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  CON TODO EL PODER DE LA INFORMACIONManagua, Nicaragua - Jueves 21 de Septiembre de 2006 - Edición 10620
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La Estatuaria en piedra de Zapatera


La Estatuaria en piedra de Zapatera - Foto
“El Cocodrilo”, tomado del libro de Squier. (1852).

De las 28 esculturas pétreas conservadas desde 1970 en el Centro Conventual San Francisco, de Granada, tres proceden de una isleta cerca de la ciudad, y las restantes 25 de la isla Zapatera, Gran Lago de Nicaragua.

Llamada en lengua indígena Chomitl-Tenamitl (muro de piedra), recibió el nombre de “Isla de Zapatero”, según Juan de Torquemada en su Monarquía Indiana (1732). El alemán Julius Froebel interpretó el sustantivo como “Zapotera”, derivado del zapote (zapotl en náhuatl): fruta muy conocida en Nicaragua; pero Zapatera se impuso.

Dicha isla es la segunda en extensión de ese Mar Dulce (la primera es Ometepe): 52 kilómetros cuadrados. Tienen la forma de un rectángulo en cuyos vértices sobresalen penínsulas rocosas, y su diagonal mayor mide 11 kilómetros. Sus costas, accidentadas y peñascosas, poseen numerosas bahías. La máxima altura es de 625 metros y corresponde a un volcán extinto, fuertemente erosionado y desmantelado. En la ribera noroccidental se halla una laguna de 600 metros de diámetro, de origen volcánico, al igual que los islotes vecinos: El Muerto, El Armado y Jesús Grande.

Zapatera ofrece todos los elementos para transformarse en un Parque Nacional: fauna (tigrillos, halcones, loras, patos, venados, etc.), abundante pesca, flora, paisajes únicos y accidentes geográficos interesantes: ensenadas e islas, hervideros y tres sitios arqueológicos: Jiquilito, Zonzapote y Las Cañas. En éste se han encontrado entierros, y en los otros dos se localizaron, a mediados del siglo XIX, las esculturas en piedra que dieron fama a la isla.

Descubrimiento

Éstas fueron descubiertas en 1849 por el diplomático norteamericano Ephraim George Squier (1821-1881), quien halló 15 estatuas en Jiquilito; redescubiertas por Carl Bovallius (1844-1907), un naturalista sueco que en 1883 reveló la existencia de otras 25 en Zonzapote. Al año siguiente, el alemán Juan Meyer contó en ambos sitios 34.

De 1924 a 1942, en seis expediciones, fueron trasladadas al Colegio Centroamérica de Granada, regentado por los jesuitas, algunos de los cuales se preocuparon por estudiarlas. Ellos fueron el francés Andrés Rongier, los mexicanos Guillermo Terrazas, Jaime Castiello y Felipe Pardinas, más el nicaragüense Manuel Ignacio Pérez Alonso (1916-2007). Casi todas se conservan en uno de los recintos del antiguo Instituto Nacional de Oriente —donde se reubicaron en 1970—, hoy centro conventual San Francisco.

Las estatuas de Zapatera —cuyo compacto material es basalto negro— se elaboraron con hachas de piedra, cinceles y buriles de andesita u obsidiana, y pertenecen a un complejo artístico que abarca la Isla de Ometepe y las Isletas de Granada, asociado a Mesoamérica y a culturas sudamericanas. No son monumentales, como los atlantes de Tula en México, las de la isla de Pascua en Chile o las de San Agustín en Colombia; pero sí de regulares dimensiones. La altura de las principales oscila entre 1.25 y 2.25 centímetros, con una media de 1.72. Y su diámetro fácilmente supera los 60 centímetros.

Ubicación

Muchas de ellas se hallaban junto a montículos de piedra y tierra, en su periferia, con la espalda hacia el interior de los mismos; otras, al descubrirse, permanecían aisladas pero cercanas a ellos.

Aparentemente, integraban un anfiteatro de carácter ritual. En efecto, el arqueólogo norteamericano Samuel Kirkland Lothrop (1892-1965) sostuvo en 1921 que los hallazgos de Bovallius en Zonzapote, quizás representan un templo consistente en varios edificios sagrados, cada uno con su atrio, ídolos y montículos para sacrificios. Lo cierto es que estas esculturas estaban relacionadas con los montículos.

