dic 9, 2006
Alejandro von Rechnitz
MAESTROS DE VIDA
Teyocoyani acaba de publicar un utilísimo libro titulado Caminar con los Padres de la Iglesia, elaborado por José Argüello, que recomendamos de verdad a nuestros compatriotas nicaragüenses, a los cristianos de a pie, o a quienes, desde hace ratos, no ponemos nuestros conocimientos teológicos al día. Libro incluso utilísimo para quienes ignoramos que, aparte del magisterio ordinario de la jerarquía actual de nuestra Iglesia, ella siempre ha recibido con sumo respeto lo que los grandes cristianos de todos los tiempos han enseñado no sólo con sus hechos, sino también con sus palabras acerca de temas fundamentales para nuestra fe y moral. Caminar con los Padres de la Iglesia es un breve libro de 210 páginas, de gran sabor y profundidad, que pretende poner al alcance de nuestra mano e interés verdaderas iluminaciones de los grandes santos de la Iglesia acerca de nuestra problemática política, económica, religiosa y social. A la abundancia y sabrosura de escritos de los Santos Padres de los primeros setecientos años, José Argüello agrega a San Bernardo y a ese “peso pesado” de la teología de todos los tiempos, Santo Tomás de Aquino. Estoy seguro de que sacaremos gran provecho de la lectura del libro y, sobre todo, de que nos despertará el hambre e interés por el conocimiento de los escritos de estos magníficos maestros.
¿Quiénes fueron estos cristianos, entre los cuales existía coherencia perfecta entre lo que decían creer y la vida que llevaban?
Escritores de la antigüedad, absolutamente fieles a Dios y al pueblo entre el cual vivían y a cuyo servicio se sentían. Los Padres de la Iglesia son maestros cuya opinión merece la credibilidad de los cristianos de todos los tiempos, sobre todo por la oportunidad y actualidad de sus enseñanzas.
¿Qué pidió la comunidad a estos cristianos para aplicarles el título de Padres de la Iglesia?
1) Doctrina segura en general, sin que eso signifique que sostuvieran opiniones equivocadas en cuestiones particulares. Muchas veces nos quedaremos admirados de las matizaciones que el conjunto de opiniones de grandes santos de estos dos mil años de Iglesia, mantuvieron acerca de puntos como la presencia real de Cristo en la Eucaristía; la insistencia de los Padres, por ejemplo, en que la presencia es real, pero sacramental, es decir, no se trata de una presencia que podríamos entender como fisicista; su insistencia, por ejemplo, de que quien está presente en la Eucaristía es Cristo tal como está ahora, o sea, resucitado, y, como tal no puede parecer estar sangrando, sufriendo o muriendo de nuevo.
Podemos ver en general en los Santos Padres (aunque no precisamente en los textos del libro que estamos comentando, que abordan aspectos más constructivos) el momento en que se introdujo en la Iglesia la moral estoica acerca del placer, el sexo o, incluso, el machismo helénico con todas las consecuencias que esto trajo a la comunidad cristiana, sobre todo en su trato con la mujer. Por otra parte, vale la pena oír a Cipriano o a Gregorio Magno, o a Bernardo de Claraval, discutir acerca del papel servicial del sucesor de Pedro en la Iglesia de todos los tiempos y de todas partes del mundo.
2) Una vida coherente con el Evangelio, con el testimonio de los valores del Reino de Dios, una vida con una caridad, amor eficiente, que alcanzó niveles de heroicidad. Es impresionante leer lo que Juan Crisóstomo o Ambrosio o Jerónimo pensaban sobre la propiedad privada, el bien común, el uso de los bienes entregados por Dios a todos sus hijos.
3) Aceptación de su magisterio por parte de la generalidad de la comunidad cristiana. Dicha aceptación puede verse en las innumerables citas y copias que los demás cristianos, ¡de dos mil años!, hicieron de sus palabras y escritos. Incluso, podemos ver cómo, en el transcurso de estos dos mil años, se ha ido cambiando y precisando lo que ahora recibimos como parte de la ortodoxia dogmática, indiscutible de nuestra fe.
4) Haber vivido y escrito en los primeros setecientos años de la cristiandad, tanto en la parte occidental como en la oriental del antiguo Imperio romano; un oriente que a veces nos damos el lujo de desconocer y aun minusvalorar. El padre de familia saca de su tesoro cosas viejas y cosas nuevas, dice el Evangelio. Caminar con los Padres de la Iglesia es una muestra de este tesoro.
Vivimos y nos movemos diariamente dentro de un sistema que propugna y predica, a través de todos los medios de comunicación, sus “valores” y criterios. Valores y criterios que contradicen directamente los criterios y valores del Evangelio. En donde el sistema habla de “tener”, de acumular, el Evangelio nos llama a compartir. En donde el sistema nos habla de “poder”, el Evangelio nos manda “servir”. En donde el sistema nos predica continuamente la actitud de búsqueda del placer, el Evangelio nos habla de la actitud del amor incondicional. Estos valores del Evangelio son los que nos enseñan los Santos Padres. Esos antivalores del sistema (que el Evangelio llama “mundo”) es lo que combatieron los Santos Padres.
Podemos imaginarnos la importancia que las comunidades dieron a que, acerca de algún punto en discusión, estos santos cristianos coincidieran todos ellos en su opinión. Eran los siglos en que se argumentaba, incluso en los mercados, cotidianamente, sobre lo que se podía y debía mantener acerca de la persona de Cristo, acerca de su relación con Dios, acerca de las consecuencias que esta relación tenía para el trato diario con los demás miembros de la comunidad, acerca de la libertad y la responsabilidad, acerca de cómo manejar la realidad económica, política y social, a la luz de la fe y la revelación de parte de Dios. Eran las épocas en que cuajó el trato entre el imperio romano y las comunidades cristianas, de tal manera que se provocaba la duda de quién había convertido a quién, si el Estado al cristianismo o el cristianismo al Estado. Épocas en que el Derecho Romano comenzó a ser el punto de vista del Derecho de la Iglesia, y el derecho de la Iglesia pasó a ser parte de la legislación estatal imperial.
Leyendo a los Santos Padres podremos descubrir por qué, si queremos mirar atrás, a donde vale la pena volver la mirada es, sobre todo, a la Iglesia de los primeros trescientos años, no al año 1940, o al siglo XIX, sino al siglo primero. Leyendo a los Santos Padres, comprenderemos en qué es que debemos insistir como esencial de la Liturgia en general, o de los Sacramentos en particular.
En Occidente oímos hablar muchísimas veces de Agustín de Hipona, de Ambrosio o Jerónimo, pero pocas de Cipriano de Cartago, de Cirilo de Jerusalén, de Efrén de Siria, de Basilio Magno, o de Juan Crisóstomo. A veces, con ocasión de sensacionalismos periodísticos o literarios, se nos menciona a Bernardo de Claraval (por ejemplo a propósito de los templarios), pero no conocemos las advertencias magníficas y oportunas que San Bernardo le hizo, en ese mismo tiempo, a un Papa que había sido miembro de su orden religiosa.
Es impresionante lo reveladores que nos resultarán estos escritos reunidos en Caminar con los Padres de la Iglesia para cuestiones que hoy vivimos a comienzos de este nuestro siglo XXI. Nos resultará admirable en los Padres su libertad en la expresión y en la relación con las autoridades nacientes de la Iglesia.
¿Qué podemos pedir, sino que Teyocoyani y José Argüello sigan poniéndonos en las manos y a la altura de nuestro corazón y apetito, el magisterio de estos cristianos ejemplares, cuya doctrina es también ejemplar para todos los tiempos de la Iglesia?
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