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  CON TODO EL PODER DE LA INFORMACIONManagua, Nicaragua - Domingo 01 de Octubre de 2006 - Edición 9415
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El santo

Un cuento que forma parte del libro “Una perfecta desconocida”, cuyas semejanzas con hechos y personas de la realidad actual parecen ser una mera coincidencia


El santo - Foto
Obra de Oscar Rodríguez.

En un gran salón .alfombrado, climatizado por medio de mo­dernos y silenciosos aparatos, destacaba una mesa ovalada de madera fina, rodeada por veinticuatro lujosas sillas giratorias. Al lado de un bar, seis meseros uniformados de traje blanco y corbatín rojo preparaban bocadillos y cócteles bien surti­dos para la reunión del candidato y sus futuros ministros.

Se veían abundantes equipos electrónicos, micrófonos, grabadoras, cámaras de televisión y computadoras.

Ante cada silla habían colocado una carpeta de cuero negro que contenía bolígrafos, papeles, agendas y, como obsequio especial, una foto a colores del mismo tamaño, dedicada con amor patrio, firmada por el propio candidato a la Presidencia de la República.

El sempiterno ex canciller hacía gala de sus conocimien­tos protocolarios y asignaba sitios a los asistentes a medida que ingresaban al salón. Se sabía de antemano que los asien­tos más cercanos a la cabecera indicaban confianza y leal­tad al próximo mandatario.

El ex canciller personalmente recibía a los invitados es­peciales, quienes lucían almidonadas camisas blancas de lino; despedían distintos aromas de aguas de florida y lociones extranjeras. Charlaban animadamente mientras sorbían un trago de whisky en las rocas: el candidato ingre­só a la hora indicada acompañado de su esposa, ambos ves­tidos de blanco. Tronaron aplausos.

-Buenos días amigos; siéntense por favor --dijo el can­didato con una sonrisa de satisfacción dibujada en el rostro, mientras ocupaba la cabecera; su señora a la derecha.

El ex canciller llamó al podio al jefe de propaganda, quien rindió un extenso informe de las labores realizadas durante el último periodo de actividad; dio cifras de pobla­ciones visitadas, relató anécdotas, citó a dos o tres compa­ñías encuestadoras extranjeras que coincidían en vaticinar el aplastante triunfo del candidato si se seguía la especial recomendación de cambiar la imagen del líder.

Hizo una pausa para manifestar con voz emocionada:

-¡Sin embargo, primero deseo contar el sueño premo­nitorio que tuve antenoche! --los asistentes guardaron si­lencio--: ¡Se me reveló un ser luminoso bajando del cielo, quizá la imagen de un santo! ¡Volando sobre las nubes ate­rrizó en la Plaza de la República!
-¡El santo lucía piadoso, con las manos juntas; tenía cierto parecido a san Francisco, el santo de Asís! ¡Varios ángeles lo conducían lentamente de la mano!”
Prosiguió:
-¡Sentí que me embargaba un profundo éxtasis y de pronto desperté sobresaltado! Inmediatamente pensé: De­bemos convertir en santo a nuestro benefactor! Visualicé el éxito infalible que nos liará ganar definitivamente la próxi­ma elección. ¡El cierre de campaña será apoteósico, jamás visto en la historia de nuestro país!
Terminando su discurso saludó solemnemente y muy seguro de sí mismo regresó a su lugar.

Distintas personalidades, incluyendo al propio futuro presidente, permanecieron mudas unos momentos.

Unánimemente los participantes se pusieron de pie aceptando la propuesta:
-¡El santo! ¡El santo! --gritaban abrazándose y corrían a felicitar a su candidato. La euforia duró en el ambiente alrededor de media hora.

-¡Silencio, silencio! ¡El santo candidato va a hablar! --anunció el ex canciller. Todos esperaban impacientes las palabras del jefe.

-¡Amigos, estoy muy conmovido! ¡Diré pocas cosas! ¡Creo que la idea del futuro ministro de Gobernación es sencillamente genial, bajo cualquier punto que se le mire! ¡Nadie hasta ahora ha recurrido a una idea de orden sobre­natural en campaña política; esto contribuirá sin duda a despejar conjeturas sobre mi persona!
Durante el discurso, la esposa del candidato, mujer agra­ciada, de ojos rasgados, largos cabellos teñidos de color rojo, permaneció callada. “La señora”, como la llamaba mucha gente, mostraba en la actualidad cambios importantes en su personalidad, modales y forma de vestir. Atrás quedaba la imagen de joven moderna, estrafalaria, con exageradas minifaldas y peinados afro. Interesada por la música, cono­cía el último ritmo de moda; aprendía nuevos pasos de bai­le con maestros privados. Ese día se encontraba realmente fascinada por la genial idea de santificar la imagen de su marido. Ella también dio su aprobación. Súbitamente se puso de pie y pidió la palabra:
-¡Amigos! --exclamó silenciando a los presentes-- ¡Todo esto es maravilloso, por mi parte quiero contribuir al éxito de la campaña! ¡Para la ocasión sugiero traer al país a un conjunto musical que interprete el último ritmo latinoame­ricano: Vallenato de Valledupar, considerado el mejor en su género, porque además, decía con aplomo, la bondad celes­tial no está reñida con la alegría! ¡Ya verán! --agregó-- ¡el numeroso público que bailará frenéticamente nos dará su voto! --vaticinó emocionada.

