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  CON TODO EL PODER DE LA INFORMACIONManagua, Nicaragua - Domingo 19 de Febrero de 2006 - Edición 0
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Antigua Alianza, y Nueva Alianza

Alejandro Von Rechnitz
II Parte
8

Antigua Alianza, y Nueva Alianza

La Alianza no era un contrato legal, de tipo jurídico, que pudiera rescindirse­; si ése hubiera sido su sentido, todo el libro de Oseas sería totalmente inútil. La Alianza era una relación viva, una situación concreta, en cuyo interior había vida, desarrollo y creación, como en la relación entre dos personas. Sólo en ese sentido es que se puede hablar de una “nueva” Alianza.

La antigua Alianza, es verdad, aparece en la Biblia como una alianza condicionada, como si se dijera­: Dios nos ama mientras seamos buenos o para que seamos buenos.

La “nueva” Alianza se manifiesta siempre como incondicional, como si se dijera­: Dios no nos ama porque nosotros seamos buenos o para que nosotros seamos buenos, sino porque El es bueno, sino porque El es amor.

Por eso, en el capítulo primero del Evangelio (la “buena noticia”) según San Juan (versículo 17), se dice­: si Moisés nos trajo la Ley, Jesús nos ha traído la gracia, el regalo, el don.

La antigua Alianza se mantenía siendo demasiado exterior. La “nueva” exigirá una adhesión interior sin reservas (ver Jer. 31, 31-34­; Ez. 36, 25-28). La antigua Alianza era muy “nacional” o nacionalista­; la “nueva” es absolutamente universal (ver Is. 54, 1.10­; 55, 3-5­; Mt

28, 19­; Apoc. 7,9).

El Nuevo Testamento, la “nueva” Alianza, coloca a Jesús en el lugar que, en la mentalidad judía, debía ocupar la Ley (corazón de la Alianza).

Por ejemplo, cuando Mateo hace decir a Jesús que en donde se reúnan dos o tres seguidores en su nombre, allí está El en medio de ellos (ver Mt. 18, 19-20) no quiere decir sino que Jesús es ahora lo que, antes de Jesús, era la Ley de Moisés, porque los rabinos decían que en donde dos o más pronunciaban juntos las palabras de la Ley de Moisés, la Shekinah (la sagrada presencia de Dios), estaba entre ellos.

Que Jesús ocupa ahora el lugar que antiguamente ocupaba la Ley de Moisés es lo que quieren decir frases como “Yo soy la luz”, “Yo soy el camino, la verdad y la vida” (ver Jn. 1, 14­; 14, 6­; 12, 46)­; todo lo que los rabinos decían acerca de la Ley de Moisés es puesto en estos versículos en boca de Jesús acerca de sí mismo.

San Pablo llegará a decir, en esta misma línea, que si la Ley salvara o siguiera estando en vigencia Jesucristo sería totalmente inútil (ver toda la carta a los Gálatas).

Los Evangelios y las cartas de san Pablo quieren revelarnos que Jesús no quería enseñar una moral, ni siquiera si esa moral era la de la Ley, sino el valor de la misericordia, el valor del amor incondicional de Dios.

Pero ya en el Antiguo Testamento se cuestionaba el valor, para Dios, de la Ley o de la Alianza pactada con Israel­; eso es lo que aparece en el fondo del libro de Jonás.

En ese libro se cuestiona, de hecho, al dios que juzga, al dios que acaba manteniendo, contra la misericordia, la ortodoxia, en nombre del Dios que se siente padre de todos, en nombre del Dios que no cree en que la salvación es para “los suyos” o para los que respeten institucionalmente su Ley o su revelación.

El Dios que aparece en el libro de Jonás es el Dios de quienes no tienen sino a Dios para apoyarse, para salvarse, de los que no tienen sino la misericordia de Dios como derecho para entrar en el Reino de Dios que, al fin y al cabo, es el Reino del amor incondicional.

El Nuevo Testamento, la “nueva” Alianza, dice­: La Ley sí, pero la Ley solamente tal como la entendió Jesús.

La Ley sí, pero nunca por encima o en contra del hombre, que es quien, por la encarnación, tiene valor infinito. La Ley sí, pero sólo aquella que queda resumida en el amor y plenificada por él (ver Ro. 13, 9-10)

9. La Alianza como yugo o carga

Nosotros los cristianos nos hemos acostumbrado a considerar la Ley, o los mandamientos, el contenido legal de la Alianza, como una carga dura, como un peso oneroso.

