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  CON TODO EL PODER DE LA INFORMACIONManagua, Nicaragua - Domingo 12 de Marzo de 2006 - Edición 9187
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Una aventura hacia la cima del Momotombo

Alcanzan cráter “ronco y sonoro”

Alcanzan cráter “ronco y sonoro” - Foto

I de II Entregas

Crónica de Ulises Juárez Polanco

Fotos de Héctor Zamora Aguirre

ESPECIAL PARA EL NUEVO DIARIO -Después de dos semanas de planificación, o mejor dicho de coordinarnos con la tour-operadora y asegurarnos que nadie se arrepintiera a última hora, llegó el día. El sábado 11 de febrero salimos del parqueo de un hotel capitalino, cerca de las 2 de la tarde, hacia la entrada del Campo Geotérmico Momotombo, ubicado en el extremo noroeste del lago Xolotlán. Después de una hora y media de viaje, el coloso se divisaba desde la carretera. Tan imponente en su tamaño y tan pequeños nosotros los que osamos irrespetarlo, que de lejos parece cercano e inocente, como si fuera un volcancito de pólvora que alcanza en la palma de nuestras manos.

Voy recordando las historias sobre este volcán, la leyenda de Séquier, el poema de Víctor Hugo, el Momotombo ronco y sonoro de Darío, con énfasis en el dato de que éste es el volcán más difícil de subir en Nicaragua, y yo ando más fuera de forma que mandado a hacer. El microbús se sale de la carretera y reacciono.

Entramos en una calle adoquinada, que lleva a León Viejo. Doblamos en un empalme y a los pocos minutos, estamos sobre una calle de tierra. Algunos de nosotros bromeamos acerca de ir cansados, y eso que no hemos caminado nada. Unos se ríen. Otros piden una parada para orinar. Nos hemos sobre-hidratado en el camino y éstos son los efectos lógicos. La mayoría se baja del microbús y buscan los mejores arbustos. Escuchamos unos gritos detrás de nosotros, sobre la calle de tierra, a unos 200 metros, y vemos a cuatro jóvenes que vienen corriendo hacia el microbús, machetes y maritates encima. Samuel grita: ¡Vamonós antes que nos macheteen! Alguien le dice que se calle, que quizá sólo quieren un aventón. Samuel y alguien más insisten, ¡Qué nos van a machetear, jodido, arranquemos y vamonós de aquí! Hay un clima de tensión y no sabemos qué hacer. No hacemos nada. Los cuatro muchachos llegan al microbús, y dicen, “Idiay, ¿nos iban a dejar?” Entonces descubrimos que eran nuestros guías y, que por poco, llegamos al volcán sin ellos. Yo sólo pienso que las casualidades son graciosas: benditos los líquidos que bebimos de más, esta parada para hacer pis cayó como anillo al dedo.

Nos disculpamos y nos vamos presentando: Guillermo, Carlos, “Tilín” y Narciso son nuestros guías. Mucho gusto, nosotros somos Salvatierra, Neville, Alejo, Diógenes, Héctor, Samuel, Chepín, Juan José, Martín y Ulises. Se enciende nuevamente el microbús.

El campo geotérmico
Llegamos al Campo Geotérmico, que actualmente está bajo la administración de la Ormat Momotombo Power Company. Éste es el punto más cercano al volcán al que puede llegar nuestro microbús. Nos bajamos. Un vigilante nos recibe. Para poder entrar, se requiere un permiso: Sí señor, aquí está. Dejáme revisarlo. Con gusto, tome. Todo en orden, pueden entrar. Entramos e inicia la aventura. El reloj marca las 3 y 20 de la tarde y el indicador de altura marca 70 msnm. Ahora sólo queda mirar arriba hacia el infinito y caminar.

Caminamos en fila india por los primeros 20 minutos. Luego, la fila se va extendiendo y extendiendo. Yo he quedado rezagado al final: aparte de estar fuera de forma, voy tomando fotos y anotaciones, y hace poco, al subir unas piedras, resbalé sobre el tobillo y lo lastimé. El dolor es punzante. Lo peor es la mochila ya no es de tela, sino de plomo (aquí un mensaje para los aventureros: llevar sólo lo indispensable. Todo lo demás, sobra). Y ya estoy cansado. Mis opciones son quedarme aquí a mitad de la nada o seguir caminando. La mejor adrenalina es el orgullo.

Uno de los guías me busca y me pregunta cómo estoy. De maravilla, contesto. Sabe que no estoy de maravilla, y me ayuda con mi mochila. Le agradezco en el alma. Saco unos audífonos y sigo caminando hacia arriba, con música de Jorge Drexler. El bosque es un gran lienzo de tonalidades café-amarillo-semiverduscas que parece habernos tragado. Hay dos tipos de caminos: uno mayor, donde de cuando en cuando supuestamente circulan camionetas todo terreno. Otro menor, senderos tímidos, que a veces se difuminan entre los matorrales. El grupo ha dejado atrás al más grande y lleva buen rato caminando en los senderitos. Guillermo, quien me acompañó durante un tiempo, va adelante. Estoy entre Guillermo (a quien ya ni siquiera diviso) y Tilín y Narciso, cerca de mí. Tilín y Narciso tuvieron un retraso en la entrada de la Ormat, y por ello iniciaron 15 minutos después. Además, llevan las cosas del campamento.

