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  CON TODO EL PODER DE LA INFORMACIONManagua, Nicaragua - Lunes 28 de Noviembre de 2005 - Edición 9085
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El Tratado Cañas- Jerez

“Es absolutamente cierto que tanto el río como los dos lagos están desiertos y los nicaragüenses no los estamos ocupando en ninguna producción que nos beneficie, están estériles, por lo cual en un gesto de fraternidad debe negociarse”
Luis Pasos Argüello.


En la disputa --porque no tiene por qué ser otra cosa-- que Nicaragua mantiene con Costa Rica no sobre el río en sí mismo, sino sobre la interpretación legal y jurídica del Tratado Cañas-Jerez de 1858, que es el Tratado primero y principal, único, en realidad, porque los otros se derivan de él, el sentido de lo que se pretende declarar está perfectamente claro.

El texto que nos interesa (Art. 6) dice así: “La República de Nicaragua tendrá exclusivamente el dominio y sumo imperio sobre las aguas del río San Juan desde su salida del lago hasta su desembocadura en el Atlántico”. Este es el punto toral -como dicen los juristas del Tratado en lo que respecta a los derechos de Nicaragua. El problema, sin embargo, es que la Madre Naturaleza, que no respeta tratados humanos por más solemnes que sean, hizo, como ya observara Belt, que el río se desviara hacia Costa Rica por la Barra del Colorado, lo que complica considerablemente las cosas y nos obliga a ambas naciones a buscar una solución justa y adecuada al problema. ¿De quién es el río al final? Parece el enigma de la esfinge, que nos sonríe maliciosamente, retándonos a hallar una solución al problema.

En lo que respecta a Costa Rica, el texto del Tratado es así mismo perfectamente explícito: “Pero la República de Costa Rica tendrá en dichas aguas los derechos perpetuos de libre navegación desde la expresada desembocadura hasta tres millas inglesas antes de llegar al Castillo viejo con objeto de comercio”, y sigue diciendo: “Las embarcaciones de uno u otro país podrán indistintamente atracar en las riberas del río en la parte en que la navegación es común, sin cobrarse ninguna clase de impuesto”…Terminando la frase en lo que, en mi opinión, es la clave de todo el asunto actualmente en cuestión

O sea, en duda.

La frase aparentemente inocente e inocua, por no decir inane, es todo lo contrario; está llena de contenido, y deja abierta la puerta a infinidad de posibilidades. El texto dice así: “a no ser que se establezcan de acuerdo entre ambos países”.

Se refiere obviamente el texto a impuestos, o sea, cuestiones fiscales. Pero precisamente de eso se trata, de ponernos de acuerdo, en el espíritu del Tratado, y de todo tratado, que es la armonía y convivencia mutua, no unilateral, ambos países sobre el sentido original del mismo Tratado.

Se trata, pues, de aclarar y dilucidar algunos puntos que entorpecen la navegación por el río hacia dentro y fuera del lago. Porque no olvidemos que el lago está dentro de Nicaragua, y constituye su centro y vértice geográfico-comercial histórico político. El Lago, de Nicaragua, o mejor dicho la cuenca del lago, que incluye al río, es lo que le da sentido al país y a la región mesoamericana toda. Como dijera el historiador griego Herodoto del río Nilo: “Es un don de los dioses”, y no se diferencia del país mismo, y lo mismo podemos decir nosotros del Gran Lago de Nicaragua.

De manera que, en lugar de ir a La Haya a gastar dinero y discutir, lo mejor sería que nos pusiéramos los dos países, hermanablemente a examinar seriamente lo que nos conviene a ambos a la vez. Sin perder un ápice de su dominio, Nicaragua puede perfectamente autorizar la libre navegación de embarcaciones de bandera costarricense o de otra nacionalidad, si ya pudieran entrar por la Barra del Colorado o del mismo río frío, mediante pago convenido de antemano, igual que se hace con los vehículos y aeronaves que cruzan nuestro territorio. ¿Qué hay de malo en eso? Me parece sinceramente que nos estamos ahogando en un vaso de agua. La solución la tenemos a mano en el mismo Tratado Caña-Jerez.

Por otro lado, no hay que olvidar que el Tratado fue firmado por Jerez en circunstancias muy críticas para ambos países, pues Walter había invadido de nuevo Nicaragua por el Atlántico, y capturado El Castillo, lo que motivaría primero un Convenio previo entre don Gregorio Juárez por Nicaragua y el general Cañas por Costa Rica el 8 de diciembre de 1857, y más tarde, después de la firma del Tratado propiamente dicho en abril de 1858, una Declaración conjunta firmada en Rivas por Tomás Martínez, de Nicaragua y Juan Rafael Mora, de Costa Rica (1 de mayo de 1858) muy fuerte contra EUA, en la que acusan a dicho país de estar preparando una invasión “como medio eficaz de tomar posesión definitiva de la América Central, si ésta se niega a entregarse voluntariamente a EUA” en concreto, por medio de la ratificación del Tratado Cass-Irrisari.

Jerez tenía que asegurarse de que eso no ocurriera, asegurando al mismo tiempo el dominio total del río pensando en un futuro canal, a expensas de ceder definitivamente un territorio sobre el que de hecho ya no ejercía dominio, pensando, además, en una pronta y probable unión de ambos países, como de hecho propusiera Nicaragua eso, inmediatamente a Costa Rica, oferta que Costa Rica declinaría por razones no muy claras. Lo que explicaría así mismo el sentido del Arto. 11 del Laudo Cleveland, que específicamente señala: “El Tratado de Límites de quince de abril de mil ochocientos cincuenta y ocho, no da a la República de Costa Rica derecho a ser parte de las concesiones que Nicaragua otorgue para Canales interoceánicos…” Solo así se explica el Tratado.

O sea que es un Tratado bilateral entre dos naciones que intentan salvar diferencias comunes y defender sus intereses, territorios y soberanía amenazadas. En otras palabras, es un Tratado sobre un tema, la posesión del río, que nos debiera unir, no separar, como parece que lo interpretan algunos. Costa Rica y Nicaragua se unieron en causa común para salvar la Patria Grande, Centroamérica por los militares yankees en defensa de la nacionalidad amenazada.




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