El Canto Errante
(La edición de Ricardo Llopesa) Esteban Sandino
Hace 100 años, en Madrid (dentro de la serie Biblioteca Nueva de Escritores Españoles/M. Pérez Villavicencio, Editor, 1907) se editó El Canto Errante, el más multiforme de los libros poéticos de Rubén Darío. Sorprende, realmente, el despliegue de su maestría versificadora y de los acertados registros de sus 47 poemas escritos entre 1886 y 1907, o sea a lo largo de 21 años.
Quizás desiguales, todos se articulan dentro de la heterogeneidad programática de su título y del prólogo: “Dilucidaciones”: una profunda y extensa prospección en la teoría poética.
En Valencia, España, el dariísta nicaragüense Ricardo Llopesa (Masaya, 1948), lo editó el año pasado con mucho decoro y acierto crítico. Para el Director del Instituto de Estudios Modernistas, El Canto Errante constituye un “breviario de técnicas que remodelan el concepto de poesía nueva… El espíritu de lo nuevo se da la mano con los acontecimientos y el estilo de la vida moderna”.
Sin embargo, sus temas estaban ya en la obra anterior de Darío: el ímpetu de viajar y los paisajes, la naturaleza americana, la actitud moral, civil, política; los juegos intelectuales y verbales; los medallones literarios, la exaltación del arte, el esteticismo, la introspección, el desahogo erótico, el sentimiento de la temporalidad, la filosofía de la vida, la angustia existencial, la inquietud esotérica, entre otros.
En su introducción, Llopesa contextualiza el poemario renovador y anota cada uno de sus poemas, llegando a la conclusión de que lo integra la variedad, la experiencia cosmopolita e itinerante que proclamaría y practicaría la vanguardia europea pocos años después, la lírica coloquial que asumiría como norma directriz la postvanguardia hispanoamericana, el descubrimiento de la urbe moderna y la enumeración caótica.
Así lo expuso en la presentación que hizo de su edición en el Auditorio San Jerónimo, (Mercado de Artesanía) de Masaya, el 18 de abril de 2007, patrocinado por la Academia Nicaragüense la Lengua.
Felicito a Ricardo Llopesa, en nombre de la intelectualidad nicaragüense, que lamenta el hecho de que los cien años de El Canto Errante hayan pasado en Nicaragua con mucha pena y casi sin ninguna gloria.
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