“Crónicas desconocidas”, edición crítica Rubén Darío, cronista de su tiempo
Cincuenta crónicas desconocidas del gran periodista que fue nuestro Rubén, a partir de su etapa europea (1899-1915), han sido compiladas en un libro por Günther Schmigalle (1946), investigador alemán que ha contribuido, como muy pocos, a la valoración y proyección de la literatura nicaragüense en Europa Esteban Solís | esolis@elnuevodiario.com.ni
Miembro correspondiente de la Academia Nicaragüense de la Lengua, esta corporación la ha coeditado con el sello editorial “Tranvía-Verlag Walter”, de Berlín, hace unos meses. Anteriormente había aparecido en cuatro volúmenes (2000, 2001, 2004 y 2005) la edición crítica, realizada por Schmigalle, de La caravana pasa (1902), la obra más representativa del pensamiento rubendariano. Su autor dejó plasmada en ella, magistralmente, sus reflexiones sobre los problemas políticos, sociales y económicos de su tiempo, “viéndolo todo y previniéndolo todo con extraordinario acierto” --afirmaba Salomón de la Selva.
Para rendirse cuenta de este aspecto generalmente ignorado, basta citar estas convicciones suyas tomadas de uno de los cinco “libros” (o secciones sin título, sólo identificadas en número romanos): “El arte, la ciencia, la investigación del misterio humano, la liberación de todos los espíritus por medio de la Verdad y la Belleza, he ahí la verdadera salvación de Francia, de la tierra, de la humanidad entera. Los grandes creadores de luz son los verdaderos bienhechores, son los únicos que se opondrán al torrente de odios, de injusticias y de iniquidades. He ahí la gran aristocracia de las ideas, la sola, la verdadera, la que desciende al pueblo, le impregna de su aliento, le comunica su potencia y su virtud, le transfigura y le enseña la bondad de la vida”.
En esa misma línea se inscribe dicha compilación, también otra edición crítica. Es decir: con un indispensable trabajo de datación y anotación que facilita comprender el medio centenar de crónicas aparecidas en el diario bonaerense La Nación, entre 1900 y 1906. (Schimgalle prepara otra edición de las publicadas entre 1907 y 1915). Una introducción, la transcripción literal de las crónicas y sus títulos originales, 1066 notas al pie de página --todas eruditísimas--, la lista de siglas y abreviaturas, una bibliografía que incluye ediciones darianas, textos variados y obras de referencia en varios idiomas europeos, más un completo índice onomástico integran las 956 páginas de este revelador volumen. Revelador en más de un sentido.
Ante todo, de la fecundidad de Darío, quien desde 1892 hasta 1915 --por lo menos-- nunca dejó de cumplir su compromiso laboral: el envío de cuatro colaboraciones mensuales al referido diario La Nación. Durante los seis años citados, Darío elaboró cuarenta de ellas en París, una en el puerto y balneario francés de Dieppe, otra en Argamasilla de Alba, La Mancha; dos en San Esteban de Pravia, España --frente al Cantábrico-- y seis en Madrid. Schmigalle las deslinda en cinco tipos:
1) Las típicas impresionistas de las series “París-Hombres, Hechos e Ideas” y “Artículos de París”; constituidos de fragmentos: de dos a cinco en cada una. 2) Crónicas o críticas de arte acerca de exposiciones colectivas de pintores y escultores en salones oficiales e independientes, o en análisis de uno y una artista (pues abarca cuatro o cinco mujeres). 3) Entrevistas (con extensas transcripciones) de literatos o expertos en los temas que desarrolla. 4) Reseñas de libros --o ejemplos de pasmosa cultura-- que llegan a conformar verdaderos ensayos. 5) Textos polémicos.
A dos se limitan los últimos, pues Darío no era proclive a ellos: “durezas y hieles—declaró-- no formaban parte de sus hábitos. Pero en todas ellas Schmigalle facilita comprenderlas, conocer su proceso escritural y apreciarlas en su verdadero valor. El editor crítico indica las múltiples obras utilizadas por Darío para redactarlas, informa suficientemente sobre los autores mencionados y personalidades de la época.