Nunca fue ésa la mentalidad judía al respecto. Las palabras de la Ley, su contenido, fueron siempre consideradas como un honor, como un gran privilegio, concedido al pueblo de Israel, como su mayor honra. Podemos constatar estas afirmaciones leyendo el Talmud.

Por ejemplo­: “Con cuatro cosas se comparan las palabras de la Ley. Con el agua, con el vino, con el aceite y con la leche. Con agua pues da vida al mundo, viste la desnudez del mar y viene en gotas que se vuelven corrientes.

Como agua va a las partes bajas y abandona las alturas. Es causa de frescura y alegría. Da vida al sediento, lava al impuro, refrigera al encendido. Como vino, porque envejece en la vasija y cuanto más viejo es mejor.

Porque es causa de regocijo al hombre y da alegría al mundo. Como miel, porque endulza a los niños y da salud a los enfermos. Como el aceite, porque es medicina y da vida. Leche con miel y con vino es la mejor figura de la Ley” (ver Cant

R. 1, 2 ss.).

“¿Con qué pueden compararse las palabras de la Ley­? Las palabras de la Ley pueden compararse al fuego. Como el fuego vienen del cielo y como el fuego son perdurables.

Si un hombre se acerca mucha a ellas se quema, y si se aleja se hiela. Si son instrumento para su trabajo, salvan al hombre. Si se sirve de ellas como medio de ruina, lo pierden.

El fuego deja la marca en todos los que lo usan. Eso mismo hace la Ley. Cada hombre dedicado al estudio de la Ley lleva impreso el sello de su fuego en sus hechos y en sus palabras” (ver Sifré Deut. Berakha, 343)

10. Los fiadores de la Alianza

Es el pueblo entero de Israel el que se considera fiador de la Alianza con Dios, y así lo leemos en este relato del Talmud­:
“Los israelitas querían encargarse de la Ley, pero Dios exigió de ellos un fiador, para tener la seguridad de que siempre la cuidarían.

--Nuestros piadosos padres, Abraham, Isaac y Jacob son nuestros fiadores, dijo el pueblo.

--No puedo aceptar tales fiadores -respondió el Señor, pues hace mucho que han muerto.

--Toma a los profetas como responsables.

--Aún no han nacido --se negó Dios

--Toma, entonces, a nuestro hijos.

Alegróse el Señor y dijo­: --Sea bien venida esa fianza. Que vuestros hijos estudien mi Ley y la transmitan a los hijos de sus hijos. Así mi enseñanza nunca caerá en el olvido.”
11. ¿Por qué fueron los judíos los elegidos para esa Alianza-Ley­?
Porque sí. Porque Dios es rico para con los pobres, para con aquellos que no tienen sino a Dios como apoyo. Porque la elección, en su origen, no era mirada como un privilegio, sino como una responsabilidad, como el compromiso para un testimonio ante todos los demás pueblos de la Tierra.

El Talmud expresa así la razón­: “Cuando Moisés llegó a las alturas, los ángeles oficiantes le preguntaron al Santo --bendito sea--­:Señor del universo, ¿qué hace aquí, entre nosotros, un hijo de mujer­? Les contestó­: Ha venido para recibir la Ley.

Los ángeles insistieron­: ¡Cómo­! ¿Este tesoro tan apreciado, que ha permanecido oculto junto a Ti durante novecientas setenta y cuatro generaciones antes de la creación del mundo, ¿lo vas a conceder a seres de carne y sangre­? ¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él y el hijo del hombre para que lo cuides­? Señor, Dios nuestro, cuán glorioso es tu nombre en toda la Tierra

Has puesto tu gloria sobre los cielos.

El Santo --bendito sea-- le ordenó a Moisés­: Refútalos­; pero Moisés alegó­: temo que me consuman con el ardiente aliento de sus bocas.

