dic 9, 2006
“ESTAMBUL, ciudad y recuerdos”
Orhan Pamuk, Premio Nobel de Literatura 2006 “Todos tenemos en la cabeza un texto, en parte oculto, en parte legible, que le da significado a todo lo que hacemos en la vida”. Francisco Javier Bautista Lara
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| Orhan Pamuk |
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En la cosmopolita 5ta Avenida de New York, muy cerca del Empire State Building, en la fachada de la Biblioteca Pública de la ciudad, cuelga desde el alto pórtico un inmenso póster de Orhan Pamuk (Estambul, 1952), Premio Nobel de Literatura 2006.
Y es que este escritor turco occidentalizado, quien a pesar de eso afirma:
“Lo que a mí me ha determinado es permanecer ligado a la misma casa, a la misma calle, al mismo paisaje, a la misma ciudad”, es profesor de la famosa Universidad de Columbia, y ha mostrado a través de la escritura, los multifacéticos rostros de la historia, cultura, costumbre y tradiciones de su país que continúa debatiéndose entre Oriente y Occidente en busca de una identidad perdida desde la decadencia de Constantinopla, del gran imperio Bizantino. No ajeno a este debate, el papa Benedicto XVI en su visita a Ankara y Estambul (29/11/2006), para apaciguar las llamas atizadas en el mundo musulmán por unas “mal interpretadas declaraciones” y congraciarse con sus anfitriones ha afirmado: “Turquía merece estar en la Unión Europea”.
Después de la grandeza quedan los despojos majestuosos de palacios, monumentos, murallas y leyendas que se desmoronan, opacan y olvidan, en una ciudad de la que Pamuk dice se “pinta de colores grises y sombríos” e “inspira melancolía y amargura”, esa “sensación de hundimiento que dejó el Imperio otomano, la pobreza y las ruinas que cubren la ciudad” que se huele por todos lados como un sentimiento de derrota y pérdida.
Su obra, en la que se incluyen ocho novelas, entre ellas: Me llamo Rojo (2001), La vida nueva (1994), El astrólogo y el sultán (1991) que le dio éxito mundial, aborda con cierto humor intelectual que le ha valido la crítica de los nacionalistas turcos, la confrontación entre la cultura occidental y oriental.
En uno de sus últimos libros, “Estambul, ciudad y recuerdos” (2003), el escritor cuenta inseparablemente imágenes de su vida entrelazadas con las memorias del paisaje de la ciudad y su gente, que a veces parecen indiferentes entre los despojos de un pasado que ve hacia el Este y de un porvenir que se mueve al Oeste, mientras ven pasar, como parte de su rutina, los barcos con sus sirenas que cruzan el estrecho del Bósforo que similar a su significado, como una garganta de agua, les permite la salida al Mar de Mármara y al Mediterráneo, o que se internen en sentido contrario al Mar Negro hacia Europa Oriental o la Rusia Asiática. Aquel estrecho llegó a ser la llave para abrir el mundo, su corazón geopolítico, y en eso, los nicaragüenses podrán comprender a los turcos, ya que nuestra privilegiada posición geopolítica de Ruta del Tránsito, nos llevó también, aunque en menores magnitudes, a ser escenario de conflicto de las potencias mundiales a mediados del siglo XIX y despertó desde muy temprano el apetito expansionista de españoles, franceses, ingleses y norteamericanos.
Describe una “modesta simplicidad de la arquitectura otomana”, los colores del pasado surgen imborrables en la ciudad del presente, en “un aire de sueño y de cuento”, enorme y descuidada, en un mar en movimiento que es el Bósforo o el llamado Estrecho de Constantinopla. Las mansiones de los nuevos ricos que no son tan poderosos como los viejos bajás otomanos, lucen descoloridas. Al finalizar la Primera Guerra Mundial la población de Estambul apenas superaba el medio millón de habitantes, a finales de los cincuenta alrededor de un millón, y a principios del 2000 ha llegado a los diez millones.
Sobre Estambul han escrito y pintado muchos viajeros, Pamuk, menciona a Flaubert, (francés, autor de Madame Bovary) en 1850, quien quedó impresionado por “las multitudes que poblaban la ciudad y por su heterogeneidad”, y dijo creer que “Constantinopla sería la capital del mundo cien años más tarde”. Los grabados de Antonine-Ignace Melling en 1763, alemán con sangre italiano-francesa, que capturan con esencia poética, las escenas y el paisaje estambulí. El poeta francés Nerval en su paso en 1843 ve “el negro sol de la melancolía”, mientras Théophile Gautier, su amigo, en 1853 percibe el paisaje de la ciudad como si fuera “un decorado teatral que necesita cierta luz y un cierto ángulo de visión”, ambos fueron los primeros en descubrir de la ciudad esa sensación de “amargura inevitable”.
