El santo
Un cuento que forma parte del libro “Una perfecta desconocida”, cuyas semejanzas con hechos y personas de la realidad actual parecen ser una mera coincidencia Mercedes Gordillo
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| Obra de Oscar Rodríguez. |
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En un gran salón .alfombrado, climatizado por medio de modernos y silenciosos aparatos, destacaba una mesa ovalada de madera fina, rodeada por veinticuatro lujosas sillas giratorias. Al lado de un bar, seis meseros uniformados de traje blanco y corbatín rojo preparaban bocadillos y cócteles bien surtidos para la reunión del candidato y sus futuros ministros.
Se veían abundantes equipos electrónicos, micrófonos, grabadoras, cámaras de televisión y computadoras.
Ante cada silla habían colocado una carpeta de cuero negro que contenía bolígrafos, papeles, agendas y, como obsequio especial, una foto a colores del mismo tamaño, dedicada con amor patrio, firmada por el propio candidato a la Presidencia de la República.
El sempiterno ex canciller hacía gala de sus conocimientos protocolarios y asignaba sitios a los asistentes a medida que ingresaban al salón. Se sabía de antemano que los asientos más cercanos a la cabecera indicaban confianza y lealtad al próximo mandatario.
El ex canciller personalmente recibía a los invitados especiales, quienes lucían almidonadas camisas blancas de lino; despedían distintos aromas de aguas de florida y lociones extranjeras. Charlaban animadamente mientras sorbían un trago de whisky en las rocas: el candidato ingresó a la hora indicada acompañado de su esposa, ambos vestidos de blanco. Tronaron aplausos.
-Buenos días amigos; siéntense por favor --dijo el candidato con una sonrisa de satisfacción dibujada en el rostro, mientras ocupaba la cabecera; su señora a la derecha.
El ex canciller llamó al podio al jefe de propaganda, quien rindió un extenso informe de las labores realizadas durante el último periodo de actividad; dio cifras de poblaciones visitadas, relató anécdotas, citó a dos o tres compañías encuestadoras extranjeras que coincidían en vaticinar el aplastante triunfo del candidato si se seguía la especial recomendación de cambiar la imagen del líder. Hizo una pausa para manifestar con voz emocionada:-¡Sin embargo, primero deseo contar el sueño premonitorio que tuve antenoche! --los asistentes guardaron silencio--: ¡Se me reveló un ser luminoso bajando del cielo, quizá la imagen de un santo! ¡Volando sobre las nubes aterrizó en la Plaza de la República!
-¡El santo lucía piadoso, con las manos juntas; tenía cierto parecido a san Francisco, el santo de Asís! ¡Varios ángeles lo conducían lentamente de la mano!”
Prosiguió:
-¡Sentí que me embargaba un profundo éxtasis y de pronto desperté sobresaltado! Inmediatamente pensé: Debemos convertir en santo a nuestro benefactor! Visualicé el éxito infalible que nos liará ganar definitivamente la próxima elección. ¡El cierre de campaña será apoteósico, jamás visto en la historia de nuestro país!
Terminando su discurso saludó solemnemente y muy seguro de sí mismo regresó a su lugar.
Distintas personalidades, incluyendo al propio futuro presidente, permanecieron mudas unos momentos.
Unánimemente los participantes se pusieron de pie aceptando la propuesta:
-¡El santo! ¡El santo! --gritaban abrazándose y corrían a felicitar a su candidato. La euforia duró en el ambiente alrededor de media hora.
-¡Silencio, silencio! ¡El santo candidato va a hablar! --anunció el ex canciller. Todos esperaban impacientes las palabras del jefe.
-¡Amigos, estoy muy conmovido! ¡Diré pocas cosas! ¡Creo que la idea del futuro ministro de Gobernación es sencillamente genial, bajo cualquier punto que se le mire! ¡Nadie hasta ahora ha recurrido a una idea de orden sobrenatural en campaña política; esto contribuirá sin duda a despejar conjeturas sobre mi persona!
Durante el discurso, la esposa del candidato, mujer agraciada, de ojos rasgados, largos cabellos teñidos de color rojo, permaneció callada. “La señora”, como la llamaba mucha gente, mostraba en la actualidad cambios importantes en su personalidad, modales y forma de vestir. Atrás quedaba la imagen de joven moderna, estrafalaria, con exageradas minifaldas y peinados afro. Interesada por la música, conocía el último ritmo de moda; aprendía nuevos pasos de baile con maestros privados. Ese día se encontraba realmente fascinada por la genial idea de santificar la imagen de su marido. Ella también dio su aprobación. Súbitamente se puso de pie y pidió la palabra:
-¡Amigos! --exclamó silenciando a los presentes-- ¡Todo esto es maravilloso, por mi parte quiero contribuir al éxito de la campaña! ¡Para la ocasión sugiero traer al país a un conjunto musical que interprete el último ritmo latinoamericano: Vallenato de Valledupar, considerado el mejor en su género, porque además, decía con aplomo, la bondad celestial no está reñida con la alegría! ¡Ya verán! --agregó-- ¡el numeroso público que bailará frenéticamente nos dará su voto! --vaticinó emocionada.
