sep 24, 2005
DESOLACIÓN (Poesía 1922)
(Motivación a las obras de la Literatura Latinoamericana y Española SS. XIX y XX) Francisco Javier SANCHO MÁS
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| Gabriela Mistral |
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Gabriela Mistral (Vicuña, Chile. 1889 – Nueva York. 1957)
Nuestro capitán de barco, Rubén Darío, recibió en una ocasión, cuando dirigía la revista Elegancias, una carta como ésta:
“Poeta: yo, que soi mujer i flaca por lo tanto, i que por ser maestra tengo algo de las abuelas --la chochez-- he dado en la debilidad de querer hacer cuentos i estrofas para mis pequeñas. I las he hecho; rubores lo confieso a Ud. Yo sé que Ud. es tan grande como bueno. Pretendo --¡pretender es!-- que Ud. me lea lo que le remito, a saber, un cuento original, mui mío, i unos versos, propios en absoluto.
Pretendo --¡pretender es!-- que si Ud. sonríe con dulzura fraternal leyéndolos i halla por ahí núcleos de semillas que dicen algo, una promesilla para el futuro en Elegancias o en Mundial Ud. me las publique.
Humildemente Lucila Godoy. Prof. de Castellano del Liceo de Niñas. Los Andes, 1912”.
El grande y bueno Rubén Darío acabaría cumpliendo el deseo de esta maestrita de pueblo, llamada Lucila Godoy, a la que en 1945 le otorgarían el premio Nobel de Literatura, ya conocida como Gabriela Mistral.
Gabriela Mistral fue uno de mis robos. No me considero un ladrón de libros, pero cuando el hambre de leer aprieta, uno se las ingenia como puede y luego los devuelve. Ocurrió un día en que una vecina que vivía sola con su madre, una anciana que no se podía ya ni mover de la cama, nos pidió que le hiciéramos el favor de cuidarla en las horas cuando ella tenía que salir a trabajar. Yo entonces estaba estudiando, y estaba interesado en leer temas de pedagogía. Ya había leído a Paulo Freire y en alguna reseña supe que Gabriela Mistral fue una gran renovadora de la educación, no sólo en Chile sino también en Méjico. Es decir, estaba muy acostumbrado a ver el nombre de Gabriel Mistral en muchos colegios de primaria, pero nunca me había percatado que en el fondo se trataba de una grandísima poeta. Todavía ni siquiera sabía que hasta le habían dado el premio Nobel.
Pero como les iba contando, entre mi madre y mis hermanos, aceptamos turnarnos para cuidar a las horas convenidas a la señora enferma. El día que entré en la casa, lo primero que apareció ante mis ojos fue una estantería muy alta con una colección de libros empastados en un rojo impropio, a los que casi no se les podían leer las letras, de lo engullidas que estaban por el color del lomo. Luego fui llevado al cuarto de la anciana. Era muy blanca. Bueno, tal vez no lo era tanto, pero con el pelo cano y las sábanas y un camisón del mismo color, se me quedó grabada así de inmaculada. Tenía los ojos abiertos, mirando fijo arriba. Tan sólo le temblaba un labio, eso era todo. Su cuerpo sufría de una delgadez y unas llagas enormes que no se le terminaban de secar cuando le salía otra, debido a las largas horas que pasaba acostada. Aquella mujer ya no se encontraba allí, salvo su cuerpo. En sus ojos, esa mujer sólo estaba esperando, esperando con la expresión contrariada de que alguien venía tarde a una cita con ella. No hablaba, no decía nada ni aun cuando le curaban las llagas. Recuerdo que siempre me causó la desazón de quien no sabe si ya el último tren le habrá dejado en una estación fría y sola.
Mientras estaba allí, husmeé en la estantería y di con Gabriela Mistral. Era una antología. Intenté buscar en ella a la pedagoga que me interesaba y sólo di con poemas que entonces, reconozco, no me llamaron la atención. Yo creo que era un tontería mía, porque lo que me causaba rechazo era el libro en sí, su color y su forma. Repito, una tontería que me hizo desconfiar de su contenido. Y vean como son las cosas, que con el tiempo en otra edición no tan llamativa, leí de nuevo los versos de Desolación, y quedaron grabados como con un cincel en la memoria y también en la conciencia. El recuerdo de la anciana y este verso en uno de los poemas al Cristo:
“De toda sangre humana fresco está tu madero, y sobre ti yo aspiro las llagas de mi padre, y en el clavo de ensueño que lo llagó, me muero.
¡Mentira que hemos visto las noches y los días! Estuvimos prendidos, como el hijo a la madre, a ti, del primer llanto a la última agonía!”
Gabriela Mistral junto a la uruguaya Juana de Ibarbourou pertenecen a esa etapa de transición de la poesía latinoamericana entre el modernismo, otros ismos y lo que vendría después. Sin duda, Desolación es el libro y la poesía de la Mistral, no hay libro como ese en su obra, y bien le vale un Nobel. Juana de Ibarbourou también es una delicia, especialmente por la pureza con la que descubre la vida en lo natural y se lee mejor seguramente frente a un paisaje montañoso del norte cuando acaba de crecer la hierba después de las primeras lluvias.
Pero la Mistral es una vida que pregunta y que se ciñe al camino de los desposeídos, que se queda mirando un crucifijo o a una mirada de mujer que pregunta. Hasta su poesía religiosa tiene una hondura inusitada para la época. Su credo no se dirige directamente a Dios, sino a su propio corazón, donde está su Dios. Uno a veces olvida que la poesía chilena no ha sido sólo Pablo Neruda, y cuando se topa con esta maestra, se da cuenta de lo equivocado que estaba. Gabriela Mistral eligió una poesía humana, eminentemente sincera y profunda. Estuvo marcada por dos episodios que le dejan huella, la imposibilidad de ser madre, a lo que trata de vencer y hasta escribe canciones de cuna, y la de un primer amor que se suicidó guardando en su bolsillo una tarjeta de ella. Pero también las condiciones de la vida rural de Chile por aquellos años le mueven el ánimo y la conciencia, y emprende una especie de renovación o de cruzada por una nueva alfabetización. Estoy convencido que no sólo Desolación sino la misma Gabriela Mistral es un acontecimiento de la Literatura Universal.
Yo la recuerdo como si aún estuviera al lado de la cama de aquella señora anciana con los ojos abiertos que esperaba sin saber si Dios vendría. Cerca de la Navidad, ese Dios al fin acudió a la cita. Me hubiera gustado estar presente, sólo para ver la segura expresión de alivio de la mujer al cerrar los párpados, con la certeza de sentir que no se habían olvidado de ella.
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