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  CON TODO EL PODER DE LA INFORMACIONManagua, Nicaragua - Sábado 19 de Agosto de 2006
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ago 19, 2006

EL BALDÍO (1966) 39 Augusto Roa Bastos (Asunción, Paraguay 1917- 2005)

(Motivación a las obras de la Literatura Latinoamericana y Española SS.XIX y XX


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Augusto Roa Bastos.

Cuando alcanzas a decir en prosa una idea y la envuelves en una historia, y además te asistes de un ritmo preciso, su propio ritmo, estás construyendo un mundo en miniatura, y entonces es cuando el cuento tiene la misma categoría de un poema. El cuento es una de las cosas más difíciles de escribir. Se escriben muchos, pero como los crímenes, hay pocos cuentos perfectos. Normalmente culminan en final cerrado, explosivo, sorprendente, como un truco de magia como la resolución genial y fácil de un crimen inexplicable en apariencia. Los hay también abiertos, más ambiguos, pero que tienen la facultad de dejarte entrar en un universo preciso que no tiene explicación.

Nuestro Roa Bastos quizá se lo debemos a la infancia que pasó en el pueblo de Iturbe, donde escuchaba los relatos en guaraní, y a su formación de lector en la biblioteca de su tío el obispo de Asunción, donde conoció la literatura francesa y al Faulkner que ya podríamos considerar uno de los padres del boom latinoamericano, aunque fuera nacido en el sur de Estados Unidos. Su oído para captar el ritmo secreto que puede unir a Cervantes con la tradición oral guaraní, o la literatura francesa con el condado de Yoknapatawpha puede ser un don natural, o algo que también se puede formar desde chico. Eso lo saben los profesores de música y los antiguos profesores de Literatura que enseñaban a recitar poesía. Hay un ritmo para cada cosa

Y el ritmo al final es el código de la memoria.

En este librito que reúne cuentos bajo el título de El Baldío (lo cual recuerda al poemario The Waste Land de Eliot) está escrito de forma híbrida, ya que se presentan finales sorprendentes, pero se describen atmósferas confusas, abiertas, que nunca están claras. ¿Qué hay en la vida que sí lo esté? A Roa Bastos le gusta aventurarse en ese tipo de misterios, en las luces y sombras más hondas del ser humano, y salir de ese viaje dantesco sin ninguna conclusión, pero sí con una misión: la de contar en forma de relatos, la única forma de decir algunas cosas. Todo esto se comprende al leer uno de los dos mejores cuentos que he leído en mi vida, precisamente, el que se titula El Baldío. En sus escasas tres páginas hay un asesinato, un salvamento, un representación de la vida, un cuadro, una denuncia, todo y nada, un mundo. El otro cuento que forma parte de este particular podio es de Patricia Highsmith, y se llama Los Bailarines, escrito a ritmo de tango. Pero El Baldío de Roa Bastos es genial. Roa Bastos es genial, y quizá el mejor de los escritores del boom. Yo creo que ya se va notando mi debilidad hacia él.

La novela de su vida podría haberse titulado El Exiliado, aunque estando en esa situación la mayor parte de su vida, tuvo la suerte paradójica de nacer y morir en la misma ciudad de Asunción. Sus comienzos literarios fueron dirigidos hacia el teatro. Luego pasó por el periodismo y llegó a cubrir la Segunda Guerra Mundial desde Inglaterra y narró los juicios de Nüremberg al acabar la contienda. Antes, a los 15 años, se había enrolado como enfermero en la absurda guerra del Chaco donde se desangraron mutuamente el Paraguay y Bolivia bajo las especulaciones de empresas multinacionales que pensaron que allí había petróleo. De aquello surgió su magistral novela Hijo de Hombre, mi libro de cabecera, y mi tabla salvavidas cuando las letras se me enredan y se entorpece la mano; con ella me recuerdo la forma de contar desde el principio. Después de Roa Bastos, junto a Josefina Pla y Campos Cervera, la literatura paraguaya cambió para siempre.

En su escritura también se enfrentaba al poder. Conservo una foto de él cruzando una de tantas veces la frontera. Se le ve de espaldas con una maleta y una sombra de tristeza larga. Del Paraguay se exilia a Argentina, como la mitad de los paraguayos, por problemas políticos, de Argentina a Francia cuando viene la dictadura. Luego le retiran la nacionalidad paraguaya, como un escupitajo del dictador Stroessner, a quien empleaba la palabra para atacar el fenómeno profundo el poder (como en Yo el Supremo). España le otorga la nacionalidad para no dejarle sin patria, hasta que por fin cae el dictador y puede volver a Asunción a recibir los últimos cariños. Siempre le debieron el Nobel de Literatura al Paraguay en la persona de Roa Bastos.

Probablemente volveremos a Roa Bastos y su trilogía de gigantes: Hijo de Hombre, mi novela favorita, Yo el Supremo, y El Fiscal. De momento nos quedamos en su magisterio de cuentos, su forma de contar de siempre de viejo guaraní que al menos a mí me encandiló porque mezclaba todo ello con una prosa cervantina, como si alguna vez Cervantes hubiera estado en las reducciones jesuíticas del Paraguay pasando el tiempo y la materia.

En El Baldío se cuentan también las formas diversas en que las personas se despojan de los residuos del poder, y se presta una especial consideración al papel de la mujer en medio de la guerra y de las dictaduras. Y siempre las paradojas: en el cuento del Baldío, se plantea que un lugar de deshechos, un vertedero, a veces también se puede encontrar el principio de la vida.

Ahora confieso que siempre he querido aprender de él, de su pozo de ecos guaraníes que como nadie dominaba. Roa Bastos me acompañó de joven con sus historias. Una noche me presentaron al amigo de un amigo que estaba completamente borracho y que sin esperármelo me preguntó si había leído a Roa Bastos. “Es el mejor de todos esos”, me dijo con dificultad. Luego, brindé con él

No recuerdo más de aquella noche.

Roa Bastos Murió solo, como en la foto, yéndose con la larga sombra de tristeza, traicionado al parecer por una empleada que le mantenía sedado mientras agonizaba robándole de a poco los billetes de los derechos de autor que guardaba en una maleta. Al final, después de todo, él mismo se hizo parte de una novela, un personaje más uniéndose a contravida a la tragedia de tantos en mi querido Paraguay, ese pequeño gran corazón de Suramérica a la que debemos tanto, de la que somos en parte todos, del experimento del paraíso, de esa tentación, y que como Milton contó fuimos como el primer hombre y la primera mujer, saliendo juntos de la mano y expulsados del paraíso.



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