El volcán de frente
En un punto, el camino queda de frente al volcán soberbio. Hay una leve tonalidad grisácea en su punta. No, no es nieve, pero se parece. Si uno lo quedase viendo, hay una mayor pendiente hacia la derecha. También hay unas cárcavas en la cima, donde, según cuenta Guillermo, tendremos que bordearlo para llegar a la cima. Observo y me enamoro: es el lindo busto moreno de esta mujer llamada Nicaragua. Sonrío y me digo: las cosas que uno tiene que pensar para no perder los ánimos.

La misión para el primer día es atravesar el bosque, mientras nos vamos elevando hasta unos 540 msnm. Justo ahí termina el bosque e inicia lo más peludo del ascenso, por la arena y la mayor pendiente. Allá pondremos el campamento y dormiremos, para mañana domingo, a las 4 de la madrugada, iniciar el recorrido hacia el cráter, a 1280 msnm.

Para quien no está en forma, esto es como conectarse a un cable de alta tensión. Todo el cuerpo anda en huelga, protestando desde hace rato. Los muslos y los tobillos exigen dejar de caminar. La sed es enorme y choca con la obligación de administrar bien el agua que se tiene. Cuenta la leyenda de Séquier (Voyage dans l’Amérique du Sud), que cuando en el tiempo de la Conquista, de todos los volcanes sólo el Momotombo faltaba bautizar, no se vio jamás regresar a los religiosos que estaban encargados de clavarle en su cráter la cruz española invasora. Me voy dando una idea del porqué.

El lago y las lagunas
La recompensa mientras vamos subiendo por el bosque es que ya se pueden percibir el Xolotlán y sus alrededores. Es increíble, a pesar de que uno siente la caminata hacia arriba, no se imagina que vayamos subiendo tanto. La escena es hermosa. El lago, unas lagunas, un tímido río y el horizonte fracturado lleno de elevaciones volcánicas, montañas y valles. Está atardeciendo y en un punto del lago parecen fundirse el agua y el sol. Por walkie-talkie avisan que los que van adelante ya están llegando al destino, donde pondremos el campamento.

Después de una media hora, llego yo. Como se nos dijo al inicio, el destino pareciera ser el final del bosque. Casi la totalidad de lo que se ve es arena negra-rojiza, con temerosos “oasis de árboles”. Lo más característico de esta zona son las grandes piedras que han sido expulsadas por erupciones o derrumbes, y que dan un aspecto de superficie marciana. Inspiración de un poema triste. Hace unos minutos, una parte del grupo ha subido una montañita cercana, hacia nuestra derecha para ver el atardecer y hacer las primeras llamadas telefónicas, y ahora están regresando al campamento. Terminamos de poner las casas de campaña, sleeping bags y, en el caso de Martín, un colchón inflable al que le pasó soplando aire largo tiempo. Ya ha oscurecido. Tiempo de cenar. Comemos (la mayoría atún), platicamos y en seguida se propone subir la montañita a la derecha, para ver qué podemos distinguir en la distancia.

Subimos la montañita, serán apenas como las 8 de la noche y tenemos tiempo de sobra. Rompiendo un viento encachimbado, llegamos. Miramos el lago que refleja tenuemente la luna. En la oscuridad de la noche, vemos las luces de Nagarote y La Paz Centro, ambas al otro lado del Xolotlán (específicamente, de una punta del lago). Allaaaá también se miran las luces de una esquinita de Ciudad Sandino. Tomamos fotos, conversamos de lo que vamos a hacer mañana, y nos quedamos un rato ahí. El clima está sabroso. Uno a uno, nos vamos retirando al campamento. Con mi lámpara voy iluminando el camino, hasta que descubro que la luz de la luna alumbra mucho más. El cuerpo ya duele menos y los ánimos están al cien. Así, la jornada de hoy queda lista y servida. A dormir, pues.

Escribiendo en silencio
El campamento está en silencio absoluto. Estoy sobre mi sleeping bag, y mi sleeping bag está sobre la arena volcánica, tibia. Sin proponerlo, quedé alineado frente al cráter. Ya me he quitado las botas, calcetines y hasta la camisa que usé cuando subimos la montañita. Tengo calor por la superficie, pero al mismo tiempo el viento que golpea la cara es helado. Me acomodo sobre la flaqueza del sleeping bag, y uso mi mochila como almohada. Miro hacia la punta del volcán. Es algo impresionante.

La luna ilumina todo lo visible con una luz fluorescente, similar al tubo Phillips de 22W que mi cuarto en Managua tiene. Serán alrededor de las 10, no puedo dormir. Le pregunto a Martín, que está sobre su colchón, si está dormido. No contesta. Lo mismo con Neville, cuya casa de campaña está cerca de donde estoy. Misma respuesta: silencio. Todos se durmieron. Saco mi libretita y empiezo a escribir, antes de olvidar ciertas ideas.

Quedo viendo el cráter, haciéndome la idea de que en pocas horas estaremos allá arriba. Sólo se distingue lo oscuro del volcán entre el cielo claro. El volcán, que hace aproximadamente una hora empezó a sacar humo, ahora pareciera que fuma un habano Cohíba, tranquilo, dejándome saber que no me equivocara: no somos nosotros quienes le observamos, sino él a nosotros. El humo de su habano huele sutilmente a azufre, y con él voy dibujando todo tipo de figuritas, desde la espada del rey Arturo hasta la perrita chihuahua de mi amiga Alina. Mañana estaremos allá arriba. Y ahí, sobre este espacio marciano y este diálogo con el volcán a través de señales de humo, voy durmiéndome plácidamente…




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