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  CON TODO EL PODER DE LA INFORMACIONManagua, Nicaragua - Sábado 22 de Abril de 2006
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Nuevo Amanecer
abr 22, 2006

Balcón de la luna llena

A la memoria de Julia Kirkland, hermosa criatura del crisol multiétnico que arde en el Caribe.


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La casa de Orfa Morris estaba en las rondas arenosas de Greytown, cuando éste era escala de los que, incendiada la imaginación, iban hacia el oro descubierto en los bancos fluviales de California. Greytown, libérrimo puerto, era el lugar transitivo de quienquiera se juzgara real apostador a la vida.

La clientela de Orfa abarcaba héroes del comercio, de la administración y del orden público. A su casa costera, dotada de un largo corredor con vista al mar verdoso y al cielo azul, acudían hombres de almacén y de taller, de la masonería y del cristianismo. Hombres de la brújula y del escritorio, del menester y del ocio, de la codicia y del poder (acaso la misma cosa); de la contemplación marina o de los aritméticos números, implacables desde que en un litoral del Caribe, los centroamericanos mayas descubrieron el cero. A este corazón de toda cifra, le han cantado inmensos poetas de todos los trópicos, le han servido combatientes de todas las ciencias.

Los parroquianos de aquel corredor eran, naturalmente, miembros de la humanidad masculina, dominadora, vencedora y redentora de cuanto el Gran Arquitecto puso en nuestro planeta. Razones divinas ha de haber tenido.

Entre los barandales del corredor había hamacas y butacas, también hijos de ese mecimiento en que antes de nacer navegamos por líquidos maternos, de igual linaje que las ondas de los mares, del vaivén de la danza, primer incidente artístico del hombre sacerdotal: los poderes místicos del movimiento que ensancha el horizonte y nos ahonda el cielo. Danza de resortes ultraterrestres, de impulsos lujuriosos o ascendentes, pirueta o extensión máxima de las extremidades estiradas en la mueca de alcanzar a Dios con un pie, la obsesión eternamente emergida del deseo de ampliar el mundo que guarda nuestro cuerpo en cautiverio.

Espontánea propuesta de romper tal cautiverio, era el atractivo corredor de Orfa Morris, donde podía uno imaginar que iba hacia los horizontes de agua, otro navegante sucesor de los vikingos, exploradores de lo que terminó llamándose América; sucesor de los vascos pescadores de ballenas.

Todo indica que la perpetua vocación del hombre es viajar, descubrir, conquistar, explotar, someter a esclavitud cuanto se cruce en su camino, animado y alimentado de robusta iniquidad, rey y señor del universo. Mundo ríndete y yo te daré la gloria. Animal sírveme, seas caballo, perro o cocodrilo, y yo te daré la comida de los dioses.

En las planicies y lagunas costaneras de Greytown no había elefantes ni dromedarios ni alpacas, pero sí había dantos anfibios y caimanes feroces diseminados en sus aguas dulces, y muy especialmente en Shepards Lagoon, donde Glorio de la Flor, en sus horas libres de campanero, los alimentaba con toda la carne que le sobrara a Greytown. Carne producida por las peleas de perros, por las peleas de hombres enfrentados a filo de machete o a tiros de revólver Smith & Wesson: la sagrada “Mitigüeso”. Glorio no tenía prejuicio alguno cuando de alimentar a sus mimados caimanes se trataba. En cierta ocasión les sirvió un búfalo de agua, importado desde Camerún por el mismo Riordan que criaba perros de pelea y ganaba jugosas apuestas con sus experimentales cruzamientos de coyotes y bull dog; hembras en brama y machos siempre itifálicos, cuando es un olor vulvar lo determinante para la cópula instintiva.

Toda carne era buena para el bifronte Glorio, pastor de caimanes y campanero en la torre de la iglesia de San Marcos. El viejo Berruel a menudo sacaba su reloj de oro, pendiente de gruesa leontina, y los toques de campana eran precisos a las seis de la mañana, a las doce del día, a las seis de la tarde. Y para su exactitud Glorio no tenía más que el sol y el cielo.

En su fase de caimanero, observaba que toda ración lanzada a Shepards Lagoon se convertía en instantáneo florecimiento de agua comprimida bajo la gigantesca presión de las fauces caimánicas. Los saurios acudían como veloces troncos flotantes para arrebatar cada uno su pedazo de carne, en aquella repetida fiesta animal que en pocos segundos quedaba consumada.

