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  CON TODO EL PODER DE LA INFORMACIONManagua, Nicaragua - Jueves 27 de Octubre de 2005 - Edición 9042
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Fausto Torres

De niño yuntero a exitoso empresario

“Tenía nueve años. A la una de la mañana me levantaban para guiar la yunta de bueyes que daba vuelta al trapiche. Como se hacían dos moliendas, a las once cambiaban la yunta, pero a mí no me cambiaban. Y eso, que yo caminaba a la par de los bueyes”.


De niño yuntero a exitoso empresario - Foto
Fausto y su hijo mostrando cuadros de su galería.

Especial para El Nuevo Diario
Si usted se ufana o peor aún, se lamenta, de haber trabajado como un buey, no crea que eso es tan espectacular como para publicarlo en “Increíble pero cierto” o bien, escribir un nuevo record mundial en el libro “Guinnes”. Eso ocurre a muchas personas en alguna etapa de su vida. Pero, que un niño de nueve años de edad, jornada tras jornada, trabaje el doble que una yunta de bueyes, eso ya no es tan común. Y si además, ese niño yuntero, en su afán de superación, se convierte en ordeñador, jardinero, lustrador, vendedor de chicles y después en obrero fabril, hasta constituir su propia empresa y llegar a ser el mejor empresario en su rama; el caso se torna realmente extraordinario. Un digno ejemplo para la página “Emprendedores”.

Fausto es hijo de padres campesinos analfabetas, y uno más, entre los 18 hermanos, que sus progenitores trajeron al mundo. Al ver la pobreza en que vivía su familia, a los ocho años se fue de su casa. Un año después, en un pueblito de la región central del país, llamado Teustepe, consiguió su primer trabajo. Fue en un trapiche de la hacienda del coronel G.N., Alfredo López. Su labor consistía en guiar la yunta de bueyes, que dando vueltas alrededor de un eje central, movían el engranaje para moler caña. “A la una de la mañana me levantaban, como se hacían dos moliendas, a las once cambiaban la yunta, pero a mí no me cambiaban. Y eso que yo caminaba igual a la par de los bueyes”, recuerda sin la mínima pizca de rencor nuestro entrevistado.

El tiempo pasó, el niño yuntero creció. Probó diversas ocupaciones, y en 1974, a los 16 años, inició de “perico” (aprendiz), en el taller de marcos y molduras de su recordado maestro, don Eduardo Morales. Allí trabajó hasta la insurrección sandinista de 1979, pues un rocket disparado desde un avión de la guardia de Somoza, desbarató el taller y… adiós empleo. Sin embargo, aquel “rocketazo” no desbarató su espíritu emprendedor. Un mes después que el país volvió a la calma, obtuvo un préstamo de 4,000 córdobas en el Banco Popular, para trabajar por su cuenta en lo que recién había aprendido.

Los primeros meses sólo me sostenía la quijada

Doce meses más tarde, el 2 de agosto de 1980, se trasladó a un pequeño local alquilado cerca del Mercado Oriental, y recuerda: “Los primeros meses sólo me sostenía la quijada. Me alegraba con sólo que alguien viniera a preguntar qué es lo que hacía”. Era el precio que pagaba por su decisión de emprender una nueva vida. Pero terco como una mula (perdón, Fausto, pero no puedo calificarte de otro modo), superó todo tipo de presiones económicas, familiares y emocionales, hasta lograr su despegue empresarial. Fausto subraya la importancia que tuvo el ahorro extremo, para avanzar y consolidarse en su negocio. Como muestra un botón: “Para hacer mis marcos y molduras, acarreaba la madera en un carretón de caballos, para pagar menos de lo que cobraba una camioneta de acarreo. La diferencia eran diez córdobas, pero era necesario”.

¿Me puedes mencionar tres factores, que consideres fundamentales para tu éxito?
El más importante es que me dedico al ciento por ciento y trabajo sin horario. El segundo es que soy un hombre sin vicios. El tercero que atiendo y asesoro personalmente a mis clientes.

