El nuevo “mesorrelato” latinoamericano
Freddy Quezada
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| Freddy Quezada. |
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Debo agradecer, desde mi nueva identidad de Tin Tan asignada, las aclaraciones sobre la decolonialidad que mi ex – carnal Marcelo (identidad que, en reciprocidad, devuelvo) ha efectuado. Una verdad se pone a prueba según el número de bromas que soporte.
Cuando un creyente va a las cruzadas, si me permite el consejo, mi estimado carnal, lo primero que solicita es la bendición de unos señores, como los que se cuentan entre los suyos y luego desenvainar con furia la espada contra unos infieles, como los que se cuentan entre los míos. Sin embargo, no veo a sus superiores por ningún lado, a menos que, como aquellos seres cabezones del Planeta de los Simios, nos estén observando a través de su pirámide de cristal.
En mi casillero electrónico muchas personas me expresaron que no han entendido nada de la polémica. Algunos groseros, incluso, dicen vernos a Midence y a mí como dos payasos riéndose, no el uno del otro, sino los dos de los demás. Cierro, por mi parte, esta polémica que, por razones de espacio (verla completa en mi blog donde al final obsequio gratuitamente el texto “El giro Decolonial”), presentaré de forma resumida ante las dos objeciones que me parecieron básicas de la contracrítica de Carlos Midence:
a) El método que empleo de “atacar sin proponer” que yo celebro y él censura, y;
b) La insistencia por “la genealogías de las ideas” (en verdad más que el origen, lo que me importa es el destino, el sentido). I. El MétodoLos “descos” proponen y critican, como hacen todos los paradigmas nuevos, al mismo tiempo. Protesta y propuesta; ser y deber ser; medio y fin. Crítica, tic, utopía, tac: Tic - tac. Cuando dicen colonialidad del poder, tienen que criticarla y proponer la decolonialidad como superación; del mismo modo, con la del saber, tienen que repudiar a los autores canónicos que la representan y proponer los propios, incluyéndose ellos mismos; o, por último la del ser, inventándose como centro aristotélico un descolonizado con verdadera dignidad (a lo Kant) entre un conquiro y un sub alter. O entre un nazi feroz (Heidegger) y un judío indefenso (Lévinas).
La utopía pura es religión. La crítica sin alternativa, es decir criticar por criticar, produce sólo placer si se hace desde el humor y el arte. Pero la crítica mantiene intacto los sueños, al cambiarlos, cada vez que ella se renueva. Éste es el gran secreto de la modernidad. Vive y se mantiene del uso de un instrumento que ella misma prepara y nos transmite: la crítica. Al revés del procedimiento antiofídico, para salvarse a sí misma, inyecta veneno vivo en su propio antídoto. Grosfoguel dice en alguna parte, por ejemplo, que hay que homogenizar el lenguaje crítico común de los decoloniales para liberarnos de los homogenizadores modernos/coloniales !!!!
La modernidad, no importa si colonial o no, enseñó dos cosas (con su dualismo inherente) por encima de cualesquiera otras: a) A soñar y, b) A rebelarnos. La utopía y la crítica. Una no se puede entender sin la otra. Jamás pueden ir separadas. A excepción del postcolonialismo y de algunas filosofías orientales, todas las críticas enseñadas por el mismo sistema bajo cuestión, hacia un paradigma, es para superarlo, retarlo, neutralizarlo, sustituirlo, competir o simplemente destruirlo.
La mayor parte de los críticos, por muy sofisticados que sean, al no renunciar a los sueños, las utopías (sean “nuevas” o “diferentes”) y las emancipaciones, de hecho, las continúan en distintas versiones, haciendo correr el carro del sistema sin enterarse y terminando asombrados cuando sus críticas y modelos han sido absorbidos. Cada vez que creíamos derribarlo, lo fortalecíamos. Incluso el neoliberalismo, que cree que la utopía se ha consumado en nuestro presente, tiene que impedir que los otros consigan la suya y el sueño cumplido se les está convirtiendo en una pesadilla.