Ante el indeclinable juicio de aquel extravagante campanero-caimanero, los parroquianos de Orfa siempre le habían parecido carnívoros de dientes mal colocados, aunque predispuestos para la sacramental devoración. Humanos, demasiado humanos, así como los otros eran demasiado caimanes; voraces cuajipales, corrupción del muy náhuatl acuetpalin, lagarto de agua dulce. Cocodrilos del mismo linaje que los del venturoso Río Nilo en el Egipto prístino. Egipto y Grey-town, en un río africano y en un río mesoamericano. En un delta o en el otro, en Alejandría o en Greytown: San Juan del Norte para las engendraduras de los conquistadores españoles que seccionaron América y la exploraron por la Mar del Norte y la Mar del Sur. San Juan, nombre reiterado a lo largo y a lo ancho del mundo; escojamos la más antojadiza toponimia: San Juan de Ñiembucú; San Juan Capistrano; San Juan de Aznalfaraché; San Juan de Camarones; San Juan de Galdones; San Juan de las Abadesas; San Juan de los Morros; San Juan; San Juan; San Juan Puerto Rico.

Pero en Greytown, homenaje a Sir Charles Grey, nadie sabía ni quería saber de repitentes sanjuanes.

Por Palmerston Square, en dirección a Grand Street, se llega al playón donde Orfa instaló su balcón desde aquel año en que Ferdinand Von Tempsky la había llevado como joya de coral negro montada en el rudo anillo de cobre que era la soldadesca de la Bluefields Militia Company. Quizás si le pide que al infierno fueran, al infierno lo hubiera acompañado. Era una mujer enamorada y por ello, dispuesta a cualquier invitación que proviniera del excepcional soldado que era Ferdinand, quien a su voluntad de mando inapelable, temido por sus subordinados, tenía para ella las virtudes del guitarrista cantador, del ocasional acuarelista, del aventurero de innumerables guerras y mares.

Imprevisiblemente, pues, ya situada ella en Greytown, le había dicho que volvería tan pronto reencajara a sus soldados en el cuartel de Bluefields. Nunca volvió, y sólo al cabo de varios años supo que se había esposado con aquella pecosa escocesa llamada Emily. Supo que juntos se habían trasladado a una incógnita isla del otro lado del mundo: el Pacífico del Sur.

Tan buena había sido su suerte en Greytown, que no tuvo inquietud para regresarse a Bluefields, y mucho menos para ocuparse en la inútil investigación de cuál era el nombre de aquella isla del remoto Pacífico. Le puso punto final a su amor por Von Tempsky desvanecido en el cielo azul, ámbito natural por el que van y vienen los aventureros de todos los tiempos. De lo azul se desprenden y en lo azul se disuelven.

Se diría que todo gran amor tiene un fulgurante principio y un tenebroso final. Al menos esa era la opinión de Orfa, alimentada por su brusca experiencia con Ferdinand. Adiós. A fin de cuentas, su verdadera patria era aquel puerto, donde todo resonaba de una calle a otra. No había terminado de entrar Belisario Ochoa por Victoria Square, cuando ya lo sabían en el balcón de Orfa Morris, cinco cuadras al oriente.

Personaje pintoresco para unos y repugnante para otros era esta figura cubierta con larga capa de corteza de tunu, con la que decía protegerse de la lluvia maldita que caía de los nubarrones creados por los pensamientos malignos, tan ácidos como los humores cancerígenos que corroen el organismo en que se alojan. La transformación que personificaba Belisario, de potentado local a capullo sudoroso, era objeto de diversas conjeturas. Unos pensaban que él mismo había renunciado a todos sus bienes en un arrebato de cristiano arrepentimiento provocado por un predicador viajante. Otros aseguraban que entre su riqueza y su pobreza mediaba la maldición de una mujer infiel. Algunos más suponían un violento trastorno mental, porque sólo la locura puede inducir el dramático viraje de tenerlo todo a no tener nada, y asumir esta nada con arrogancia.

Para las hermanitas Virginia e Higinia Berruel, eternas vigilantes de todo lo que pasaba por Victoria Square, Ochoa era un viejo loco y nada más. Su capa de tunu, un disfraz maloliente y su báculo de Cacho de Venado, un nudoso bastón que apenas resistía su encorvamiento de anciano, habida cuenta que en Greytown, anciano era todo el que hubiera cumplido cuarenta años. Según ellas, el viejo era víctima de una maldición pronunciada a media noche por la voz de campana rota que adopta toda mujer sorprendida en adulterio. “Es la más asquerosa venganza”, opinaba con seguridad de profeta el abuelo Berruel, y se apresuraba a aconsejar:
• Canten. Mejor canten, niñas mías. En el canto está la dicha. Lo demás es lodo, desierto de fétido lodo.