Donde muchos veían obstáculos, él vio oportunidad
La revolución sandinista fue un acontecimiento que trastocó todas las estructuras del gobierno, modificó costumbres y formas de pensar. Alegró a muchos y asustó a otros. El Estado Revolucionario se declaró ferviente admirador del socialismo, y estimular la empresa privada no estaba dentro de sus prioridades. Pero, déjenme decirles que muchos empresarios, como Fausto, vieron en toda esa problemática tan compleja, la oportunidad de fortalecer sus negocios y con gran inventiva e imaginación, ayudaron a paliar, el desabastecimiento que el embargo norteamericano imponía a la población. Fausto sintetiza aquellos tiempos al decir: “Algo que nos benefició es que a este país no entrababan productos. Nosotros fuimos acaparando la clientela que otros dejaron”. Ahora, todo aquello es historia. En la actualidad el local que un día alquiló, es propiedad de Galería Imperial. Así se llama la empresa de Fausto. Tiene una sucursal en carretera a Masaya y está abriendo otra en carretera Sur. Además, en Galería Imperial no sólo se enmarcan cuadros y fotografías, sino que también se venden obras de arte de nuestros pintores y la empresa genera 14 puestos de trabajo directo.

Aquel viejo trapiche es ahora el centro turístico Termales Aguas Claras
La historia de este emprendedor no termina con Galería Imperial. De la mente de Fausto no se borró el recuerdo de cuando en sus descansos se bañaba en un río con aguas termales que había en la profundidad de la finca de aquel coronel. ¡Y qué vueltas da la vida! Después del triunfo de la revolución, la Reforma Agraria entregó aquellas tierras a una cooperativa y ésta, a inicios de 1990, las puso en venta. Fausto lo supo, y aunque sólo había pantanos, zancudos y maleza, decidió comprarlas. Según sus palabras aquello era un desastre. Mucha gente lo vio como loco cuando dijo que la compraría, pero ya les dije que este señor es el vivo ejemplo de la terquedad, y por supuesto, nada lo detuvo.

Como buen emprendedor, Fausto es también un gran soñador. “Siempre pensé que en aquel lugar se podría construir un centro turístico”, me dijo, viendo hacia el techo, como viajando en una máquina del tiempo. Y si usted lo duda, puede viajar hasta el kilómetro 68.5 de la carretera a Boaco y lo comprobará.

Pero convertir aquel pedregal en un oasis en medio del desierto, que en la época alta genera trabajo para sesenta personas y recibe turistas de otros países de Centroamérica, significó grandes sacrificios, muchos desvelos y hasta conflictos familiares insalvables. Durante muchos meses, Fausto salía los viernes de Managua y regresaba hasta el lunes. ¿El resultado? Se divorció de su primera esposa. “Ahora tengo un mejor balance entre el trabajo y mi nueva familia. Es la experiencia”. Concluye reflexivo este emprendedor, cuyo espíritu de triunfo, me recuerda una estrofa del poema “El niño yuntero” del español Miguel Hernández, que dice:
A fuerza de golpes, fuerte,
y a fuerza de sol, bruñido,
con una ambición de muerte
despedaza un pan reñido.

Anécdotas de momentos difíciles

“Obtuve un préstamo de diez mil dólares y fui a los Estados Unidos a comprar otras herramientas. Recuerdo que mi ex esposa creía que íbamos de compras personales. Un día después de haber llegado, compré mis herramientas, y le dije que ya me regresaba. Ella reclamó porque no traeríamos nada a las niñas, y me recordó que no teníamos tan siquiera un televisor blanco y negro. Hasta el vecino que es chofer, tiene uno y a colores, me argumentó. Sí, le dije, pero nosotros no tenemos para esos gastos. Ella hasta lloró de molesta. Me vine solo con mis máquinas”.

“Hubo una época durante la revolución, entre 1984 y 1987, que no había vidrio, y utilizábamos como sustituto láminas usadas de radiografías. Se las comprábamos a un chavalo, las echábamos en cloro y quedaban limpitas. Aún hay clientes que conservan esos cuadros enmarcados con láminas de radiografías”.

“Al comienzo, a Termales Aguas Claras las personas llegaban a pasar el día gratis. En una ocasión una familia llegó en dos vehículos, se instalaron con todo lo necesario y pasaron todo el día en la propiedad. Cuando se marchaban me preguntó el cabeza de familia: ¿Cuánto le debemos, señor? Yo dije: “Deje algo para pagarle al muchacho que cuida y limpia las piscinas”. ¿Y sabés cuánto me dejó? Cinco pesos. Yo disimulé y le dije: Gracias, amigo, muy amable, que le vaya muy bien. Pero en el fondo yo me arreché. Fue entonces cuando comencé a cobrar”.

“En los inicios del negocio turístico, llegaban personas armadas que vivían en los alrededores. Un día, un cliente puso una pistola sobre la mesa y tomó una conducta inadecuada para un lugar público. Tuve que llamar a la Policía, la cual se lo llevó detenido. Aquel hombre enfurecido y amenazante me dijo al salir: Que de a v… sos hijo de p..., cobrás por entrar y después lo mandás preso a uno”.




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