Se escuchó un “¡Viva la primera dama!”
-¡Este gesto consolidará la simpatía latinoamericana hacia nuestro gobierno! Exclamó entusiasmado el ex can­ciller.

El futuro ministro del Trabajo anunció seriamente:

-¡Debemos comenzar a trabajar de inmediato! Y rápi­damente abandonaron el salón.

En una sesión especial, el comité organizador se dispu­so a preparar el programa y autorizaron cada uno de los pasos a seguir.

No resultó fácil contratar al grupo musical debido a múltiples compromisos internacionales. El conjunto había logrado colocar sus canciones en los primeros lugares de venta alrededor del mundo. Todos bailaban y cantaban el ritmo contagioso.

El encargado de finanzas del partido tuvo que pagar al agente del grupo una cuantiosa suma por adelantado.

El programa se ejecutaba eficientemente, preparándo­lo todo. El último día de campaña se obsequiarían gorros, camisetas, banderines, el conjunto musical ya había arri­bado al país.

Los obreros terminaban de construir una enorme tarima de hierro techada con 10 parlantes colocados estratégi­camente alrededor de la plaza. Se estimaba que la asisten­cia al acto sería la más grande en la historia de las últimas décadas.

Sin escatimar gastos se trajeron varias pantallas gigantes de televisión, el acto sería transmitido a todo el país por estaciones nacionales y retransmitido en vivo por cable.

Desde varias semanas antes se había organizado una intensa campaña de invitación a la ciudadanía a través de periódicos, radio, cine, TV, revistas, mantas, carteles pega­dos en muros y postes de electricidad. Llovieron volantes lanzadas desde avionetas contratadas para tal fin.

Por todas partes se veían fotos del conjunto Vallenato, así como del candidato en su nueva imagen, o new look, como dijo el ex canciller. El candidato aparecía vestido de blanco, con las manos juntas y una dulce actitud piadosa, besando a los niños en silencio, rodeado de flores: realmente parecía santificado. La gente se encontraba impactada, no se hablaba de otra cosa.

Finalmente llegó el día esperado. A pesar de la hora anunciada --tres de la tarde-- grandes masas se congrega­ron desde muy temprano en la plaza: nadie quería perder­se el espectáculo, deseaban bailar al ritmo enloquecedor del mejor conjunto latinoamericano.

Después de varias horas de espera, llegaba el anhelado momento.

El numeroso público asistente se entretenía coreando consignas del partido, lanzadas por el maestro de ceremo­nias.

-¡Viva el santo! ¡Viva el candidato del cielo! ¡Todos a la gloria, a bailar, a celebrar!
Los parlantes retumbaban en la plaza mientras la mul­titud aguardaba impaciente.

A las cuatro en punto de la tarde ingresaron a la tarima el candidato, su señora, futuros ministros, familiares y alle­gados, seguidos de los integrantes del conjunto musical.

Aplausos, vivas y gritos ensordecedores amplificados por los parlantes, un mar ondulante de banderas, cartelones y retratos fueron presentados en las pantallas mientras los músi­cos afinaban sus instrumentos. El cantante principal sacu­día sus largos y abundantes cabellos rizados; sobre su pe­cho cargaba un guitarrín y a su lado se encontraba otro músico con un pequeño acordeón. El gentío se impacientaba:
¡Va-lle-na-to! ¡Va-lle-na-to...! gritaban.

El programa anunciado estaba organizado así: en pri­mer lugar, palabras del candidato y en segundo interpretación musical del conjunto, plan que fue cambiado rápidamente para complacer al público.

¡Primero un vallenato; a continuación el líder dirá sus palabras! --dijo, el maestro de ceremonia, ante el regocijo general.

Se produjo un silencio expectante. Emocionado por la circunstancia la estrella del famoso conjunto se dirigió a la multitud:
-Estimable público, para ustedes, con cariño, la mejor canción de nuestro repertorio... ¡El Santo Cachón! -anunció a viva voz. Y agregó: ¡Cachón de cachar!
A las primeras notas el gentío comenzó a bailar frenéti­camente mientras coreaba el estribillo:
-¡Que te perdone yo / que te perdone...




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