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  CON TODO EL PODER DE LA INFORMACIONManagua, Nicaragua - Lunes 14 de Noviembre de 2005 - Edición 9071
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Mil y una muertes: el azar y la historia


Siendo el pasado en sí mismo una categoría tan gaseosa como inaprensible y la sola noción de éste como un lapso que irreversiblemente se desvanece, constituye –sin duda– la materia prima más dúctil o maleable para los registros de un historiador o para la imaginación creativa de un novelista. Prueba de esto último es Mil y una muertes (Alfaguara, 2004), la más reciente novela de Sergio Ramírez Mercado.

En Mil y una muertes, el pasado es moldeado por una tensión de verosimilitudes que asedia al lector una y otra vez. Llamo “tensión de verosimilitudes” a la presencia de ciertas crónicas, fragmentos de diarios y referencias documentales que el autor proporciona a lo largo de la novela, edificando un entorno en donde el ritmo de la realidad dificulta para el lector la distinción inmediata de los planos paralelos propios de la ficción. Yo prefiero considerar que la indagación sobre la veracidad de dichas fuentes no aportaría gran cosa a la lectura de la novela y, en todo caso, la distorsionaría o acabaría por academizarla, puesto que se trata de un texto que de previo se anuncia como novelístico, terreno literario éste en el que todo tipo de procedimientos es lícito, siempre y cuando se trate de un recurso pertinente en el argumento que se desarrolla.

Del modo que sea, ya se sabe que el mismo Sergio Ramírez ha descrito los procedimientos predilectos de su vocación ficcionalizadora en Mentiras verdaderas (Alfaguara, 2001). Nada más sano para el lector, entonces, que aceptar las trampas y sus encantos engañosos. Pero lo que más en concreto me interesa señalar es que ahí, precisamente, radica el alcance cuestionador de esta novela respecto de lo que cuentan los tomos polvorientos de la historia oficial. En ese juego de datos probables y comprobables –entrecruzados con otros que, tal vez novedosos para quien lee, afloran firmes sobre la página impresa, escoltados por detalles bibliográficos de veracidad– se localiza un cuestionamiento indirecto a la historia de los dos últimos siglos en Nicaragua, sin obviar Europa.

Mientras el rígido afán de la historia oficial aspira siempre a abarcar realidades totalizantes, el afán narrativo de esta novela opta por una alternativa distinta y más bien opuesta, quiero decir, opta por la estructuración de un subrelato particularizado e independiente del discurso histórico. Ese subrelato no es sino el repertorio de contingencias que rodean la vida del protagonista: un nicaragüense del siglo XIX, hijo de un prominente político liberal de la ciudad de León y de una zamba de la Costa Caribe, princesa de la dinastía de los Reyes Mískitos que eran proclamados por la Corona Inglesa en virtud de intereses comerciales.

Este misterioso protagonista, que apenas es nombrado sólo por su apellido, Castellón, llega a Europa con la finalidad de realizar estudios de medicina en La Sorbonne, de París, bajo el auspicio del emperador Napoleón III, a causa de un compromiso pendiente que éste tenía con su padre. Al final, el monarca cae derrocado y no realiza ya Castellón los estudios previstos. Simplemente, la suerte de Castellón era otra: ser fotógrafo y sufrir los avatares que fueron perfilando luego su personalidad.

Así, Castellón es un pretexto a través del cual Ramírez examina de paso el laberinto desconcertante de nuestra historia: las profundas contradicciones sobre las que se fundó el Estado nacional, las luchas políticas y pugnas internas entre liberales y conservadores, los saldos sociales de las guerras nacionales, la nunca cumplida empresa de la construcción de un canal interoceánico como iluso proyecto de progreso, la dicotomía socio-cultural entre la Costa Caribe y el Pacífico de Nicaragua y los atrasos insuperables de un sistema criollista que pervive y aún se impone en nuestros días.

La trama de la novela tiene varias voces narradoras, es polifónica: el preámbulo de la primera parte está a cargo de una crónica firmada por Rubén Darío sobre el séquito extravagante que acompañaba al archiduque Luis Salvador, donde se nos proporciona la primera noticia acerca de Castellón, aunque en verdad se trata de una mención –digamos– encubierta que, sin embargo, determina en buena medida la unidad de todo el conjunto de la novela; luego, alternadamente, entre uno y otro apartado, se entreteje la voz de la memoria del propio Castellón y la voz intradiegética de Ramírez, el autor. En la segunda parte, la apertura es ejecutada por una crónica de José María Vargas Vila sobre una anécdota de borrachera de Darío y Castellón en Mallorca; en adelante, se repite la misma suerte de alternación entre las intervenciones de Castellón y Ramírez.

Esta articulación va acompañada de descripciones asentadas en una estética a todas luces preocupada por el uso exacto de los adjetivos, notándose una agudeza narrativa y psicológica que alcanza horizontes admirables; por ejemplo, cuando se detallan algunas fotos tomadas por Castellón, quien se apoya en el espanto reprimido en sus entrañas y la frialdad ética ante los acontecimientos que, por un llamamiento estético, deben ser fotografiados. En Mil y una muertes las imágenes fotográficas funcionan como objetos y motivos que propician la recreación circunstancial de la memoria de viejos escenarios e intrigas de los personajes.

Todo ese andamio combinatorio permite a Ramírez establecer un diálogo entre el pasado y su vigencia en el presente, le permite –asimismo y sobre todo– ser un personaje de su propia novela, recurso que recuerda inevitablemente la segunda parte de El Quijote, cuando el hidalgo descubre, entre un cúmulo de libros, la previa primera parte de El Quijote, escrita por Cervantes. En Mil y una muertes este recurso explota sus posibilidades al extremo de convertir gran parte del texto en una especie de relación confesional de los primeros datos que, con relación al fotógrafo Castellón, el azar puso en manos del autor, así como también sus posteriores averiguaciones tras las pistas de ese personaje enigmático cuyo perfil se esclarece cada vez más, aumentando la curiosidad de Ramírez. Al final, el protagonista se sabe protagonista y hasta se dirige de modo expreso a quien esté osando hurgar la ruta y sentido de sus hechos. El lector atestigua una franca persecución mutua, basada en el supuesto puro azar, entre Castellón y Ramírez; y, al atestiguarla, el lector mismo es otro perseguidor de Castellón.

En uno de los últimos apartados, para satisfacción del engañado lector, se justifican cada una de las fuentes documentales que ya antes, acaso bajo sospecha, han surgido en la novela, mediante el encuentro inesperado y esclarecedor de Ramírez con Rubén, el nieto de Castellón que vive hoy en Mallorca, dedicado al comercio de productos esotéricos.

En suma, pienso que es posible entender al azar como el verdadero protagonista de fondo de esta novela: por un lado, las leyes del azar que padece el novelista tras las huellas de Castellón o la vida del protagonista signada por las contingencias de lo que él considera su destino; por otro lado, el azar accidentado –lo mismo que cíclico– de una Nicaragua estancada en los espejismos de su historia.

ezmasis@esferainfinita.tk




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