abr 1, 2006
Cuentos de Amor, de Locura y de Muerte (1916)
(Motivación a las obras de la Literatura Latinoamericana y Española SS.XIX y XX)
Horacio Quiroga (Salto, Uruguay 1878- Buenos Aires 1937)
Uno conoce a una persona un mes, un año, tal vez dos, e inmediatamente ya está todo hecho. Casi se es capaz de poner dentro de una escala de valores a la persona en cuestión, y hasta llegar a describir totalmente la personalidad de la misma, como si supiéramos lo que esa persona está o no está dispuesta a hacer. En fin, uno cree que sabe quién es. Un buen día esa persona hace algo fuera de nuestros esquemas, en los que le teníamos encasillada, “saca los pies del pie del tiesto” como en el dicho, y uno dice: “¿pero qué le habrá pasado, qué le habrá picado?” Recuerdo el título de una película española que vendría bien para esta ocasión: Nadie conoce a Nadie.
A Horacio Quiroga yo lo conocía como escritor por algún relato, alguna historia. Luego vi a un cuenta cuentos venido de Iquitos, el París de la selva amazónica peruana, un hombre llamado Rafo Díaz, y entonces descubrí la magia de aquellas leyendas, como la de los flamencos que usaban medias. Pero en toda esa maestría para contar desde el corazón de la espesura, latía otro Quiroga. No sabía muy bien quién, pero sí que era más profundo. Y qué osado, fui en su busca.
La pista me la dio una frase de otro escritor, puede que una entrevista con Eduardo Galeano en la que su compatriota apuntaba a ese otro Horacio Quiroga menos conocido y mejor. ¿Pero dónde encontrarlo, en qué parte de su obra? Tenía que haber otro, de eso no había duda. Un hombre que había puesto sus ojos en lo exótico, lo tradicional desde su formación modernista, mezclando estilo y temáticas. Quizá los cuentos que a Rubén Darío le hubiera gustado escribir los hizo Quiroga, pero esto sí es más osado decirlo.
Había un Quiroga que sí conocía, el maestro del cuento tradicional, y el sabio hacedor con su famoso decálogo para el buen cuentista, una de las cosas que más se recuerdan de él, y que no estaría de más ponerlo aquí por escrito, un decálogo que equivale a un taller literario:
I: Cree en un maestro --Poe, Maupassant, Kipling, Chejov-- como en Dios mismo.
II: Cree que su arte es una cima inaccesible. No sueñes en domarla. Cuando puedas hacerlo, lo conseguirás sin saberlo tú mismo.
III: Resiste cuanto puedas a la imitación, pero imita si el influjo es demasiado fuerte. Más que ninguna otra cosa, el desarrollo de la personalidad es una larga paciencia.
IV: Ten fe ciega no en tu capacidad para el triunfo, sino en el ardor con que lo deseas. Ama a tu arte como a tu novia, dándole todo tu corazón.
V: No empieces a escribir sin saber desde la primera palabra adónde vas. En un cuento bien logrado, las tres primeras líneas tienen casi la importancia de las tres últimas.
VI: Si quieres expresar con exactitud esta circunstancia: “Desde el río soplaba el viento frío”, no hay en lengua humana más palabras que las apuntadas para expresarla. Una vez dueño de tus palabras, no te preocupes de observar si son entre sí consonantes o asonantes.
VII: No adjetives sin necesidad. Inútiles serán cuantas colas de color adhieras a un sustantivo débil. Si hallas el que es preciso, él solo tendrá un color incomparable. Pero hay que hallarlo.
VIII: Toma a tus personajes de la mano y llévalos firmemente hasta el final, sin ver otra cosa que el camino que les trazaste. No te distraigas viendo tú lo que ellos pueden o no les importa ver. No abuses del lector. Un cuento es una novela depurada de ripios. Ten esto por una verdad absoluta, aunque no lo sea.
IX: No escribas bajo el imperio de la emoción. Déjala morir, y evócala luego. Si eres capaz entonces de revivirla tal cual fue, has llegado en arte a la mitad del camino.
X: No pienses en tus amigos al escribir, ni en la impresión que hará tu historia. Cuenta como si tu relato no tuviera interés más que para el pequeño ambiente de tus personajes, de los que pudiste haber sido uno. No de otro modo se obtiene la vida del cuento.
Y bien, después de todos estos Quirogas, el que yo buscaba lo hallé en Cuentos de Amor, de Locura y de Muerte. Hay dos relatos como el Almohadón de Plumas y la Gallina degollada que revelan una exactitud matemática, como si los cuentos pudieran nacer hechos desde el principio. En otros se perciben más dudas, más trucos forzados. Sin embargo, la locura, el amor y la muerte, los tres grandes tópicos de la literatura de todos los tiempos, están ahí y por eso no hay libro mejor que éste, ni más completo. No estoy hablando de estilo.
El terror, el escalofrío, la sospecha, el miedo, lo fantástico, Quiroga es Poe o Maupassant en un pueblo de la selva. Y por último Quiroga es él mismo, tal vez uno de los escritores que más relación ha tenido con la muerte desde que era pequeño y vio cómo su padre se mataba, sus mismos hijos, sus amores contrariados, y al final él mismo tras ser diagnosticado de cáncer se rindió ante ella, con una dosis de cianuro, abrazando a la muerte y perdonándole toda la vida. Su obra literaria se le quedó corta para tanta vida y para tanta muerte. Una lástima, aunque es una gracia poder tenerlo todavía entre nosotros; un escritor de niños muy niños y de viejos muy viejos; un hombre de tanto dolor.
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