mar 11, 2006
SILVIO EN EL ROSEDAL (1976)
(Motivación a las obras de la Literatura Latinoamericana y Española SS.XIX y XX) Francisco Javier SANCHO MÁS
Julio Ramón Ribeyro (Perú. 1929-1994)
Un hombre toma posesión de una hacienda que no ha buscado, pero llegado el momento, considera que es la hora de asentarse. En esa hacienda, donde lleva una vida solitaria con ocasionales encuentros con sus vecinos, encuentra un día por casualidad que un rosedal medio descuidado con los años tiene una forma caprichosa que compone una palabra o las iniciales de un nombre. No lo sabe, en cualquier caso ese pequeño enigma se convierte en el misterio de su vida, le revuelve por dentro, le anima a seguir investigando, a interrogar los mensajes que aquel rosedal puede estarle enviando desde hace mucho tiempo.
Su vida entonces cobra singularidad. Busca y busca hasta los límites de su curiosidad. Cuando está a punto de darse por vencido, recibe la visita inesperada desde la Italia de la que él mismo procede de dos mujeres, lejanos familiares, una de ellas una jovencita de la que él, mucho mayor, queda prendado. Está conociendo la perfección.
De alguna manera sus divagaciones de solitario relacionan al rosedal con la niña. Y ahora por fin se siente más cerca de encontrar sentido a las cosas que ocurren. Silvio no sabe lo que ha sido de su vida, ni siquiera sabe adónde ha ido. De hecho, no ha hecho más que perdurar. En un momento del relato se detiene a reflexionar en esto: si acaso no hay más horizonte para él que aquél contemplado en su ventana. Claro, todo eso fue hasta que descubrió la forma enigmática del rosedal y la venida de ella, la adolescente de la que queda completamente enamorado.
Silvio aún cree que la vida le puede dar toda su esencia sin hacer nada más que esperar. Pero la noche en que celebra una fiesta para impresionar a la jovencita, descubre que ésta se escapa con otro joven de una edad más cercana a la de ella. Silvio queda desolado y sube a la almena desde la que un día contemplara la figura del rosedal. Ahora las flores ya no tienen la forma que creyó ver un día. No sabemos de hecho si la vio realmente. En todo este tiempo Silvio ha aprendido a tocar el violín, y ese día lo toca solo en su mejor interpretación.
Quise contarles este relato que le da nombre al libro porque recorriéndolo con la memoria aún me queda el temor de Silvio: consumir la vida para nada. En sus quehaceres no hay causas fundamentales, no hay raíces, todo es tan disperso y dudoso como esas letras que cree adivinar por el capricho de las rosas. Y aún así todo lo espera. Una vida para casi nada, y aún lo espera todo. Si leo esta frase una vez más, me da escalofríos. No es miedo, sólo un estremecimiento.
Los personajes de Julio Ramón Ribeyro son éstos. En otro relato de la colección que nos trae al barco de esta sección de Ida y Vuelta nos muestra a otro hacendado que en su afán por atraerse el beneficio del presidente de la nación se desvive por organizar una fastuosa cena, contratando camareros que vendrán desde muy lejos, adornando la casa y gastando una fortuna en el menú. Al final, después de varias excusas, el presidente accede a aceptar la invitación. No le importó para ello derrochar hasta sus últimos recursos. Pensaba que los favores que después toda la inversión le devolvería valían por sí mismos la pena. Pero durante aquella noche, el presidente fue depuesto porque uno de sus ministros dio un golpe de Estado. Todo lo que había hecho aquel hacendado no había servido para nada.
Desesperados, inquietos, locos y ansiosos en sus momentos de arrojo, en sus apuestas al todo o nada, todos ellos forman los relatos de Julio Ramón Ribeyro. Bryce Echenique, un entusiasta de Ri-beyro, fue el que a través de sus múltiples referencias a su obra me animó a leerlo. Por la insistencia en las páginas de Echenique es que llegué a Ribeyro y, aunque no me decepcionó, también he de confesar que algunos finales de sus cuentos son previsibles, lo cual, si el cuento es del tipo de sorpresa o final inesperado lo destruye desde el inicio.
Pero al mismo tiempo, hay que reconocer en Ribeyro la voluntad de mago. Sus cuentos son un juego con el lector. Se narra un hecho, una acción momentánea (que puede durar cien años) en unas pocas páginas. Se sustituye la descripción por la acción, y se lleva la tensión hasta el final, cuando está la sorpresa, lo que el lector no debe imaginar siquiera, pero que es totalmente lógico o creíble, aunque no sea verdad. Es la mentira que necesita parecerse más a la verdad, porque si no, no sirve. Hay autores como Sergio Ramírez que defienden la idea, al igual que Cortázar, de que el cuento debe nacer hecho por entero desde el principio. El autor, o el mago, debe conocer el final y saberlo ocultar debidamente, para que cuando llegue, el lector quede en knock out.
Esta colección de Ribeyro puede ser una invitación, pero cualquier edición que reúna algunos de sus cuentos es una buena compañía de camino. Ribeyro es un autor a descubrir, un exponente de la Literatura peruana que, sin embargo no goza de la estima que sus compatriotas del boom (como el mismo Bryce o Vargas Llosa).
Pero en sí mismo es un taller de escritura. Tal vez falta en su obra una gran novela (aunque Crónica de San Gabriel lo es) que se haya universalizado como merecía. Tal vez esa falta le haya costado el olvido durante algún tiempo. Las editoriales no lo pusieron bajo los focos del éxito comercial, y cuando su obra empezaba apenas a ser premiada le llegó la muerte.
Pero aquí está, navegando con nosotros, vivo por esta América Latina en la que dejó su maestría en la estructura y en la forma más antigua de contar. Les debemos mucho a los Ribeyro, a los Chejov, a los Maupassant, por no dejar que muera el cuento.
Por no dejar que se nos olvide que en tan sólo dos segundos puede transcurrir la historia del mundo. En sólo dos segundos, los desesperados, como nosotros, nos podemos jugar el amor y la vida. Todo o nada. Buena suerte.
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