Managua volverá a tener corazón
Presentación de “Managua en el tiempo”, una obra indispensable para los estudiosos de la historia y la identidad de la capital de Nicaragua Aldo Díaz Lacayo
Cuando aparece un nuevo libro sobre un tema ampliamente tratado a lo largo del tiempo suele recibirse con poca o ninguna expectativa. Estoy convencido de que éste no será el caso del libro que hoy me honro en presentar ante un público tan selecto: el señor alcalde Dionisio Marenco, miembros del Concejo, y sus colaboradores más cercanos, amigos reconocidos por su quehacer managüense, directivos y miembros de la Academia de Geografía e Historia de Nicaragua, la institución promotora de su edición, representantes de los medios e invitados especiales.
Su título, “Managua en el tiempo”, aparte de dar una idea exacta de su contenido --una extraordinaria selección de lo mejor que se ha escrito sobre Managua a lo largo del tiempo--, evoca también la idea de la frecuente reiteración del tema, que es igualmente un acierto. La bibliografía anotada y clasificada sobre Managua, que aparece al final del libro, suma nada menos que quince páginas.
Éste es el valor que quiero destacar como primer punto de mi presentación. Porque “Managua en el tiempo” no es una simple selección de buenos textos, sino sólo de aquellos que al reunirse constituyen un estudio serio sobre Managua. Un estudio sobre la ciudad, un estudio sobre su población, un estudio sobre la forma de ser de su gente.
Dediqué muchas horas de reflexión buscando un calificativo unívoco para definir esta monstruosa labor, y no lo encontré en el lenguaje tradicional. De pronto me asaltó el neologismo técnico-médico de tomografía, que corresponde a un estudio minucioso, micrométricamente exacto de cualquier parte del cuerpo humano. Eso es “Managua en el tiempo”: una topo-socio-psico-tomografía de Managua.
Por eso, insisto, “Managua en el tiempo” va a romper de un tajo la tradicional forma de asumir los libros sobre temas recurrentes. Será recibido con mucha más expectativa que la que despertaron todos los libros anteriores, ¡todos juntos! Y no porque esos libros no hubiesen tenido valor para la ciudad --que sí lo tuvieron y marcaron hitos en su historia--, sino porque por sí mismos no han constituido un estudio integral, multidisciplinario, sobre Managua.
Porque “Managua en el tiempo” contiene descripciones científicas, intentos de estudios sociológicos sobre su población, valoraciones sobre la forma de comportarse de su gente, incluyendo la visión de famosos viajeros extranjeros que la visitaron durante el siglo XIX. También incluye bellas narraciones nostálgicas, la visión de un joven visitante pueblerino, asombrado por su magnitud y ebullición --que luego fabulaba al regresar a su terruño natal--, y desde luego los infaltables documentos históricos fundacionales de la ciudad.
Estoy casi seguro que nunca antes se había reproducido el “Análisis sociosemiótico de direcciones managüenses”, de Kart Ille; o la “Sociología de la Managua de los años 60”, de Eduardo Conrado Gómez; o la “Fundación y reseña histórica del Club Social de Managua”, de Ramón Morales; o “Los cinco sentidos de Managua”, de Luis Downing Urtecho; o los “Fanáticos ocurrentes”, de Ernesto Bunge; o las “Avenidas, calles, barrios y parques”, de Alberto Ordóñez Argüello; o el “Xolotlán”, de Jaime Incer Barquero, entre otros escritos que se reproducen en “Managua en el tiempo”.
Es pues una obra extraordinaria, indispensable para bibliotecas privadas y públicas y para los estudiosos de Managua, como los que ahora nos acompañan, y para tantos otros estudiosos anónimos que aman a esta ciudad capital a pesar de su desorden y anarquía. Uno de sus defectos, por cierto bien descritos por Pablo Antonio Cuadra y Chale Mántica, en escritos que también se reproducen en esta obra fundamental.
“ ... Managua (...) --dice Pablo Antonio Cuadra-- se reconstruyó inventando un desconcertante urbanismo de fuga: toda la población huyó hacia su periferia por miedo al centro como si fuera un cráter. Largas distancias de calles y carreteras, unieron dispersos caseríos y barrios pobres de solemnidad, con barrios de pobreza menos solemne. A mayor riqueza más lejanía. Y así se edificó una ciudad excéntrica y sin sintaxis que debía producir en el país una política aberrante y, por contradicción, centralista. ¿Volverá Managua --la despedazada-- a tener centro, a tener corazón, a ser cabeza pensante y no la cabeza parlante ofrecida en la bandeja de plata del Lago? Yo nací en ella, me enamora su paisaje. Me entristece su miseria”.
