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  CON TODO EL PODER DE LA INFORMACIONManagua, Nicaragua - Martes 29 de Noviembre de 2005 - Edición 9086
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Cotizaciones al INSS, un negocio privado más


Los hospitales de los países del tercer mundo, como los de aquí, por supuesto, son tristes escenarios en donde la muerte es la estrella principal, y con los enfermos, actores secundarios, hace mutis sin que el Estado-espectador se dé por enterado. Si en las condiciones normales, los dramas de la salud no pueden ser más tristes, en tiempos de crisis los necesitados de asistencia médica caen en la indigencia más absoluta.

Son históricas las luchas obreras por dignificar sus condiciones de vida –-están en la raíz de su propia existencia como clase-— mucho más allá del simple aumento salarial. Entre las más importantes de estas luchas, está la seguridad social, un objetivo superior en la escala de la lucha por el progreso humano, porque significa la protección de los trabajadores en la vejez y no descienda a gestor personal de la caridad pública en las calles o de la salud en los hospitales estatales. Pero la Ley de Seguridad Social, como la del Código del Trabajo, nació contaminada de politiquería (igual que la parasitaria Superintendencia de Pensiones, que aun sin haber funcionado consumió millones de córdobas).

Al margen de la politiquería, la Ley de Seguridad Social significó un avance importante para los hombres dedicados de por vida a la producción y circulación de bienes materiales para toda la sociedad –-los trabajadores y empleados-—, aun sacrificando parte de sus bajos salarios para coadyuvar a mantener la institución del Seguro Social.

Y esta institución se vino convirtiendo en uno enorme fraude para los trabajadores, en varios sentidos: el gobierno y las empresas privadas -–las otras dos fuentes financiadoras del INSS—- pagan con morosidad sus respectivas cuotas o no las pagan del todo; los gobiernos lo utilizan como caja chica para sus actividades políticas o, descaradamente, se roban los ingresos a través diferentes medios –-megasalarios, “préstamos” que nunca pagan, el robo directo, oscuras inversiones, etcétera. El estado financiero del Seguro Social y los servicios de salud degeneraron las pensiones de la mayoría de los jubilados: son miserables.

Como si fuera poco, se inventó para los empresarios privados una fuente de ingresos con los fondos del INSS, fondo social de los trabajadores, comprándoles los servicios médicos para los asegurados. Ante la negligencia de las políticas de salud pública, esta oportunidad despertó la sed por las utilidades máximas en la iniciativa privada, antes alejada del mercado de la salud, aparte de la distribución y venta de medicinas. Hombres de empresa, vendedores de productos y servicios de cualquier clase se convirtieron en inversores en el área de la salud sin tener la preparación profesional idónea, pero sí el dinero necesario para convertir la salud en un lucrativo negocio. Negocio es negocio, y dinero es dinero, no importa por qué medios lo hubiesen acumulado: si vendiendo carros, licores o promoviendo peleas de boxeo; y florecieron las clínicas “previsionales” como fritangas en las esquinas.

El nuevo negocio a costa de los cotizantes del INSS comenzó a crecer, y los trabajadores, víctimas del tradicional mal servicio médico de hospitales y después del Seguro Social, creyeron encontrar una mejoría en la atención médica en las “previsionales”. Quienes habían sido sometidos al mal servicio médico, cualquier mejoría, por leve que sea, y el hecho de ser atendido en clínicas con el rótulo de “privadas”, les hizo sentirse un sector social privilegiado –-lo que en realidad son-—, comparadas con las condiciones de salud de la mayoría de la población no asegurada.

Pero la ilusión duró poco. Las clínicas “previsionales” comenzaron a sacar ventajas de sus bien pagados servicios, aumentando cada vez el cobro al INSS por asegurado, aunque muchos de éstos nunca soliciten sus servicios, la atención médica comenzó a desmejorar, y sus ganancias las empezaron a invertir en clínicas más “privadas” aún, para hacer el negocio con una categoría de clientes de mejores condiciones económicas y no muy satisfechos de estar revueltos con los trabajadores en las “previsionales”.