Entonces Él le dijo­: Agárrate al trono de la gloria...y (Moisés) le habló­: Señor del Universo, ¿qué hay escrito en la Ley que tú me diste­?­: Yo soy el Señor, tu Dios, que te sacó de la Tierra de Egipto y (a continuación) les preguntó (a los ángeles)­: ¿habéis estado en Egipto­? ¿habéis sufrido la esclavitud de Faraón­?...¿por qué, pues, ha de ser vuestra la Ley­?
Acto seguido les preguntó­: ¿No está escrito en ella­:No tendrás otros dioses­? ¿Acaso habéis vivido entre pueblos idólatras­?--¿Y qué más hay escrito en ella­? Acuérdate del sábado, para santificarlo. ¿Acaso hacéis trabajos, para que os sea necesario descanso­?...¿Y no está también escrito­: Honra a tu padre y a tu madre­? ¿Tenéis padres y madres­?...Inmediatamente dieron (la razón) al Santo
--bendito sea--, pues está escrito­: Señor, Dios nuestro, cuán glorioso es tu nombre en toda la Tierra...”(ver Talmud, Shabbat 88b-89a).

12

¿Cuál es la esencia de la Ley­?

Este punto fue siempre materia de discusión entre los rabinos y maestros de Israel. Oigamos cómo lo planteaban, según el Talmud, dos de los maestros más prestigiosos de Israel­:
“Un pagano se presentó a Shammay, y le dijo­: Me convertiré al judaísmo si eres capaz de enseñarme toda Ley, la Ley entera, mientras pueda sostenerme sobre un solo pie.

Shamay le rechazó con la regla de constructor que tenía en la mano. Cuando se presentó ante Hillel (con la misma pretensión), éste le contestó de la siguiente manera)­: “Lo que no quieres para ti, no lo quieras para tu prójimo”. Esto es toda la Ley, lo demás sólo es comentario” (ver talmud, Shabbat 31a).

Jesús dirá, después, que la Ley entera se resume en amar a Dios y al prójimo (ver Mt

22, 35-40).

San Pablo dirá que el que ama al prójimo ya ha cumplido la Ley (Ro.13,8-10­;Gál.5,14­;Col. 3,14). Según Pablo podríamos decir que ya no hay más Ley que la de amar.

13

Las tablas de la Alianza-Ley.

Las dos tablas de la Alianza no fueron, como muchas veces se las ha pintado, dos tablas distintas en las que, en una iban tres mandamientos (“los que tienen que ver con Dios”) y, en la otra, los otros siete (“los que tienen que ver con el prójimo).

Cuando se hacía un contrato entre dos personas, se hacían tres copias exactas del mismo contrato, una para cada uno de los contratantes y la tercera quedaba cerrada y sellada en el templo del dios de los dos contratantes (en el arca de las alianzas). Cuando el pueblo de Israel sella su alianza o pacto con Yavé se hacen dos copias exactas del mismo pacto, una para que el pueblo la tuviera y la leyera, y la otra se depositó en el arca sagrada porque, en este caso, el segundo contratante es Dios y no hace falta una tercera copia para caso de estafa o falsificación del contrato.

El dividir la Ley en dos tablas, una con tres mandamientos y la otra con siete, lo único que hace es permitirnos la separación entre el amor a Dios y el amor al prójimo, como si pudiéramos permanecer fieles y gratos a Dios mientras violamos los otros siete (los que “tienen que ver con el prójimo”). Todos los diez mandatos han sido mandados por Dios y en ellos, todos, pensaban los israelitas, está contenida la Alianza con El. El que viole un mandato que se refiera expresamente al prójimo ha ofendido a Dios al ir contra la voluntad expresa de El y ha roto su Alianza

14. El arca de la Alianza.

El arca de cada tribu es el sitio, en esa época, un arca, un baúl, en donde se guardaban todos los pactos o alianzas que la tribu hubiera contratado con cualquiera de sus vecinos. De allí que el arca tomara ese nombre. En el Israel posterior, ese baúl, guardado en el templo, se convirtió en una especie de trono o pedestal para Dios. De hecho, se convirtió en un símbolo genial­: Dios manifiesta su presencia allí en donde se guarda (se cumple) su palabra, las tablas de la Ley .

15

Leyes entregadas por Dios a Moisés.

