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  CON TODO EL PODER DE LA INFORMACIONManagua, Nicaragua - Martes 20 de Septiembre de 2005 - Edición 9016
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El malestar en el centro y la periferia capitalista


No es tanto el pretendido “choque de civilizaciones” proclamado por Huntington (con su cuestionable lógica de extremistas culturalismos antagónicos), el factor que nos ayuda a comprender mejor las complejas lógicas desestabilizadoras en la actual dinámica global o globalizadora.

A parte del terrorismo y el crimen organizado a nivel planetario, existen otros factores mucho más poderosos que están minando el precario equilibrio y estabilidad de las naciones (y por supuesto, con ello, de sus habitantes). Y me refiero concretamente, al actual proceso de desmantelamiento gradual de una de las conquistas más representativas de la esencia de civilidad en el mundo occidental; la vigencia de la soberanía del Estado-nación.

Bajo esta luz es que conviene interpretar los rotundos “No” en las recientes consultas populares realizadas en algunos países de la comunidad de los 15 de la Unión Europea, y de igual forma, aunque aparentemente sin ninguna conexión directa, es bajo esta luz que debe verse el creciente malestar general, y los múltiples brotes de ingobernabilidad que se están experimentando cada vez con mayor recurrencia en diversos países de América Latina.

Es indudable que dentro del conjunto de las dinámicas globales más importantes hoy en día, son los procesos económicos los que representan la parte dominante, los cuales, en el esquema de un capitalismo pos-industrial, cada día parecen tornarse más y más autónomos de los procesos políticos concentrados a lo interno de los estados nacionales.

Y esto es precisamente lo que subyace debajo del creciente malestar general de la gente de a pie en Europa y en América Latina, por no mencionar las inmensas poblaciones de Asia y África. Pese a las abismales diferencias en cada uno de estos “mundos” o continentes, hay algunos denominadores comunes.

La gente de aquí y de allá percibe que cada vez el Estado, alrededor del cual se organiza su nación y su sociedad, responde cada día menos a sus necesidades concretas e inmediatas.

En nuestro patio regional este profundo y generalizado malestar ha quedado claramente evidenciado en el estudio realizado hace poco tiempo por Naciones Unidas, “La Democracia en América Latina”, que si se quiere, puede verse como una especie de consulta o “referéndum”, acerca del nivel de confianza y aceptación que la gente común tiene y siente sobre el funcionamiento de sus principales instituciones democráticas.

Sucede que dos mega-tendencias de carácter tensional que durante décadas dominaron el escenario internacional y se entrecruzaron entre sí (confrontación Este-Oeste y confrontación Norte-Sur), han terminado desembocando en la configuración de un orden mundial en el cual las principales políticas públicas se definen e imponen a lo interno de las naciones, bajo las condicionantes que determinan las prioridades de la agenda de las mayores corporaciones transnacionales (no más de 300 según los especialistas).

Y sabemos que esa agenda (popular y mundialmente denominada neoliberal), ha resultado desgastante para las clases medias y trabajadoras de Europa Occidental, y mucho más desgastantes y dramáticas para extensos sectores sociales latinoamericanos, permanentemente en crisis por un Estado que nunca ha tenido la fortaleza institucional y económica del viejo mundo.

Pero lo que vale aquí subrayar es el resultado final de más de 20 años de imperio e imposición de descarnadas políticas monetaristas. El resultado ha sido la aparición de una de las paradojas más sobresalientes del capitalismo contemporáneo; su desarrollo casi irrefrenable ha terminado negando su propio principio organizador, es decir, al Estado nacional, tanto en su versión capitalista como socialista.

Una segunda paradoja es mucho más abarcante y profunda, y tiene que ver más con el sentido histórico y existencial de la actual civilización humana. El despliegue de un capitalismo sin fronteras geográficas, éticas, ni de ningún tipo, ha terminado negando su propio principio generador, es decir, la idea y noción de progreso.

Y esta segunda paradoja es mucho más inquietante y perturbadora (por lo que tiene de existencial), sencillamente porque tiene mucho que ver con la actual crisis de identidad que padece el ser humano del siglo XXI, crisis que está íntimamente relacionada con (para decirlo en términos expuestos por una entidad psiconalítica en un medio escrito), “la ausencia casi total de los tradicionales anclajes en los que se ha sostenido el individuo por mucho tiempo, particularmente, la proyección de futuro…”).

En tal sentido, la gran interrogante en nuestros días podría ser el cómo recobrar el sentido de orientación y de seguridad (en términos de proyecto común e histórico), el sentido civilizacional. Mientras tanto, con cada nueva función (y responsabilidad) que el Estado abandona o deserta, crece la inestabilidad generalizada por doquier.


*Sociólogo e investigador.

Coordinador de AICA-Guatemala.




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