Lo más negativo de todo es que las enfermedades fueron selecciones, creando categorías, muchas de las cuales no entran en el “menú” de las pagadas por el INSS, dejando sólo las enfermedades más comunes y más baratas de ser tratadas, de forma que cuando la desgracia de enfermarse llega unida a las más graves, más difíciles y más “caras” enfermedades, los asegurados dejan de estar seguros de poderse curar y sólo les queda buscar dinero para ello; si no lo encuentran –-que es lo “natural”-— tienen que volver a los hospitales públicos o quedarse en casa a sufrir dolores físicos y esperar la muerte prematuramente.

Estos hechos se combinan con la creciente morosidad en el pago de sus cuotas al INSS de parte de las instituciones del gobierno y las empresas privadas. El calvario se acentúa para los trabajadores, pero los dueños de las clínicas “previsionales” aumentan sus ganancias, porque no dejan de percibir el pago del INSS por cada afiliado. Y mejor para ellos, los empresarios “médicos”, cuando, por falta de la “colilla” de las cotizaciones nadie es atendido ni siquiera con las enfermedades comunes. Los patronos se quedan con el dinero que les quitan a los trabajadores, un tipo de robo que ninguna autoridad persigue, los cotizantes no reclaman por temor a ser despedidos y algunas deudas hasta caducan, porque el INSS no reclama a los morosos.

Es probable, más bien es una seguridad, que todo lo escrito hasta aquí es poco en relación a lo que conocen los asegurados. Pero no he escrito porque sean hechos desconocidos, sino por un hecho que testifica el desenlace trágico de esta situación en perjuicio de los asegurados: una asegurada del INSS falleció después de un segundo ataque de embolia cerebral en el hospital “Lenín Fonseca”. En el primero no fue atendida porque la institución para la que trabajaba no estaba al día con las cotizaciones. Fue sepultada el miércoles 23 de noviembre. Tenía cincuenta y cinco años, 35 de los cuales los trabajó en la misma institución, es decir, aportó su esfuerzo laboral desde la edad de diecisiete años.

Treinta y cinco años de vida laboral y, por lo tanto, cotizante del INSS durante el mismo tiempo, pero la asegurada murió en un hospital público porque la institución estatal no tenía pagada la cuota obrero-patronal, por lo cual no fue atendida en la clínica “previsional”, en donde estaba afiliada, por falta de la constancia de su cotización. Aunque la institución pague el dinero que le quitó a la fallecida, ya no le sirve a ella, pero sí a la clínica privada que se lo embolsó sin haber dado ni una aspirina a cambio. Pero ella dio todo por nada: trabajo, dinero y la vida. Según los sindicatos, hace un año murió de cáncer un compañero, y como la institución tampoco está al día con el pago de la cuota del seguro de vida colectivo con Iniser, un año después su familia aún no recibe el pago del seguro para liquidar deudas causadas por su enfermedad. La tragedia se multiplica por culpa del INSS y las empresas privadas, y bien privadas del sentido de justicia y honradez.

“Los sindicatos” dije, porque en la institución en donde trabajó la difunta son cuatro, pero ninguno tiene la fuerza de cuando era uno; se la mató la división promovida por los administradores entre los líderes con halagos y prebendas. Ahora son incapaces de hacer valer los derechos de los trabajadores y el convenio colectivo que una vez -–unidos e independientes-— conquistaron. Ellos también son responsables del drama de sus compañeros de trabajo.

Si estas condiciones prevalecieran, seguramente prevalecerán, los hospitales públicos seguirán siendo antesalas de la muerte; el Seguro Social, el facilitador de ganancias extras para los negociantes privados de la salud; las instituciones estatales, centros en donde hará su vida parasitaria una burocracia tan bien pagada como inútil, y los asegurados seguirán muriendo anónimamente esperando por una justicia social que tarda mucho en llegar, pese ser pagada por adelantado. El neoliberalismo hace aguas, pero sólo a los pobres ahoga.




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