Con el hecho de hacer que Dios mismo escribiera con su dedo las tablas de la Ley se quiso decir algo profundamente teológico y sólo eso­: que la Ley por la que se rige el pueblo de Israel procedía de Dios, que sólo Dios podía dar leyes a su pueblo. Esta idea estaba ya en el ambiente del mundo oriental. El código de Hammurabi (redactado hacia el año 1800 antes de Cristo) fue grabado en varios bloques de piedra destinados a los templos de las principales ciudades de Babilonia. En uno de esos bloques aparece el dios Shamash entregándole el código a Hammurabi. Como se ve, aparecen, ya allí, los elementos esenciales de la tradición bíblica­: leyes procedentes de Dios, grabadas en piedra, entregadas a un legislador (que no es quien las ha hecho), destinadas a conservarse en un recinto sagrado.

16

El rito de la Alianza.

Está descrito en Ex.24,4-8, y preparado por Ex.19,5-25 y 20,18-21. La acción ritual está evidentemente relacionada con los ritos semíticos de participación en una misma sangre, es decir, ritos de comunión en una misma vida­: una sacramentalización de la unión en la vida, porque por el rito de ser bañados en la misma sangre (símbolo visible de la vida, en Israel) se ha producido la unión de las vidas. Por eso, la aspersión de la sangre del sacrificio se hace sobre el altar, que representa a Yavé, y sobre el pueblo congregado.

Segunda Parte: Los MANDAMIENTOS

17. Diez mandamientos.

Los diez mandamientos no son llamados así ni una sola vez en todo el Antiguo Testamento. Unicamente se le da el nombre de “las diez palabras” (ver Ex.34,28­;Dt.4,13­;10,4). Los judíos de todo el Antiguo Testamento le dieron mucha más importancia siempre al encabezamiento que a las normas que, como consecuencia de ese encabezamiento, le seguían. Fijémonos en el encabezamiento­: “Yo soy el Señor tu Dios, que te sacó de la esclavitud de Egipto”(ver Ex.20,2). Para los judíos ésa era la razón de todas las demás normas. Porque Dios es el Dios que libera, y los demás dioses no liberan, por eso­:no tendrás otros dioses, por eso no tal cosa o tal otra.

18

Esos diez mandatos y Moisés.

Pensemos en Moisés, que había conocido muy bien la cultura del imperio egipcio, que conocía por experiencia el trabajo de los escribas en el imperio, que conocía lo que había sucedido con el monoteísmo intransigente de Amenofis IV (Akhenatón) y que había visto muchas veces las tumbas de los faraones con toda la formulación del “libro de los muertos” en sus paredes. En la formulación del decálogo pueden haber influido las protestaciones de inocencia que los difuntos egipcios se veían obligados a declarar delante del tribunal de Osiris­; también pueden haber influido las preguntas que el sacerdote, encargado de exorcizar a los enfermos (en esa época todo el mundo creía que cada una de las enfermedades era una “posesión” de parte de malos espíritus), hacía en Asiria. Veamos algunos ejemplos.

“No he cometido injusticia, no he cometido fraude, no he robado, no he sido codicioso, no he matado a nadie, no he rebajado la medida del trigo...,no he mentido” (Protestaciones ante Osiris).

“¿Ha ofendido a algún dios o despreciado a alguna diosa­? ¿Ha despreciado a su padre o a su madre, o tenido en poco a su hermana mayor­? ¿Ha dicho “es” en lugar de “no es”­? ¿Ha usado balanza falsa y no ha usado balanza justa­? ¿Ha penetrado en la casa de su prójimo­? ¿Se ha acercado demasiado a la mujer de su prójimo­? ¿Ha derramado la sangre de su prójimo­?” (Interrogatorio del sacerdote asirio a un enfermo).

Se discute si el decálogo tiene origen claramente en la persona de Moisés o no. Los expertos han llegado a la conclusión de que, aunque lo que ahora tenemos por tal no hubiera sido creado íntegramente por Moisés mismo, procede de Moisés la esencia que luego originó a lo que ahora tenemos

19. Decálogo y negatividad.

La formulación negativa que tiene el decálogo procede de que era no sólo un texto religioso, sino, también, una legislación civil. No olvidemos nunca que la Ley de Dios era, para Israel, el único código civil de leyes por las que se regía la vida diaria del pueblo. El código civil legal se usa para juzgar y hacer justicia y, por ello, tiene que ver con los actos delictivos y, por lo tanto, es siempre, en una u otra forma, un conjunto de prohibiciones.

