Izquierdas
Leonel Delgado Aburto El reciente análisis político sobre las izquierdas latinoamericanas (sobre todo el que se hace en los medios de comunicación) parece estar dominado por un mecanicismo muy enfático. Analistas de todo criterio y fama, así como epígonos de toda laya, reconocen de manera contundente una izquierda buena y otra mala, una arcaica y otra moderna, una que va por buen camino y otra que va por mal camino.
Es imperativo preguntarse por el grado de objetividad que puede adquirir este tipo de análisis, ya que, por lo general, las razones de esa división polar (cielo e infierno) no son explicitadas nunca. En un reciente artículo (El Nuevo Diario, 9 de junio), Jorge Castañeda, ex-canciller mexicano y autor del conocido estudio La utopía desarmada, vuelve a exponer lo que son los tópicos de este tipo de análisis.
Castañeda parece creer que hay en América Latina, en estos momentos, una batalla un poco épica entre una izquierda vieja y una nueva. La izquierda vieja es “dura”, “anacrónica”, “no reestructurada”, “revanchista”, “arcaica”, “ideológica”, “equivocada”. Todos éstos son términos usados directamente por Castañeda, y basta buscar los antónimos para describir a la izquierda nueva: blanda, moderna, estructurada, no revanchista, no ideológica y correcta.
Este simplismo no es nada novedoso, y ha sido expuesto abundantemente en los medios, y como verdad absoluta. Y es ahí donde en realidad comienza el problema. Ninguna dicotomía que divida al mundo en blanco y negro va a dar cuenta de procesos políticos tan complejos como los que vive hoy América Latina. Y la responsabilidad de los analistas debería ser explicar esto de manera detallada, leyendo de manera acuciosa los contextos; estableciendo límites conceptuales, y ofreciendo respuestas críticas. Eso casi nunca sucede.
De hecho, en un artículo como el de Castañeda lo que sobresale es el intento de hacernos creer que el mundo ha sido dividido otra vez en dos y que debemos colocarnos en la parte “buena”, o arriesgamos a la pena del castigo eterno. Esto se llama también teleología e historicismo, y opera como cualquier otra ideología. El modelo aparece ilustrado por la siguiente narrativa moral y casi religiosa, que Castañeda propone en su análisis: “Un partido de izquierda dura que ha terminado por seguir el buen camino”. Pero, ¿cuál es el “buen” camino y quién lo determina?
Tómense, por ejemplo, dos iconos de la izquierda “buena”: Lula y Bachelet. Ninguno de los dos puede estar por encima de sus contextos. Y cuál sería la característica principal de esos contextos. No es, como podría decirse de manera superficial, que sus izquierdas son “modernas” o que sus tradiciones son “democráticas”. Sino, más bien, que son gobiernos de izquierda “controlados” por la razón dominante de las transiciones al neoliberalismo y la democracia política que llevaron a cabo con éxito las dictaduras militares.
Como ha estudiado, entre otros, Idelber Avelar, estas transiciones apuntalaron la apertura global del comercio (“del Estado al mercado”, según Avelar), respondiendo a la globalización y el neoliberalismo, y después hicieron la “transición” a la democracia. La excepción importante fue Argentina, en donde esta transición tuvo otro sentido, tomando en cuenta que la aplicación del neoliberalismo por la dictadura militar no fue tan exitosa como en Chile o Brasil.
Quizá una resonancia ulterior de esta diferencia es que Castañeda coloque a Kirchner entre los gobiernos de la izquierda “no reestructurada”. Al parecer, en la ideología de Castañeda, para ser izquierda “buena” se requiere un proceso de reestructuración que opera por encima y por fuera de los propios partidos de izquierda. Es decir, se requiere primero pasar del Estado al mercado.
La pregunta sería, pues, cómo deberían ser los proyectos de izquierda en países en que el neoliberalismo ha fracasado, y que han hecho el tránsito del Estado al mercado, produciendo dolorosos costos sociales. Una parte de la respuesta está, por supuesto, en manos de la izquierda “mala” o “anacrónica”, en proyectos como los de Chávez, Kirchner o Morales. No habría, necesariamente, que acatar la propaganda de estos gobiernos, y sus políticas, pero tampoco hay que ubicarlos sin más en la parte “mala” del mundo.
Pero otra parte de la respuesta está en la lectura más atenta de los procesos políticos particulares, evitando el deslizamiento a las lecturas mecánicas. Tómese el ejemplo del sandinismo. De manera superficial podría suponerse que hay aquí también una facción “mala” y otra “buena”, una “arcaica” y otra “moderna”. Estas dicotomías quizá sean operativas en una campaña electoral, pero no necesariamente tocan el fondo de los asuntos.
Estas dos facciones de la izquierda aparecen atrapadas, sin duda, por la polaridad de Estado y mercado, cuya modulación es siempre la articulación de la democracia. Pero en un país como Nicaragua este concepto democrático está dominado por lo que podría llamarse “la razón oligárquica”, apuntalada desde mucho antes por la dictadura somocista: caudillismo, clientelismo, electoralismo, intervencionismo extranjero.
Y el problema es ése: que estas dos facciones de la izquierda se ven imposibilitadas de tocar política e ideológicamente más allá de lo que determina esta “razón oligárquica”. Así, su destino parece ser apuntalar una transición “populista” (más o menos neoliberal) para ese complejo mental, cultural y político que es la razón oligárquica.
Véase, si no, que gran parte de la intelectualidad cree que el gran tropiezo de la revolución fue la “derrota moral” encarnada en la rapiña con los bienes del Estado de 1990 en adelante. Cuando se podría argumentar de manera más contundente que la gran derrota política e ideológica de la revolución fue el alzamiento campesino y étnico en su contra, en los años 80.
Pero para la razón oligárquica cualquier rapiña estatal es noticia, y es capaz de dividir al mundo en buenos y malos. Y un levantamiento campesino o indígena es sólo un espectáculo anacrónico. Gente como Castañeda ni siquiera lo nominarían dentro de la izquierda “no reestructurada”.
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