A la campana mayor de la iglesia de San Marcos, fundida en talleres de Southampton, le apodaban Big Mathilda. Los más melindrosos greytownenses afirmaban que esa campana sonaba de acuerdo con la estación, seca o lluviosa; con la hora del día, o según el ánimo de Glorio el campanero. El abuelo Berruel aseguraba que las campanas son personas, máscaras para sonar en registro cómico o trágico. Per-sonare, aclaraba. Son personas. En los días más transparentes Mathilda cantaba como una diva en su teatro favorito, y gorjeando la escuchaban en Auckland Street, en Grand Street y en todas las plazas de Greytown vivo.

El mismo John Jones, cantador limosnero con sitio permanente en King George Square, cambiaba de humor al oír la alegría de la campana mayor en sus ratos felices, y sonriente contestaba si alguno de sus amigos lo saludaba con aquel J.J. familiar. J.J. cariñoso era lo que siempre oía al pasar personajes inconfundibles como Glorio o Belisario. Con exceso de confianza, así lo llamaban al saludarlo las niñas Virginia e Higinia Berruel. Voces. Voces. Lo demás era grisura, el pulpo gris que apresaba al puerto con sus ocho tentáculos. Solamente el canto de la campana Mathilda liberaba al corazón de la tentacular opresión. Y en ciertas ocasiones, el repique sonoro del timbre que anunciaba al tranvía de sangre, tirado por dos mulas mientras llevaba pasajeros hasta el muelle principal, en donde cada hora atracaba el largo trasbordador impulsado por relucientes paletas girando en la popa. Su capitán, Stanley Byer, siempre iba silbando alguna melodía recordada de sus años de aprendizaje en Long Island Sound.

Glorio de la Flor tenía la piel oscura y brillante, como recién lustrada con aceite de palmera africana. Tenía la mirada vivaz que caracteriza a los sordos, y por supuesto, su oficio de campanero de San Marcos ya había rayado sus tímpanos, así como había fortalecido la musculatura de sus brazos.

En sus diarias caminatas de la iglesia a Shepards Lagoon, iba invariablemente con un costal de yute sobre el hombro derecho, en el que cargaba redondeces que parecían melones o sandías. Todo el pueblo sabía que era portador de algún alimento para los cocodrilos, más aún si reparaban en sus botas de minero, con suelas armadas de puntiagudos clavos, precaución de quien debía bordear los pantanos donde se movían serenas las corronchas de los cuajipales. Al caerles su alimento, del pantano se elevaba un brusco chisperío glauco; llovía de abajo hacia arriba. Después reinaba la calma absoluta, espejeaba el agua con inocencia poblada de largos reflejos de la vegetación circundante.

Tanto había preguntado el cantor J. J., poesiyero costero, preguntado y preguntado sobre Glorio y su amor por las fieras, que terminó hilando estas rimas cantables sobre jaguares y lagartos:
Tigre en el viento/ Tigre en el agua/ Cárcel tus tapas/ Fuego tu aliento./ Dos muertes que son/ Señales de Greytown.

Cuando Glorio de la Flor supo de aquellas tonterías cantadas, soltó carcajada tan enorme que se oyó en todo el mar. A su siguiente viaje hacia el rebaño acuático, pasó por la esquina de J.J. y le dijo entre broma y amenaza:
• Un día te llevo a cantarle a los caimanes. Ellos tienen gran paladar.

J. J. se hizo el desentendido y volvió a llenar la calle con otra de sus canciones, salvadas siempre de esos aturdidos discursos de cantores en que se dice de todo, excepto de las raíces e influencias de los versos que van a cantar. El cantor callejero de Greytown simplemente cantaba, sin proemios políticos.

Despojado de la respuesta de adversario que había esperado, Glorio continuó su camino bajo los rayos del sol caliente, envuelto en olores de yerbas y palmas frecuentadas por iguanas durante el día, por venados y dantos a la sombra de la noche.



NOTA SOBRE EL CURRíCULUM Y EL CAPÍTULO DE LA NOVELA LA INÉDITA DE LIZANDRO CHÁVEZ ALFARO

El currículum que publicamos no pretende ser exhaustivo. Tiene el mérito de haber sido encontrado por sus familiares entre algunos papeles elaborados por el propio Lizandro. En cuanto al capítulo de su novela BALCÓN DE la LUNA LLENA, éste fue encontrado en su computadora. Dado el estado de salud de Lizandro, presumimos que de su proyecto de esta novela en preparación, es lo único que pudo escribir. En la contraportada del libro COLUMPIO AL AIRE, novela publicada por la UCA en 1999, aparece “Desaguadero” como novela en preparación. Al parecer, se trata de la encontrada en su computadora con título de BALCÓN DE LA LUNA LLENA, que hoy publicamos. Todo esto, lo ofrecemos como una primicia para nuestros lectores y para los amigos de Lizandro Chávez Alfaro.



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