El concepto de premios o castigos del decálogo era completamente lógico con el sentido de retribución solidaria entre padre, hijos y nietos, propio de la mentalidad tribal, que sólo tiene en cuenta la existencia personal como miembro de un cuerpo. Sólo con el profeta Ezequiel (18 y 33), y por motivos que nada tienen que ver con la idea de individualismo, se da el paso de la idea de pecado colectivo a la idea de pecado personal.

Tal como la tenemos en la redacción que está en nuestras biblias, la lista de los diez mandamientos es, claramente, una lista para ser recitada, de memoria, dentro de un acto de culto, por una persona particular, o por toda una asamblea del pueblo, con ocasión de alguna de las renovaciones de la Alianza. Se enumeran prácticas que Dios rechaza­; es decir­: quien dice creer en Yavé no adultera, no roba, no asesina, etc. En la Biblia aparecen dos tipos de decálogo. Un decálogo ritual (ver Ex.34,10-26) y un decálogo moral (ver Ex.20,1-17 o Dt.5,6-21). Es evidente que el decálogo moral tuvo mucha más importancia popular que el ritual, lo cual es indicio de que los predicadores de la época daban prioridad a lo social por sobre los ritos cultuales

20. Los mandamientos.

Por lo que señalamos antes, el decálogo no fue primordialmente mandato sino evangelio (Buena Noticia) ,fue más revelación que moral. El texto bíblico no insiste en hablar de un Dios que pretende aplastar con su poder, sino de un Dios que se vale de todo su poder para liberar, como salvador, a Israel. El dios de los mandamientos no es cualquier dios. Dios es el Dios que se revela liberando al pueblo de la servidumbre que le había impuesto Egipto y, para eso, Dios se muestra más poderoso que el más poderoso de los imperios de la época.

El decálogo es el texto concreto de la Alianza de Yavé con su pueblo. A toda obligación del pueblo precede una autoobligación de Dios para con su pueblo desde con cada uno de los grandes padres del pueblo (ver Dt.4,31­;9,12).

El decálogo empieza con “Yo soy Yavé, tu Dios, que te saqué de la esclavitud de Egipto” (ver Dt.5,6). La mutilación de algo tan fundamental como esta afirmación, transforma al decálogo, de una luminosa y orientadora manifestación de Dios, en cuanto liberador y salvador, en la revelación de una divinidad que manda y prohibe, que se presenta, con todo su poder, para imponer leyes y límites a los hombres, que amenaza y se venga contra quien se atreva a transgredirlos. Ese prólogo positivo del decálogo presentaba, más bien, a Dios como el futuro mismo, en persona, de Israel.

“No tendrás otros dioses aparte de mí”.

No se refería, exclusivamente, este mandato a que no se fuera a venerar a otros dioses en los santuarios, sino a que Dios nos quiere enteros para El, a que El no admite la división del corazón, del tiempo, o del espacio en lo que es enteramente suyo (ver Jer.24,7­;Dt.6,5).

En el Evangelio según San Mateo (6,24), en que se quiere presentar a Jesús como un nuevo Moisés, superior a Moisés, se vuelve a presentar este mandamiento, aunque con una formulación adaptada al pueblo del Nuevo Testamento. Allí se dice que “Nadie puede servir a dos señores...No pueden ustedes servir a Dios y al dinero”. En nuestro corazón­: ¡Yavé solo! Dios no quiere compartir nuestro corazón con nadie.

“No te harás ninguna escultura y ninguna imagen de lo que hay arriba, en el cielo, o abajo, en la tierra, o debajo de la tierra, en las aguas. No te postrarás ante ellas ni les rendirás culto, porque yo soy Yavé, tu Dios, un Dios celoso, que castiga la maldad de los padres en los hijos, en los nietos y en los bisnietos, si ellos me ofenden­; y tengo misericordia a lo largo de mil generaciones, si me aman y cumplen mis mandamientos” (ver Dt.5,8-10).

Dios es “trascendente”, irrepresentable, inmanipulable. Toda imagen material es estática, adherida a un lugar, manipulable, con lo que, en cierto modo, “encierran” o limitan lo divino, para mantenerlo aprisionado. Y Dios no se deja asir, manejar o manipular por nadie. Porque, además, en ello existe otro peligro­: que el pueblo sencillo pueda creer que manipulando la imagen manipula a Dios. En sus relaciones con Dios, Israel no debe atenerse a una imagen, como los pueblos paganos, sino sólo a la palabra de Yavé (ver Dt.4,9-20).

