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  CON TODO EL PODER DE LA INFORMACIONManagua, Nicaragua - Sábado 25 de Febrero de 2006 - Edición 9172
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El Modernismo y el Renacimiento


En el elegante y significativo evento literario, que a las siete de la noche del pasado dos de enero, se llevara a cabo en el Palacio de la Cultura, en el que el laureado poeta Julio Valle Castillo, Director del Instituto Nicaragüense de Cultura, hiciera la presentación de la edición conmemorativa, 1905 – 2005 del Centenario de la obra de nuestro inmortal Rubén Darío, “Cantos de vida y esperanza, Los cisnes y otros poemas”, magistralmente lograda por sus autores, Pablo Kraudy y Jorge Eduardo Arellano, hubo todo un derroche de citas literarias, de declamación de poemas, de profusión de datos históricos, así como de ingenio intelectual y lírico; lo que sumado a la exquisita música ejecutada con brillantez por la orquesta sinfónica de Nicaragua, logró ampliamente hacer del evento en referencia, un acontecimiento gratificante para el intelecto y para el espíritu.

Sin embargo, yo aún no logro explicarme el porqué de la reticencia, tanto de los organizadores como de los expositores, a referirse a profundidad sobre lo que significó y sigue significando el Modernismo; sobre todo al centrar el objetivo de la celebración al estudio y análisis de “Cantos de vida y esperanza, Los cisnes y otros poemas”, obra que, sin lugar a dudas, constituyó el punto más alto de la expresión poética de Darío y, a su vez, la piedra angular sobre la que descansó la más espectacular revolución literaria de todos los tiempos.

América Latina, desde la aparición de “Azul…”, en 1888, siente el estremecimiento de sus volcanes, lagos y montañas, agitados y sacudidos por un sismo sinainico, violento, trascendental y místico; así se anunció el Modernismo, más que como un movimiento de renovación, como un movimiento de revelación.

En esta época, y después del advenimiento de “Azul…”, Darío adquiere plena conciencia de sí mismo y de lo que se propone hacer, impulsando a lo largo del continente americano una real, verdadera y auténtica revolución literaria independentista, que va dejando a la vera del camino todas las amarras y todos los grilletes de la subordinación y la servidumbre a las formas de expresión poética de las escuelas clásicas en boga desde hacia siglos, erigiéndose, sin proponérselo, en el san Martín o en el Bolívar de esta ecuménica revolución en las letras del mundo más que de América Latina.

Consecuentes con tal verdad histórica, los nicaragüenses tenemos el derecho y la obligación de consagrar a Rubén Darío sin reticencias y timoratismos y elevarlo al sitial que le corresponde en la lírica universal, y proclamar como una épica verdad trascendental que nos enorgullece a todos, el mérito que le corresponde como transformador de la lengua y artífice de la cultura que, trascendiendo a su tiempo, se proyectó para la eternidad. Tenemos los nicaragüenses la responsabilidad, venciendo todos nuestros complejos provincianos, de asumir el rol que nos corresponde jugar en el mundo, como compatriotas de ese gigante de la poesía universal al que debemos amar y defender con filial entereza, de todos aquellos que, cegados por el resplandor cósmico de su gloria, se consolaban, y se consuelan aún, “torciendo el cuello al cisne de engañoso plumaje” en un fallido intento de tapar el sol con el dedo de sus envidias y de sus mezquindades.

Asumamos de una vez para siempre la cívica misión de ser leales y justos ante los hechos incontrovertibles de nuestra historia. No limitemos nuestras celebraciones a las socorridas “veladas” con las que festejamos las efemérides de nuestra vida nacional con una candorosa superficialidad y, por el contrario, exaltemos reverentes los hechos relevantes de nuestro devenir histórico como lo hacemos hoy, cuando debemos celebrar, más que cien años de publicación de una obra de nuestro Rubén Darío, el significado trascendental de la misma en la consolidación del Modernismo; sobre todo si somos consecuentes y compartimos la verdad que sostenía don Juan Ramón Jiménez, cuando afirmaba con muy buenas razones que el Modernismo no es un movimiento literario ni una escuela, sino que marca una época; como el Renacimiento, y que “se pertenece al Modernismo como se es del Renacimiento quiérase o no se quiera”. También decía don Juan Ramón que, como corolario obligado, “Ibsen y Nietzsche están en el comienzo del Modernismo. En el Modernismo ideológico y no en el estético”.

Darío, al sentar las bases fundamentales del Modernismo y estructurar las nuevas formas de la poética universal, no está dictando normas para una escuela literaria, más bien, al respecto, afirma que “cuando dije que mi poesía era mía, en mí, sostuve la primera condición de mi existir, sin pretensión ninguna de causar sectarismo en mente o voluntad ajena, y en un intenso amor a lo absoluto de la belleza”.

El 6 de febrero, día en que conmemoramos la muerte de nuestro extraordinario compatriota, nuestro querido Rubén Darío, debemos reafirmar como una verdad toral que, al morir Rubén Darío, perdió la lengua castellana su mayor poeta, en valor absoluto y en significación. Ninguno, ni antes ni después de Góngora y Quevedo --los únicos renovadores del instrumento lírico y únicos innovadores del ritmo-- ejerció influencia comparable en poder transformador a la de Darío. Dicho todo lo anterior, que siempre será muy poco para la ocasión, sumemos nuestras voces a la oración de Antonio Machado y digamos con él: “Nadie esta lira taña si no es el mismo Apolo; nadie esta flauta suene si no es el mismo Pan”.




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