Cito este pasaje de “Managua, hermana de Pompeya”, de Pablo Antonio Cuadra, reproducido en este libro, porque estoy convencido de que esta trágica característica de la ciudad explica la psico-sociología managüense. Cada terremoto, además de dispersar a sus habitantes, los saca de su anterior medio bucólico y los hace más citadinos, les cambia sus costumbres, es decir, su moral, haciéndolos más cosmopolitas, liberalizándolos. Una mutación descrita de forma implícita a lo largo del libro.
Cuando se me distinguió designándome presentador de “Managua en el tiempo” me sentí impulsado a reproducir en mi presentación algunos pasajes de los escritos que más me impresionaron –que, desde luego, y así lo espero, serán distintos para cada uno de sus muchos y afortunados lectores. No tengo espacio para reproducirlos, pero no me resisto a citar la visión de Alberto Ordóñez Argüello sobre el barrio San Sebastián, mi barrio:
San Sebastián semi-colonial y anti-moderno. Barrio de aristócratas arruinados, haraganes y chismosos. Barrio del abolengo Managua. Patios con jardín y niñas que estudian piano: Chopin, Mozart, Beethoven, Strauss... Salas con espejos de lunas mareadas... Cortinas del siglo XVIII y butacas Luis XV. Categoría social fijada por la posición terrateniente de cierto número de vacas. Barrio sin tráfico. Sin almacenes. Sin atrevimientos arquitectónicos. Elegantes que llevan al Club Managua, un Año Nuevo, los mismos fracs y las pecheras del abuelo. Barrio de la niña Perenceja y don Sutanejo. Cuentos que van, cuentos que vienen... San Sebastián: único y efectivo vecindario. Managua de veras.
El poeta Ordóñez Argüello escribió esta extraordinaria descripción del barrio San Sebastián --sin duda ofensiva para algunos de sus pobladores-- once años después del terremoto de 1931. Y aún ahora, a casi treinta y cinco años del terremoto siguiente, el de 1972, no se conoce con precisión los límites de éste y el de todos los barrios de la anterior Managua. Quizás nuestro amigo --el joven pueblerino que la visitó por primera vez hace más de cincuenta años, ahora acucioso investigador histórico--, Roberto Sánchez Ramírez, nos sorprende con un estudio al respecto. Ojalá.
Antes de terminar, me siento obligado a señalar que “Managua en el tiempo” está editado en correspondencia perfecta con su título: recorre todas las principales etapas de la ciudad. Desde una suerte de pórtico extraordinario hasta un par de colecciones de fotografías, la mayoría de ellas inéditas o poco conocidas, pasando por cada uno de sus hitos importantes, mencionados --cual debe ser-- del más reciente al más lejano. Todo esto en una extensión respetable: doscientas ochenta y ocho páginas.
A propósito he dejado para el final de mi presentación el reconocimiento al autor de esta obra extraordinaria. ¿Quién, si no Jorge Eduardo Arellano? Porque sólo él tiene la voluntad creadora, la entrega absoluta, casi obsesiva y compulsiva --que para un polígrafo como él es una virtud--, la vastísima cultura que se requiere para una selección paradigmática de documentos, y sobre todo la manía --otra virtud-- de guardar, seleccionar, cuánto libro y documentos existen sobre cualquier tema, además de utilizarlos con acierto, en este caso sobre Managua.
Por eso creo que la Academia de Geografía e Historia de Nicaragua acertó al apoyar a Jorge Eduardo Arellano, su Secretario Ejecutivo, dedicándole a este libro el tomo LXV de su revista, de este año 2007. También creo que fue un acierto que la Alcaldía de Managua a través de su Dirección de Patrimonio Histórico Municipal se haya involucrado en su coproducción. Sólo lamento que por conservar el tradicional logotipo de la carátula de la revista de la Academia --por lo demás obligado-- se haya dejado a un lado la identidad propia del libro.
Yo espero que todos los aquí presentes y de manera especial los estudiosos sobre Managua, que hoy han sido merecidamente homenajeados por la Academia de Geografía e Historia, cada uno con un ámbito importante de acción, se conviertan en promotores naturales de “Managua en el tiempo”. También espero que la Dirección de Patrimonio Histórico Municipal haga lo propio.
4 de septiembre de 2007
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