La crítica no es la única ni la mejor manera de enfrentar un obstáculo. Hay miles de maneras más y muchas las usan los débiles (también los fuertes) para sobrevivir y los subalternos para manejarse con los hegemónicos y éstos para mantenerlos. Por ejemplo, hacerse el muerto, el idiota, el payaso, el ignorante, adular, mentir, colocar trampas, invisibilizarse, callar, burlarse, calumniar, dar la razón al ilustrado sin entender ni papa, etc. etc.
Los postcoloniales son los únicos que no prometen nada alternativo. Y sigo a la espera que empiecen a incluir en sus lecturas las filosofías y enseñanzas de los grandes maestros de sus propias culturas, como Lao Tse, Buda, el Zen y algunas ramas del hinduismo, cuyas paradojas y lecturas han sido más aprovechadas, a su manera, por científicos occidentales de la última generación (Bohm, Capra, Morin, Bateson, Wilber, Caólogos, etc) que por ellos mismos.II. El Sentido El eje central de todo paradigma moderno (y creo que también antiguo) es asignarle sentido al dolor humano. De ahí que, el propósito de todos ellos para reducirlo o superarlo sea: a) liberar del sufrimiento a los más débiles, vulnerables e inocentes, concebibles como muy unidos entre sí; b) castigar a los responsables, concebibles como muy crueles e insensibles y c) ofrecerles una salida feliz a los dolientes, que sólo quienes la han descubierto pueden ofrecerla. Esta espina dorsal constituye el núcleo de toda historia contada, como narración, en especial las emancipadoras.
Paul Ricoeur (apoyado en Aristóteles, a quienes cito no por europeos sino por honradez) señala bien este parentesco de las leyes del arte y de la Historia (con la mayúscula que le gusta seguir usando a sus creyentes) y demuestra que todas las “leyes” de la historia responden a las reglas de las composiciones narrativas (Lyotard lo único que hizo fue denunciar la ilusión, Derrida decontruirla, Baudrillard burlarse de ellas y los postcoloniales usarlos a todos, para tomar distancia de sus propios héroes anticolonialistas y luego suspender su juicio o abstenerse sobre cualquier otra alternativa que repitiera lo criticado).
Jorge Luis Borges, en El Jardín de los Senderos que se bifurcan, habla del libro incoherente de Ts’ ui Pên, donde aparece un personaje vivo en un capítulo y muerto en otro. Y los herederos lo declaran, por eso, inservible. Pero la paradoja es el “fundamento escrito” de su sabiduría y que sus sucesores no supieron ver. Es en efecto el fundamento de todo escéptico que lo lleva, para decir la verdad, a traicionarse e interrumpirse a sí mismo a cada instante cuando habla (un poco como el elogio de la inconsecuencia al que se refiere Kolakowski), o a callar para decirnos de ese modo la verdad y que el observador externo puede confundir con un ignorante, pero jamás con un sabio.
Los decoloniales, esa especie de mesorrelato que descree en los grandes (recogiendo con ello lo mejor de la tradición postmoderna y postcolonial), pero al mismo tiempo que no le satisfacen los pequeños (en particular los movimientos sociales de los que creen ser sus Cirineos epistemológicos), bien se puede escenificar su sentido a través de varios elementos, como un guión cinematográfico, con sus héroes, villanos, aliados, lugares, sujetos privilegiados, textos sacros, precursores y horizontes, pero que, en su tejido y composición narrativa, cuenta con todo el sentido de los paradigmas que le han precedido. Tejido (mérito decolonial que nadie discute) que saludamos como un esfuerzo académico más pero que no sabemos a dónde irá a parar. A lo mejor, al socialismo del siglo XXI, conviviendo con Heinz Stefan Dietrich o a la Clacso con Emir Sader y Eduardo Grüner y, aún más, si los jesuitas intervienen desde sus Universidades con más fuerza, puede que reediten discursivamente una suerte de República Guaraní descolonizada en segundo intento. Para entonces, desearía ver a Jim Carrey en la continuación, como comedia, de esa tragedia protagonizada, la primera vez, por Robert de Niro en La Misión.
Y, ahora, venga un abrazo que sigo siendo, como le dije a mi último adversario, más amigo de Platón que de la putinga verdad. Música, carnal!!!
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