la mente de Coronel lo condujo, cuando ya había abandonado las Reflexiones, a redactar la última obra de su madurez: La familia Zavala y la política del comercio en Centroamérica (1972). Ya con 66 años de edad, lo proclamó como principio en el “Prologuillo sobre la historia de la política de familia”: “La historia de Nicaragua, en buena parte, ha sido una historia de familia. Se podría decir, en efecto, que en sus rasgos constitutivos, todo el proceso histórico del país, desde la fundación de Granada y León hasta el presente, cabe en la biografía de pocas familias principales. Este fenómeno es el mismo que, en general, ha dado origen a las llamadas oligarquías latinoamericanas y en Nicaragua es más notorio que en los demás países de Centroamérica”. No cabe sorprenderse, en consecuencia, de que Coronel haya reaccionado con la convicción de su nota 104: “La colonia —especialmente en Nicaragua— no puede verse solo desde el punto de vista de los indios”, por lo demás idealizados por él atribuirles un inaceptable amor a sus patronos criollos.
Al respecto, Cardenal Chamorro se concretó a señalar en este punto que la poderosa mente distorsionante de Coronel que en las Reflexiones justificaba el predominio de un grupo de criollos, o familias, como prefiere llamarlas Coronel, sobre el resto de la sociedad. Coronel desea y aspira anular la contradicción de la independencia y de las décadas posteriores para regresar a aquella idealizada época colonial en que este predominio criollo no fue disputado, y si lo fue, tenía en sus manos poder suficiente para anular cualquier contradicción”.La independencia y su perspectiva criollaEn otras palabras, Coronel magnifica la perspectiva conservadora de la independencia centroamericana al ponderar a los criollos guatemaltecos y su alianza con la burocracia española de la capital del Reino, poco antes del 15 de septiembre de 1821. Pero, al mismo tiempo, desconoce la actitud independentista emancipadora de los liberales pertenecientes a las capas medias, abogados, médicos, militares de baja graduación, pequeños comerciantes, oficinistas pobres y curas rebeldes e intelectuales --que concebían la independencia con cambios sustanciales.
Por su lado, la actitud criolla se limitaba a mantener la estructura colonial para sustituir a sus autoridades y gobernar de acuerdo con sus intereses económicos de clase. Si al criollismo latifundista y comerciante pertenecía en Nicaragua no sin vinculaciones a nivel de toda la Capitanía General Crisanto Sacasa, el padre-indio Tomás Ruíz, de ideas antiescolásticas y republicanas, representaba en la ciudad de Guatemala a los revolucionarios que intentaron transformar la realidad social y política. Ellos, aliados con la plebe, o gente de los barrios-- pensaba reinvindicar a las masas trabajadoras agrícolas --en su mayoría indígenas, redistribuyéndoles la tierra y enlazando su lucha directamente con el movimiento armado y popular del cura mestizo José María Morelos, en México.
Desarrollado por Martínez Peláez en La patria del criollo, esta actitud de las capas medias de las ciudades del Reino o Capitanía General Guatemala, San Salvador y Granada, principalmente— la compartieron otros independentistas liberales como Pedro Molina, José Francisco Barrundia y el indígena Manuel Tot. Con otros tantos no sólo prepararon la lucha ideológica de la independencia. También aportaron los verdaderos próceros y mártires como Simeón Bergaño y Villegas, Mateo Antonio Marure y el mismo Tomás Ruíz.
Punto final
Podría seguir puntualizando sobre las agudas observaciones de Coronel relativas a la independencia. O acerca de su plena identificación con el imaginario oligárquico al transformar a Crisanto Sacasa, malogrado líder de su clase, en la figura más relevante de nuestra historia durante el siglo XIX, cuya estirpe prolonga hasta la dinastía dictatorial y militarista de los Somoza. Pero basta este comentario del suscrito, en parte basado en la Historia básica de Nicaragua (1997) de mi amigo Jorge Eduardo Arellano, para complementar el ensayo de Guillermo Fernández Ampié y ajustar el cuestionamiento de Rodolfo Cardenal Chamorro.
El mismo Coronel reconoció honestamente las limitaciones de sus Reflexiones, saturadas de un inevitable elemento de trabajo especulativo que, según el inglés contemporáneo Richard Cobb, el historiador debe poseer: “There must be a wide element of guestwork” (nota 34). Y en la siguiente confesaba que dejó de escribir historia de Nicaragua cuando se dio cuenta —por la monografía universitaria de Chester Zelaya Goodman, publicada en 1963 “que casi todo lo que tomaba de los historiadores y cronistas era incompleto o falso”. Truncó su ambicioso proyecto desde 1821 hasta 1967, con la emergencia del tercer Somoza— que no pasó de la guerra civil de 1824.
Además, Coronel admitió en sus “Notas” que todo lo dicho por él de la dominación hispánica era preliminar, provisional e insuficiente, sacado de los residuos que alcanzó a ver; y que cuando hablamos de nuestra historia, “todos hablamos de lo que no sabemos. En todo caso, falsa o verdadera, no hay más historia que la que hablamos”. Igualmente observó que después del análisis de Cardenal Chamorro a sus Reflexiones, éstas valían más. (nota 36).
En fin, la publicación de las Reflexiones —pese a su ingenial diletancia, maestría literaria y reveladoras lecturas autodidactas pasó sin pena ni gloria a causa del subdesarrollado ambiente intelectual. Ni siquiera suscitó una reseña. Apenas se refirió al primer volumen un estudiante de bachillerato en su primer ensayo. Otros muchos la comentaron oral y superficialmente. Y a Mario Cajina Vega se le atribuyó este chistoso e inmerecido juego de palabras: “Dos empresas han endulzado la historia de Nicaragua: el Ingenio San Antonio y el ingenio de José Coronel Urtecho”.
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