La piscina
David Ocón
Esa mañana estaba sentado en las gradas del atrio del Senado cuando la sesión iba a terminar, mi amo, el senador más hábil del imperio, mocionaba sobre las rutas de penetración en las Galias por las vías terciarias que unirían los viñedos de la cuenca del Rhône.
Las dos mujeres llegaron a esperar, aunque hablaban un latín vulgar su tono bajo era bien audible. El niño sólo tenía siete años, se lo llevé al emperador creyendo que le daría instrucción, podría ser escribano, contador, artista o asistente de un político torpe para hacerle discursos; en Roma los oficios modestos se reparten entre comerciantes, constructores, burócratas y letrados. No quería para él la carrera militar, demasiado recordaría a su padre que partió a las campañas de Julio César dejándome preñada con una panza de cinco meses. A mi hombre lo encontraron embrocado en una pileta de La Tracia con la espalda atravesada por la lanza de un bárbaro, de recuerdo me quedó el broche de su toga.
Su cocinera de la Villa afincada en Capri me convenció de dejárselo, un liberto lo examinó de cabo a rabo y viéndolo tan robusto y lindo me felicitó: “Tenés un chavalo bien criado, pero aquí le irá mejor”. Él lloró con su cabecita tupida de bucles rubios pegada a mi pecho, pasé mis manos por esa seda brillante, derramé mis buenas lágrimas y salí.
Los “pececillos” de Tiberio conformaban un parvulario destinado a divertirlo en su retiro, el poderoso construyó la espaciosa villa de estilo pompeyano en el promontorio más alto de la Costa Amalfitana para alojarse en el Tirreno y huir del estrés de la capital y de los acreedores que lo acosaban como tábanos, pues entre más viejo, más se endeudaba procurándose todos los gustos y antojos, agotando hasta la última gota la copa de deleites.
Las madres pobres del Lacio, viudas o solteras sin ningún patrimonio debíamos garantizarle un futuro digno a nuestros hijos, metiéndolos al ejército o dándoselos a algún patricio en adopción. El día que cumpliría diez años lo fui a ver llevándole de regalo un stilo con tablillas enceradas para sus lecciones de griego, cuál fue mi pavor cuando me dijeron que hacía un mes había muerto y nadie me avisó porque andaba en Ostia vendiendo paños, grité, mesé mi cabellos, desgarré el peplo, me calmaron con un vaso lleno de grappa. “¿Y cómo fue, qué le pasó?, resbaló del precipicio, perdió pie y cayó al fondo”. Con esa información dura y escueta me retiré doblada de dolor, después supe la verdad terrible, me la contó el liberto bajo el juramento de no repetirla.
El anciano Tiberio, decrépito y depravado, acostumbraba bañarse en la piscina con sus “pececillos” para realizar juegos sexuales, el rumor corría a sotto voce por toda Roma y la gente de la ciudad aún corrupta y degenerada repudiaba tal hábito, pues bien, esto es lo peor, una vez que el perverso pederasta se aburría de sus niños favoritos mandaba a despeñarlos del promontorio, a mi pobre muchachito le tocó el turno.
La mujer calló y su amiga sollozó junto con ella, las plebeyas se fueron abrazadas. Yo me quedé helado, pensando en el mal y el poder. Al transcurrir el día, un crepúsculo sangriento se extendió en el horizonte de la urbe ennegreciendo los pinos y cipreses del Janículum y de La Vía de Los Foros Imperiales.
Managua, 14 de septiembre del 2007.
|
Cultural
|