Lucrezia Buti era pequeña
En el aniversario de Fra Filippo Lippi (1406-1469) Lucrezia Buti era pequeña y tenía la boca purpurina. Fra Filippo, carmelita de consciencia y cuya vida, si bien es cierto, no tan ejemplar, estaba dedicada al Altísimo, desde los doce años, o sea, hacía cuarenta quedó turbado apenas la vio aparecer en el claustro del monasterio agustino de Santa Margarita del Prato, donde se encontraba por orientaciones del propio Cósimo. Ahora sí que me llevó la Santísima Trinidad, pensó el pobre hermano Lippo, mientras hacía pasar a la novicia de bellissima grazia. Lucrezia Buti era pequeña y tenía la boca purpurina, sus padres, nobles florentinos, la habían, por si las moscas, depositado al cuidado esmerado de la sorella Spinetta. Acá, en estas santas celdas, estará segura la niña, pensaron, sin sospechar que Frater Philippus la iba a pintar, ni que la niña era traviesa. Ujum. Lucrezia Buti era pequeña y tenía la boca purpurina. Pero no sólo eso. Qué va. Además de purpurina la boquita pintada de Lucrezia era la boquita más sucia de todo el Quattrocento. Maravillas de nuestro Señor que Filippo descubriría muy pronto, para su mundano placer. Ya vine, le dijo aquella mañana Lucrezia. Dos palabras y la núbil novicia vio cómo Filippo, descendiente digno de Masaccio y por qué no de Fra Angélico también, se desvanecía entre sus diminutas manos. Santa Margarita preciosa, protégeme, se dijo para sí el indefenso pintor, mientras con delicadeza y artimañas colocaba a Lucrezia en su pedestal terreno. Tenía 10,000 razones para no hacer lo que iba a hacer, pero ni modo, Diosito, vos me la pusiste en el camino. Después de contemplarla embelezado se acercó a ella y más turbado que nunca, pues no decidía si le iba a hablar a una santa o a una mujer, le dijo: Lucrezita divina, tengo 10,000 razones para no decirle esto, pero usted, mi niña, está bien, bien rica. Lucrezia Buti, que era pequeña y tenía la boca purpurina, lo miró fijamente sin inmutarse y haciendo los ojitos que tanto había practicado ante el espejo le respondió despacito: Joder Pippo creí que jamás usted me lo iba a decir. Se amaron entonces como con hambre y sed de días. Sin demasiados preámbulos. Todo entre el juego de poliedros de Pacioli, que fue el único testigo, olvídense de Vasari, de los mordiscos caprichosos y perversos de Lucrezia. Fue justo entonces que Filippo tuvo la gran epifanía de su vida. Quesaverga --dijo entonces con la solemnidad del caso, refiriéndose a la vida monástica en general y a la idea del pecado original en particular. Agarró las sábanas en que momentos antes se había revolcado con Lucrezia, que era pequeña y ustedes ya saben, y las comenzó a amarrar una con otra, luego tiró uno de los extremos por la ventana. ¿Nos vamos? Le dijo a Lucrezia. Y Lucrezia que no era tonta le dijo, con su boca que era dulce y rosa, y mordía y besaba: Sí, sí, sí.
Raúl Quintanilla Armijo
Octubre1-noviembre 6, de 2006
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