Su investigación de los textos dispersos de Rubén Darío --no recopilados en volumen-- la comenzó (a emprender Günther), en 1997 y 1998. Una vez en Montevideo y dos veces en Buenos Aires, revisó a fondo “el bosque espeso” de La Nación, diario donde el poeta colaboraba desde 1899. Schmigalle obtuvo microfilms de tales piezas y adquirió varios tomos encuadernados de una fuente nunca trabajada por sus antecesores (incluso por autosuficienfes porteños): el Suplemento Semanal Ilustrado del mismo diario argentino. Estimulado por Jorge Eduardo Arellano, cuando era Embajador en Santiago de Chile, Günther Schmigalle difunde ahora con decoro tipográfico y excelente conocimiento su productiva presencia sudamericana. Todo nicaragüense culto debe agradecerle y las autoridades concernientes compensarlo. Por nuestro lado, le remitimos un abrazo solidario y a nuestra Academia de la Lengua la felicitación merecida.
En otra oportunidad, comentaremos detalladamente estas crónicas. De momento, transcribimos el texto de su proyecto original presentado en uno de los Simposios Internacionales en León, a los que ha asistido un par de veces. “Una gran parte de crónicas pertenecen a una serie de impresiones de París.
Son textos menos elaborados que los que incluyó en la Caravana, y su contenido refleja, sin duda, las conversaciones e intercambios cotidianos que el cronista cultivaba con sus colegas (Amado Nervo, Enrique Gómez Carrillo, Manuel Ugarte…) o con visitantes latinoamericanos que llegaron a París. Otros forman parte de la gran serie de crónicas que reflejan el malestar general que los salones académicos de arte provocaron en aquel momento entre los artistas más avanzados de Francia.
Algunos son entrevistas con especialistas –con Ahmed Riz sobre el problema de Armenia–, con Gonzalo Núñez sobre el arte de tocar el piano, con Alejandro Sawa sobre el anarquismo español, donde Darío se limita a preguntar, escuchar y tomar apuntes.
‘El arte de escoger esposa’, ‘Cake Walk’ o ‘La tarjeta postal’ nos muestran un Darío humorista, el mismo que no desdeña comentar el precio de los alquileres en ambos lados del río Sena, el anual Concurso general agrícola o la exposición de animales gordos, ya que ‘mi obligación y oficio son entender de todo’.
No falta tampoco el Darío polemista que critica a Max Nordau, acaba a Emilio Ferrari y hace temblar a los académicos españoles y franceses. Algunas de las crónicas más bellas son inspiradas por hechos de gacetilla, como el de Thérese Humbert, la ladrona más genial del siglo, el de Vera Gelo, muchacha rusa que disparó su revólver contra un profesor del Colegio de Francia que recordaba a alguien que había intentado atentar contra su honor o el de Luisa, la princesa que se fugó de la corte del rey de Sajonia con el profesor de francés de sus hijos.
Muchas se inspiran en libros que Darío leyó. Entre los que presenta, reseña, admira o discute, encontramos a Florise Bonheaur, de Adolphe Brisson, L’Art de choisir sa femme de Joséphin Péladan, Le Bienheureux Bernardin de Feltre et son œuvre, de Ludovic de Besse, Les Soliloques du pauvre, de Jehan Rictus, Les Charmes, de Madame Catulle Mendes, Au Maroc – Dans l’ intimité du Sultan de Gabriel Veyre, Mérélia – Roman autobiographique, de Valentine Mérelli, y La Cuisine francaise – L’ art du bienmanger, de Edmond Richardin.
El hilo rojo que reúne tantos vigores dispersos queda, sin embargo, bien visible: se trata –por lo menos en este período de su vida– de la ilusión y desilusión con París, capital de la cultura.
La desilusión, sobre todo, que comenzó con un famoso texto de Peregrinaciones (1901), llega a su culminación en estas crónicas desconocidas, y específicamente en cuatro de ellas: una inspirada por el escándalo Syveton (“El Año Nuevo de París”, 5 de febrero de 1905), otra ferozmente irónica sobre “La Ciudad Luz” (2 de febrero de 1906), otra sobre las hetairas desilusionadas con los hombres (11 de abril de 1906), y otra sobre el “Salón de los Independientes” (25 de mayo de 1906). Ahí termina, por un buen tiempo, la actividad de Darío como cronista parisiense. Él mismo escogió a su sucesor y logró que fuera aceptado: el escritor francés Remy de Goumont, quien le siguió como el “hombre de París” de La Nación. Darío se va en busca de ilusiones nuevas: sus últimas crónicas escritas en 1906 son de Londres, de Amberes y de Río de Janeiro”.
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