Dichosa Edad Media
Ahmed Briones Zelaya*
En este artículo nos referiremos a infractores de la ley de alto nivel, a violadores de la Constitución de la República, a la cual, con voz sublime en el altar de la patria juraron defender a personas cuya responsabilidad es respetar el orden jurídico establecido, pero que en la práctica son los transgresores del mismo. Este delito no es nuevo, está profundamente arraigado en nuestra conducta e historia y todavía no tiene castigo.
El desacato de los preceptos constitucionales, por parte de estos sujetos y sujetas, se da en todos los campos de la organización de la sociedad, pero es en el espacio de la confesionalidad religiosa donde hacen mayor ostentación de su impunidad y de su desprecio para con las normas que tienen la obligación de acatar. Esta vez, por razones de espacio, nos limitaremos a exponer solamente algunos casos ocurridos durante los últimos cinco años de administración pública
Para nadie es un secreto que la otrora primera dama de Nicaragua, Doña Lila T de Bolaños, bajo la influencia exaltada de su consejero espiritual, programaba y dirigía las visitas (con procesión incluida), que la Virgen Peregrina de Fátima realizaba sistemáticamente a las diferentes dependencias gubernamentales, con el encubrimiento de su cónyuge presidencial y demás autoridades del país.
Por la misma época, el entonces Director de la Policía Nacional, Edwin Cordero, ascendía raudo la escalera (dispuesta oportunamente por el obispo de León), hacia las alturas donde se encontraba la imagen de la Virgen de la Merced, incrustándole en sus ropajes los grados de Comisionada Suprema de las huestes policiales de Nicaragua.
Debido a que la tradición lo exige, en el acto de celebración del 28 Aniversario del Cuerpo Policial, su actual Directora, Aminta Granera, no quiere salirse del redil, e impone sus creencias y ritos religiosos personales a una organización confesionalmente heterogénea, apoyada por un enjambre de clérigos que incluyen al mismísimo delegado de la Santa Sede; como en los mejores tiempos de la fusión Iglesia-Estado, allá por el siglo XII.
Todo ello pisoteando la Ley Fundamental de una República del siglo XXI, donde de forma inequívoca y absoluta se establece el carácter laico del Estado Nicaragüense.
Por supuesto que este asco histórico de los funcionarios del Estado Nicaragüense por la voluntad del pueblo, expresada en la Carta Magna, es producto de la cultura de manejo arbitrario y personal del poder, cuyos desmanes no terminan ahí.
Por lo tanto, no puede sorprender que el Presidente Daniel Ortega, como uno de los representantes más emblemáticos de esa costumbre delictiva en contra del ordenamiento jurídico, violente las disposiciones constitucionales que juró respetar, estableciendo una alianza oficial y prebendaria, con dirigentes de un sector religioso, de consecuencias devastadoras para los derechos adquiridos de miles de ciudadanas y ciudadanos y por consiguiente, con efectos demoledores sobre el precario andamiaje democrático e institucional de una nación que quiere avanzar, pero le imponen retroceso, busca la modernidad, pero desde el poder sólo le recetan pensamiento único, servilismo único y religión única.
Esta imposición de la alianza con el Cardenal Miguel Obando socava peligrosamente el futuro desarrollo democrático del país y no tiene nada de nuevo ni de original, pues es la burda transposición hasta nuestros días, de los intereses y privilegios otorgados por el poder a la Iglesia Católica en toda la época medieval, a cambio de apoyo partidario.
¿Qué se puede esperar entonces de personajes de un sistema político primitivo y agotado, con los cuales nunca se pudo y nunca se podrá construir, un gobierno de leyes, instituciones democráticas modernas, en suma una Democracia real, donde la voluntad general de la población expresada en la Constitución, sea verdaderamente protegida de las arbitrariedades, abusos y delitos desde el poder?.
¡Dichosa Edad Media!, que gracias a nuestros politiqueros y a la pasividad ciudadana, tiene autorización para extenderse y entronizarse hasta nuestro siglo, negándose a desaparecer.
* Psicólogo
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