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  CON TODO EL PODER DE LA INFORMACIONManagua, Nicaragua - Viernes 11 de Noviembre de 2005 - Edición 9068
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Jóvenes franceses marginados aún dolidos por ofensas de ministro

“¿Que somos escoria?, pues así actuaremos”

* Calma traicionera en calles de París, mientras Policía vigila con todos sus medios
* Incendiarios son niños de entre 12 y 15 años, rechazados por su color de piel y su origen


ENVIADO ESPECIAL, París
EL PAÍS
Fue aquí y a esta hora donde empezó todo, y quizás es por eso que tres taxistas consecutivos alegan que Saint Denis no les coge de camino y renuncian cortésmente a una buena carrera.

A las diez de la noche, un vagón casi vacío de la línea 13 del metro se va acercando al departamento con peor fama, junto a París. A nadie se le escapa --tampoco a la Policía-- que en algunos de sus barrios los negocios más prósperos siguen siendo los de la droga y las armas.

Cuando los pasajeros llegan a su destino, las sirenas de los patrulleros y un helicóptero de la Policía que dirige su foco hacia un edificio de apartamentos confirman que, una noche más y ya van 12, los más jóvenes del barrio se disponen a jugar con la Policía.

Tahar dice: “Mira a ésos. Vistos esos tres ya lo has visto a todos”. Tahar Illikoud llegó de Argelia hace 34 años y sabe de lo que habla porque él mismo fue uno de esos chavales. “Mira, deben de tener unos 15 años, y si te fijas dos de ellos tienen rasgos árabes, pero el otro es de tez y ojos claros, pero también podría ser negro.

Desde que empezó la revuelta, siempre van con la cabeza cubierta con una capucha. La razón es que por el barrio ha corrido el rumor de que la Policía ha instalado cámaras en lo alto de las farolas y ellos se protegen así”. Los tres jóvenes están tranquilamente recostados sobre la verja de un edificio de apartamentos de la avenida de Stalingrado.

“No me extrañaría”, dice Tahar mientras aparca su coche para observarlos, “que vivieran ahí mismo”. Delante de ellos arde un contenedor de basura.

Tahar sube el volumen de la radio del coche. El primer ministro francés, Dominique de Villepin, acaba de anunciar el regreso del toque de queda para intentar frenar la revuelta. “Dicen que empezará mañana”, comenta, “pero parece que ya se está cumpliendo esta noche. Mira, nadie por la calle. Esto normalmente es un hervidero de chavales que van y que vienen, que trapichean y se divierten a su manera”.

Empiezan las “Molotov”
Quizás por la soledad inusual de la calle o porque el vehículo de Tahar, un Renault gris, flamante, tiene una matrícula que termina en 75 --perteneciente a París-- y no en 93 --las propias de Saint Denis--, los chavales se enfadan y, en cuestión de segundos, empiezan a tirar botellas incendiarias contra Tahar, que apenas tiene tiempo para meter la marcha atrás y esquivar dos botellas que van a estrellarse a tres metros de distancia. Justo unos segundos después, un patrullero y dos furgonetas de la Policía llegan al lugar del altercado.

Los tres chavales, en vez de salir corriendo calle abajo, se meten en el edificio de apartamentos. “¿Qué te dije? ¡Esos viven ahí!”, exclama Tahar con la excitación en el rostro. La Policía se limita a cortar la calle para que los bomberos, que vienen detrás, apaguen el fuego del contenedor y a recoger los restos de varios botellines de cerveza utilizados por los jóvenes para fabricar los cócteles incendiarios.

Tahar es un hombre afable que, después de trabajar durante ocho años de albañil, retomó los estudios y consiguió hacerse un experto en el diagnóstico de edificios enfermos. Tiene su propia empresa, está casado y tiene un hijo de siete años. Su vehículo duerme cada noche en un garaje vigilado por un gigante de origen africano con un perro a juego.

Es por todo esto --por lo fundamental y también por lo accesorio-- por lo que Tahar es un hombre respetado por los más jóvenes de la vecindad. Sus amigos, que se reúnen cada noche para tomar una cerveza y hablar en árabe en el bar Le Flamand Rose, coinciden con él en que el origen de la revuelta está en las palabras que Nicolas Sarkozy, el ministro del Interior, dedicó a los jóvenes de los suburbios.

Las palabras hirientes del ministro
Los llamó racaille, que quiere decir chusma, canalla, gentuza, basura, escoria... “Ha venido todo un representante de la República y nos ha llamado escoria”, dice Bouna, un chaval de 15 años cuyos padres llegaron de Senegal justo antes de que él naciera, “y lo que nosotros estamos haciendo ahora es exactamente eso: actuar como escoria. Hemos comprendido que es la forma de que nos presten atención”.

A las tres de la madrugada, el helicóptero de la Policía no ha dejado de ponerle música a una velada que, sin embargo, se antoja más tranquila que las anteriores. Las calles de La Courneuve, el barrio prohibido por excelencia, aparecen desiertas, patrulladas por furgonetas de la Policía que circulan de dos en dos, por si acaso. En Clichy-sous-Bois, la primera localidad del departamento donde estalló el conflicto, los únicos paseantes de la noche son guardas improvisados.

En el número seis de la calle Jacques du Clos, los vándalos acaban de incendiar el cuarto de la basura de un edificio de apartamentos, cuyos buzones dan fe de que todos los que viven allí --y tiene 19 plantas-- proceden de algún lugar de África. “Esto demuestra”, explica Tahar, “dos cosas fundamentales que los políticos no quieren ver.

La primera es que detrás de todo esto no hay organización ni objetivos claros, sólo rabia, mucha rabia almacenada durante mucho tiempo. La segunda es que esto es cosa de críos, de chavales pequeños. Meten fuego a las cosas sin pensar en las consecuencias”.

A las cuatro de la madrugada, la emisora de la Policía dice que se acabó la tranquilidad. Una empresa de material eléctrico de Villeneuve-la-Garenne está ardiendo por los cuatro costados y amenaza a un edificio de viviendas colindante. Una mujer en pijama dice que está harta, que no puede más y se echa a llorar.

Mientras que el capitán Gravina, ayudado de 10 coches cisterna, cinco escaleras articuladas y más de 60 bomberos de París intenta mantener el fuego a raya, José Pires, un emigrante portugués que llegó a Francia en 1966, duerme vestido, con un ojo abierto, intentando que no le quemen un coche que todavía no ha pagado y sin el que no podría ir a descargar cajas de fruta cada mañana a las seis. Dice que sólo le queda un sueño: volverse a su tierra dentro de un año, cuando se jubile, conduciendo ese Peugeot que lo mantiene en vela.




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