Se escuchó un “¡Viva la primera dama!”
-¡Este gesto consolidará la simpatía latinoamericana hacia nuestro gobierno! Exclamó entusiasmado el ex canciller.El futuro ministro del Trabajo anunció seriamente:-¡Debemos comenzar a trabajar de inmediato! Y rápidamente abandonaron el salón.
En una sesión especial, el comité organizador se dispuso a preparar el programa y autorizaron cada uno de los pasos a seguir.
No resultó fácil contratar al grupo musical debido a múltiples compromisos internacionales. El conjunto había logrado colocar sus canciones en los primeros lugares de venta alrededor del mundo. Todos bailaban y cantaban el ritmo contagioso.
El encargado de finanzas del partido tuvo que pagar al agente del grupo una cuantiosa suma por adelantado.
El programa se ejecutaba eficientemente, preparándolo todo. El último día de campaña se obsequiarían gorros, camisetas, banderines, el conjunto musical ya había arribado al país.
Los obreros terminaban de construir una enorme tarima de hierro techada con 10 parlantes colocados estratégicamente alrededor de la plaza. Se estimaba que la asistencia al acto sería la más grande en la historia de las últimas décadas.
Sin escatimar gastos se trajeron varias pantallas gigantes de televisión, el acto sería transmitido a todo el país por estaciones nacionales y retransmitido en vivo por cable.
Desde varias semanas antes se había organizado una intensa campaña de invitación a la ciudadanía a través de periódicos, radio, cine, TV, revistas, mantas, carteles pegados en muros y postes de electricidad. Llovieron volantes lanzadas desde avionetas contratadas para tal fin.
Por todas partes se veían fotos del conjunto Vallenato, así como del candidato en su nueva imagen, o new look, como dijo el ex canciller. El candidato aparecía vestido de blanco, con las manos juntas y una dulce actitud piadosa, besando a los niños en silencio, rodeado de flores: realmente parecía santificado. La gente se encontraba impactada, no se hablaba de otra cosa.
Finalmente llegó el día esperado. A pesar de la hora anunciada --tres de la tarde-- grandes masas se congregaron desde muy temprano en la plaza: nadie quería perderse el espectáculo, deseaban bailar al ritmo enloquecedor del mejor conjunto latinoamericano.
Después de varias horas de espera, llegaba el anhelado momento.
El numeroso público asistente se entretenía coreando consignas del partido, lanzadas por el maestro de ceremonias.
-¡Viva el santo! ¡Viva el candidato del cielo! ¡Todos a la gloria, a bailar, a celebrar!
Los parlantes retumbaban en la plaza mientras la multitud aguardaba impaciente.
A las cuatro en punto de la tarde ingresaron a la tarima el candidato, su señora, futuros ministros, familiares y allegados, seguidos de los integrantes del conjunto musical.
Aplausos, vivas y gritos ensordecedores amplificados por los parlantes, un mar ondulante de banderas, cartelones y retratos fueron presentados en las pantallas mientras los músicos afinaban sus instrumentos. El cantante principal sacudía sus largos y abundantes cabellos rizados; sobre su pecho cargaba un guitarrín y a su lado se encontraba otro músico con un pequeño acordeón. El gentío se impacientaba:
¡Va-lle-na-to! ¡Va-lle-na-to...! gritaban.
El programa anunciado estaba organizado así: en primer lugar, palabras del candidato y en segundo interpretación musical del conjunto, plan que fue cambiado rápidamente para complacer al público.
¡Primero un vallenato; a continuación el líder dirá sus palabras! --dijo, el maestro de ceremonia, ante el regocijo general.
Se produjo un silencio expectante. Emocionado por la circunstancia la estrella del famoso conjunto se dirigió a la multitud:
-Estimable público, para ustedes, con cariño, la mejor canción de nuestro repertorio... ¡El Santo Cachón! -anunció a viva voz. Y agregó: ¡Cachón de cachar!
A las primeras notas el gentío comenzó a bailar frenéticamente mientras coreaba el estribillo:
-¡Que te perdone yo / que te perdone...
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