El espíritu de la prohibición de las imágenes nos lleva a no forjarnos “imágenes de Dios” fijas o fijadas. Todas nuestras expresiones teológicas no son sino aspectos del único, pleno, inaprehensible, e imposible de encerrar en fórmulas­: Dios. El cristianismo permitió las imágenes religiosas a partir del hecho histórico de que el Dios invisible tomó forma visible y humana en Jesús de Nazaret y con la advertencia expresa de que todo el culto dedicado a una imagen lo es, más bien, a la persona representada en ella.

“No pronunciarás indebidamente el nombre de Yavé, tu Dios” (Dt.5,11).

En la mentalidad judía, el nombre contiene la esencia del ser nombrado. Si se conocía el nombre de un dios se podía influir sobre él al pronunciar ese nombre. En este mandamiento se incluye, pues, la prohibición de usar el nombre de Dios para fórmulas mágicas. El que manipula el nombre de Dios cree poder manipularlo a El, y Dios no se deja manipular de ninguna manera, ni en imagen ni por evocación. Los profetas protestarán, en nombre de Dios, contra los que crean poder “domesticar” a Dios en el lenguaje que habla sobre El.

“Observa el día sábado y santifícalo, como Yavé, tu Dios, te lo ha ordenado. Durante seis días trabajarás y realizarás todas tus tareas. Pero el séptimo es día de descanso en honor de Yavé, tu Dios. En él no harán ningún trabajo ni tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu esclavo, ni tu esclava, ni tu buey, ni tu asno, ni ningún otro de tus animales, ni tampoco el extranjero que vive en tus ciudades­; así podrán descansar tu esclavo y tu esclava como lo haces tú. Recuerda que fuiste esclavo en Egipto, y que Yavé, tu Dios, te hizo salir de allí con el poder de su mano y la fuerza de su brazo. Por eso, Yavé, tu Dios, te manda observar el día sábado” (ver Dt.5,12-15).

Comencemos por fijarnos en que la forma de observar el sábado, tal como se prescribe, se reduce a descansar. No se trata de introducir un tiempo para Yavé, para uso de El, sino de un tiempo para Yavé en cuanto liberador del pueblo de Dios. Por ello el día sábado hay que poner en libertad a hombres y animales, emancipándolos de la atadura de todo trabajo servil. Todo hombre, en Israel, según este mandamiento, debe recordar, por lo menos una vez por semana, que ha sido hecho para la libertad. Lo último que podía estar en la mente del legislador, en un mandamiento así, es que el mismo sábado se convirtiera en una atadura más, en otra esclavitud para el israelita. Según el Evangelio, la última de todas las ataduras, la muerte, ha sido rota con la resurrección de Cristo, por eso los cristianos celebrarán los domingos, día de la resurrección de Jesucristo, la definitiva liberación del hombre, la liberación que Cristo ha llevado a cabo.

“Honra a tu padre y a tu madre, como Yavé, tu Dios, te lo ha mandado, para que tengas una vida larga y seas feliz en la tierra que Yavé, tu Dios, te dará.” (ver Dt.5,16).

El mandamiento, tal y como está, manda honrar, no “amar”. En hebreo, honrar significa “tener en cuenta”, “reconocer”, es decir­: expresarse en gestos y ademanes que signifiquen respeto. Desde luego, el respeto es lo menos, no lo más, que el mandamiento quiere garantizar a los padres por parte de los hijos. Además, en una civilización en la que toda la cultura pasaba de padres a hijos y, muchas veces, oralmente, este mandamiento aseguraba la transmisión de las tradiciones religiosas y los conceptos esenciales de la Alianza del pueblo con su Dios

“No matarás”(ver Dt.5,17).

El término, la palabra que se usa, hebreo del original no dice “matar”, sino la palabra que corresponde, más bien, a “asesinar”. La palabra hebrea que aparece en el original se usa exclusivamente para significar la muerte privada de un hombre por otro hombre privado, sea esa muerte premeditada y planificada o por irreflexión y espontaneidad total. El mandamiento viene a declarar que quien, en cuanto individuo y en su propio nombre, derrama la sangre de otro, atenta contra la dignidad “divina” del prójimo.