Estilos

Según los arqueólogos, datan de los años 800-1200 después de Cristo: una época en la cual se dio además la estatuaria de Chontales, al Este del Gran Lago. ¿Cuáles son las diferencias de ambos estilos? Las estatuas de Zapatera son abiertas: tienden a la configuración plástica, a las tres dimensiones; en cambio, las de Chontales son cerradas, es decir, no trascienden el bloque o columnas en que están esculpidas.

Lothrop escribió sobre ellas: Al Este del Lago, las estatuas son básicamente cilíndricas y representan hombres y deidades, algunas veces con detalles elaborados en bajo relieve. Indican un tronco de árbol, que ha sido levemente modificado; pero no en el concepto ni en el simbolismo. Hay alguna indicación de influencia mexicana o maya; sin embargo, pueden ser consideradas como vagamente sudamericanas.

El mismo Lothrop anota: Las estatuas de las islas del llamado Istmo de Rivas hacia el Oeste del Lago de Nicaragua son mejor conocidas: típicamente consisten en una columna redonda o cuadrada, coronada por una figura humana sentada o de pie, cuya cabeza y hombros a menudo se encuentran cubiertos por un animal. Este concepto, conocido como el motivo alter ego, se encuentra tanto en Mesoamérica como en Sur América. La estatua, sin embargo, abarca tres cuartos del cuerpo, y es un intento hacia la exactitud anatómica. En otras palabras, el arqueólogo describía el tipo más representativo de esta estatuaria: un ser humano asociado a un animal.

Ahora bien, la posición del último tiene cinco variantes: 1) cuando el animal se adhiere a la espalda y a los hombres de la figura humana (“El Cocodrilo”); 2) cuando el animal, o su cabeza alargada, es soportado por la cabeza del ser humano (“El Lagarto” y “La Tortuga”); 3) cuando el animal se funde con la figura humana, cuya cabeza sale de las mandíbulas de aquél (“Moctezuma”); 4) cuando el animal —superpuesto, más que adherido, a los hombros y espaldas del ser humano, como en la primera variante— apoya su mandíbula sobre la cabeza del hombre y le oprime las sientes con sus dedos (“El Mono”) y 5) cuando la cabeza del animal no es soportada por la cabeza humana, sino que la lleva sin dificultad, hieráticamente, predominando una u otra (“El Águila”).

El alter ego

La asociación del hombre y un animal es tradicionalmente interpretada como un individuo y su alter ego (otro yo): el animal es su espíritu protector, su “totem particular”, “nagual”. Podría tratarse, como señala Claude Baudez, de divinidades representadas como un hombre que lleva sobre la cabeza o, cubriéndola, una máscara zoomorfa. Y también de jefes políticos o religiosos, cuyas máscaras (en el más amplio sentido, o sea, que puede cubrir el cuerpo a la vez que la cabeza de su portador) puede indicar un rango, función o pertenencia a un clan.

Esta concepción se encuentra en la estatuaria de Mesoamérica y Sudamérica. Cuando la cabeza del individuo aparece dentro de las quijadas del animal, denota un origen mesoamericano, y cuando el animal aparece sobre la espalda del individuo, su origen es sudamericano. Pero lo más importante, según varios arqueólogos, es que parece haber tenido su centro irradiador en las Islas del Gran Lago, y concretamente, en Zapatera.

“El Cocodrilo”

La más imponente de la colección es “El Cocodrilo”, colocada en el centro del ex Salón “Rubén Darío” del Instituto Nacional de Oriente: pieza extraordinaria que preside la colección y es la más voluminosa. El animal, adherido a la figura humana, parece ser un cocodrilo —de ahí su nombre popular o un animal fabuloso—, según Squier, quien añade: …tiene éste sus garras delanteras sobre los omoplatos del ídolo y las traseras como apretándolas contra los muslos… Tiene el lomo cubierto de escamas entalladas… Se alza sobre un ancho pedestal rectangular. Pero lo que más llama la atención es su enorme cabeza monstruosa, con su mandíbula de igual dimensión y sus ojos profundos y alargados. La figura humana conserva cierta expresión de severa dureza. Además, posee fuerte y abultado pecho, brazos y piernas robustas, y una postura general levemente inclinada.

