feb 23, 2006
La mujer de acuarela
Jove
Fabricio Gutiérrez mató a su mujer la noche del 14 de febrero, por no sé que terrible obsesión con los ojos de ella. Para el morbo de los improbables lectores de esta carta, debo señalar que Gutiérrez le extrajo los ojos a Rebecca Mejía (¿ese era tu nombre no es cierto?, Rebecca, yugo en el cuello de Isaac) no fue un crimen pasional, al menos no directamente, pues en las subsecuentes investigaciones policiales no fueron descubiertos amantes, ni durante, ni antes de su matrimonio, como si los hombres encontraran algo macabro en la belleza angelical de Rebecca.
- Sí – me dije al contemplar las fotos de Rebecca a las que Gutiérrez les recortó quirúrgicamente los ojos – era bella… era muy bella.
En su vida, Rebecca fue amada, nunca poseída, sólo Gutiérrez se atrevió a intercambiar palabras con ella y desearla.
- Le temíamos – me dijo un compañero de estudios – había algo en ella, intensidad. Si algo le desagradaba lo expresaba con los ojos… era intensa, muy intensa. - ¿Por qué Gutiérrez? – pregunté a varios conocidos.- ¿Por qué no? – me respondió Eduardo, pintor amigo de la familia – eran como un par de flamas listas para desatar un fuego.- ¿Por qué matarla?- Fabricio entendió que nunca sería completamente suya, había algo en el alma de Rebecca a prueba del fuego de Fabricio.
- ¿Qué con eso?
- A Fabricio lo consumía la pasión por Rebecca.
- Eso no explica el crimen.- Doble suicidio.- Fabricio sabía que ella no sería feliz sin él, que ambos serían infelices si el otro faltaba en su vida, él solo ejecutó la voluntad de Rebecca.- Todos ustedes están locos.- Venga – me dijo Eduardo, a la vez que me invitaba a pasar a su estudio – Fabricio derramo ácido sobre el retrato, para desaparecer el cuadro, entonces sospeché lo que se proponía, pero no tuve fuerzas para llamar a la policía, pues en el fondo yo también le temía… les temía, a los dos.
Removió una sábana que protegía el cuadro de la mirada de extraños, el ácido había dañado el lienzo, hasta el punto que no podría recuperarse, del retrato de Rebecca quedaban algunos contornos decolaros, no comprendí.- Observe bien – me dijo Eduardo.Miré con detenimiento el cuadro, tras unos segundos noté que quedaba algo de los ojos del retrato, luego entendí que esos ojos, aunque pintados, me perseguirían por toda la vida, ni quise imaginar lo que sintieron todos aquellos que una vez miraron directamente a Rebecca.
- Una mirada es capaz de marcar al alma – observé, al tiempo que ofrecí una suma considerable por el cuadro, Eduardo se negó.
Alquilé una bodega en el centro, no he bebido agua en cinco días, quizás moriré de sed, el recuerdo de esos ojos pintados me perseguía, tenía que poseer el cuadro a cualquier costo, ojalá la familia de Eduardo pueda comprender que era un precio razonable, pero él tuvo la maldita idea de negarse, yo lo entiendo, no podría desprenderme ahora de este cuadro, que desde el fondo de la habitación observa y quema mi corazón.
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