Para los profetas, cualquier tipo de expoliación económica y toda opresión jurídica o social equivale e implica derramamiento de sangre (ver Os.4,2­;Is.1,15-17­;Miq.3,10). Para los profetas es lo mismo “chupar la sangre “ a un prójimo que derramar su sangre. Y así, para ellos, pertenece al sentido de “asesinar” cualquier proceder contrario al prójimo que lo convierta en instrumento, de tal manera que pueda ser utilizado en beneficio del explotador. Jesús, en la misma línea profética, dirá que en el mandamiento de “no asesinarás” el cristiano tiene que incluir toda cólera, insultos e injurias al prójimo (ver Mt.5,21-22).

“No cometerás adulterio” (ver Dt.5,18).

La preocupación que determina al legislador para imponer este mandamiento es la de mantener la claridad acerca de los hijos y las relaciones hereditarias, no, primordialmente, lo sexual implicado en la fornicación. Recordemos que adulterar, tener relaciones genitales con la mujer “ajena” era, en la antigüedad, una forma de estafar al prójimo, porque tanto la esposa, como los hijos que se tuvieran con ella, eran considerados parte de sus propiedades. Así, el adulterio no era visto como un pecado “sexual”, sino como un pecado social y económico. La fornicación de un varón, como tal, era tan poco importante en la mentalidad antigua de los judíos que las relaciones genitales de un varón con prostitutas eran recriminadas como un acto de imprudencia,
y la masturbación no aparece mencionada de ninguna manera en todo el Antiguo Testamento

“No hurtarás” (ver Dt.5,19).

En hebreo, el verbo empleado para enunciar este mandamiento es mucho más amplio que nuestro término “robar”. En hebreo, el verbo incluye los sentidos de “secuestrar”, “robar-hurtar”, “engañar”. La intención primera del legislador judío era excluir de entre el pueblo judío la práctica del secuestro. Se trataba, desde luego, del secuestro de una persona para venderla como esclava de otra. Así, el mandamiento tenía, como objetivo primero, la libertad de un ser humano y, como objetivo conexo, el respeto a las propiedades del prójimo (la esposa y los hijos que pudieran ser víctimas de estos crímenes),ver Ex.21,16 y Dt.24,7. La acumulación de tierras, en manos de un geófago latifundista, es parte de lo prohibido en este mandamiento , en un tiempo en el que se tiene a Dios como el único dueño legítimo de toda la tierra de Israel (ver Lev.25,8-17­;23-55­; Am.8,5­; Is.5,8). Podríamos, muy bien, traducir el sentido original de este mandato diciendo­: “No reducirás a tu prójimo a objeto, ni lo desnaturalizarás a simple instrumento de tu obsesión por poseer”.

“No darás falso testimonio contra tu prójimo” (ver Dt.5,20).

Como no se contaba con posibilidades científicas o tecnológicas de investigación, el testimonio de dos testigos resultaba definitivo y determinante, sobre todo en los casos de condena a muerte o para la honra y propiedades del acusado. La veracidad, como fondo de este mandamiento, está enteramente enfocada a tener en cuenta al prójimo (su vida, honra, o propiedades). No se trata , prioritariamente, de la veracidad en el orden privado, sino de la veracidad en los juicios públicos. El espíritu de este mandamiento incluye la prohibición de la calumnia y de cualquier atentado contra la honra ajena. No olvidemos, eso sí, que sólo cuando el otro tiene derecho a saber lo que pregunta, tenemos nosotros la obligación de responder.

“No codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su casa, ni su campo, ni su esclavo o esclava, ni su buey o su asno, ni nada que sea de su propiedad” (ver Dt.5,21).

Como ya expliqué antes, la mujer era considerada, en esa época, una de las propiedades del prójimo, a la altura, como podemos ver por el mandato, de la casa, la tierra, los esclavos o los animales. La fornicación con la esposa de otro era, claramente vista, como una estafa o robo al prójimo, como un pecado social o económico, pero no “sexual”. Lo que se recrimina en este mandamiento es tener pensamientos que vayan en la línea de robar algo al prójimo. Jesús dirá, en Mt.5,28, que quien mira a una mujer deseándola, ya cometió con ella el adulterio-robo que se prohibe por este mandato. En el fondo de este mandamiento se incluye la obsesión por poseer bienes que vayan más allá de la satisfacción de las necesidades reales.




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