Hay “amargura” en dos aleyas del Corán, cuyo significado de la palabra en el turco actual es “aflicción”, relacionado “con una pérdida y con el sufrimiento espiritual y la pena a las que da lugar”, según los místicos, es un sentimiento de carencia que se origina en “no haber podido estar lo bastante cerca de Dios y en no haber podido hacer lo bastante por Dios en este mundo”. Ha sido la amargura, según Pamuk, “el sentimiento más poderoso y permanente de Estambul”, cuyos orígenes están al lado de la historia, en la música y poesía, es “una manera de ver la vida y una actitud mental”, no es una enfermedad transitoria, sino un estado libremente escogido.
Se confiesa sin creencias religiosas en un país mayoritariamente musulmán, donde percibió, desde su acomodada posición económica familiar de “burgueses afrancesados”, que la religión era “refugio de los pobres a causa de su desesperación”, una especie de superstición o “fe ciega”, cuya esencia es “el sentimiento de culpabilidad”: “Lo que temía no era a Dios, sino la rabia que sentían los que creían demasiado en Él hacia gente como yo”. Percibió desde niño que “ser rico era aparentar continuamente”, desarrollar actitudes artificiales occidentalizadas.
Hace referencia a los que llama “cuatro amargos autores”, el poeta Yehya Kemal, el popular historiador y periodista Resat Ekrem Kocu; Abdulhak Sinasi Hisar, escritor de memorias; el novelista Tanpínar, quienes tuvieron la necesidad de ser modernos y occidentales en su creación imitando a los parnasianos o a los decadentistas franceses, buscando la comprensión del hundimiento irreversible de la civilización otomana, vivieron en su propia soledad “como una vía de escape instintiva”, se quedaron entre ambos mundos. Resat (1905) dejó a medias lo que tituló Enciclopedia de Estambul (1944-1951), de la que presumía como “la primera enciclopedia del mundo sobre una ciudad”, era como “una revista que contaba historias curiosas, divertidas, extrañas y exóticas y algunos acontecimientos”, un armario de curiosidades. Se hablaba de las mujeres con “un lenguaje simbólico y estereotipado como si fueran seres legendarios”, y una homosexualidad oculta que era repudiada.
El autor se pregunta en un subtítulo: “¿Conquista o caída? La turquización de Constantinopla”.
El 29 de mayo de 1453 para los occidentales ocurrió “la caída de Constantinopla”, y para los orientales “la conquista de Estambul”, esa fecha que ha sido señalada como una de las referencias del fin de la Edad Media, a los desdichados cautivos no les quedaba otro camino que convertirse en cristianos o musulmanes entrampados como estaban entre dos mundos.
El uso de la palabra “Constantinopla”, según los nacionalistas turcos, implicaba la no pertenencia a la ciudad “que algún día sus primeros dueños regresarían y nos expulsarían después de quinientos años de ocupación”. A principios del siglo XX, la mitad de la población era no musulmana, la mayoría de ellos rumíes, los herederos de los bizantinos.
En septiembre de 1955, el gobierno autoritario de Turquía, miembro de la OTAN, fue incapaz de controlar a las masas que saquearon los establecimientos de los rumies (cristianos) y de otras minorías de Estambul, destruyeron iglesias, mataron sacerdotes, recordando el “espectáculo de saqueos y crueldad durante la Caída que describen los historiadores occidentales”.
Se proclamó la República (1923), se cerraron los conventos, se dejó atrás la época otomana y su cultura mística, se olvidó toda aquella civilización sutil, creyendo que al reformar el alfabeto se pasaba a ser europeo. Pamuk habla de ciento cincuenta años de decadencia, para descubrir la nación entre las ruinas, deseosos de olvidar, demostrando que el gran Imperio Otomano se había hundido para levantar el Estado de la República de Turquía.
En “Estambul, ciudad y recuerdos”, del que afirma es “un libro de memorias”, hay una amena redacción de presentes y pasados, de vivencias personales y confusas historias colectivas, esta agradablemente ilustrado con 148 fotografías en blanco y negro que reafirman el gris y la penumbra que el autor insiste en expresar sobre las calles, la ciudad y el Bósforo. Pamuk, en un hecho que puede ser interpretado a partir de una frase que él mismo escribe:
“Yo ya tenía cierta experiencia en aceptar elogios”, no deja de pecar de narcisista cuando agrega en exceso, a las agradables ilustraciones anteriores, 27 fotos personales (además de otras familiares) donde se muestra en distintas edades y escenarios.
www.franciscobautista.com
Managua, 1 de
diciembre de 2006.
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