“Moctezuma”

Procedentes de “Penzacola” o “La Marota” —isleta de Granada— como la anterior, fueron otras dos estatuas igualmente voluminosas: “Moctezuma” y “El Diablo”.

En la primera, la figura humana es masculina, también con la cabeza inclinada un poco y las manos sobre el final de los muslos, descansando sobre un pedestal rectangular. La cara sale de la boca de una terrífica serpiente, en cuyas partes superior e inferior se le distinguen los anillos.

Ambas figuraciones, de líneas sueltas, ejercen un gran impacto. Sin duda, su ejecución fue ardua y esmerada, ya que los brazos y las piernas están bastante separados del cuerpo, dejando en medio, huecos que constituyen definitivos logros escultóricos.

Este corte —sobre la piedra arenisca y dura con que fue elaborada la estatua— condujo a Squier afirmar que no había nada parecido en ningún otro “ídolo” de los aborígenes americanos. Sin embargo, por el rasgo de que la figuración antropomorfa fue esculpida saliendo de la boca de la serpiente, se ha vinculado con las estatuas mesoamericanas; por eso Matilló Villa la llama “escultura de tipo azteca”. Para los arqueólogos, se trata del ejemplar más valioso y atractivo de la colección.

“El Diablo”

La tercera —estatua simple antropomorfa de cabeza desmesurada y luenga lengua— fue llamada “El Diablo” por los ayudantes nativos de Squier cuando la descubrieron. En verdad, poco tiene de humana esta monstruosa figura repulsiva: sentado, apoyando sus gruesas piernas encorvadas sobre el suelo, el monstruo tiene una cabeza enorme y casi redonda, ojos igualmente grandes y esféricos —extremadamente desorbitados—, orejas en la misma proporción y brazos, aunque desgastados, no menos gruesos.

De la boca, lo más abierta posible, le sale una extensa lengua que le llega hasta el pecho; allí parecen juntarse las manos que tiran hacia abajo la mandíbula inferior. “El Diablo” se ha relacionado, por su similitud, con otra estatua del complejo de San Agustín en Colombia.

“La Niña de Zapatera”

Las restantes esculturas de Zapatera ofrecen otras formas: estatuas zooantropomorfas (que representan, al mismo tiempo, rasgos humanos y de animales), estatuas-objetos, y, simplemente, antropomorfas, como “La Niña de Zapatera”.

Se trata de una figura femenina de ojos rasgados, frente y nariz amplias, boca delgada, orejas grandes y simétricas, rostro igualmente simétrico, con pechos redondos y apenas insinuados —de adolescente— y un rollete doble para aminorar el peso de la batea lítica que sostiene rígida e impávidamente.

El Portaestandarte

Otra escultura antropormorfa de la Isla es “El Portaestandarte”: una figura masculina, de pie, con tocado circular muy visible alrededor de la cabeza, orejas horadadas, ojos y boca ahuecadas, pechos musculosos, clara connotación fálica y brazo derecho doblado en ángulo y pegado al hombro con los dedos en puño, dejando entrever una apertura circular como si hubiera tenido agarrada una lanza. Pero ambas piezas, descubiertas por Bovallius, desaparecieron.

Conclusión

Las esculturas en piedra de Zapatera constituyen un notable núcleo vinculado a Mesoamérica y a culturas sudamericanas; representan deidades de la vida y de la muerte, pero más de la primera; en concreto, exaltan el culto fálico, la fertilidad; asimilan el motivo felínico —la presencia del jaguar, símbolo solar, es abundante— y conmemoran jefes guerreros.

Por otra parte, fueron concebidas y elaboradas en una edad temprana de la prehistoria de América: cuando una cultura hasta ahora escasamente conocida, poseedora de un profundo culto funerario, decidió convertir la isla del Gran Lago de Nicaragua en su principal centro ceremonial, desarrollando un arte escultórico impresionante aunque inferior —menos fino— al de los mayas y mexicas. Sin embargo, la presencia de estas piezas monumentales en el territorio de los chorotegas autorizan a incluirlos entre los pueblos prehistóricos más avanzados que se conocen.





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