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  CON TODO EL PODER DE LA INFORMACIONManagua, Nicaragua - Sábado 09 de Diciembre de 2006
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Nuevo Amanecer
dic 9, 2006

LOS GIRASOLES CIEGOS (2004)

(Motivación a las obras de la Literatura Latinoamericana y Española SS.XIX y XX

Alberto Méndez (Roma, 1941-Madrid, 2004)


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Alberto Mendez.

Creo que fue a Borges a quien se lo escuché por primera vez (perdón, quise decir “leí”) que la derrota es mucho más literaria que la victoria. Probablemente él no es el primero en decirlo, y no hace más que repetir la misma idea de Shakespeare, de Virgilio, y hasta del mismo Homero, quienes nunca contaron una victoria que no pareciese muchas derrotas. Pero si bien es cierto que el Paraíso Perdido, es decir, esa imagen de Milton en la que dos enamorados, recién venidos al mundo, Adán y Eva, se dan la mano desterrados del Edén, y llenos de vergüenza, es mucho más literaria, tiene visos más artísticos, que el mismo Paraíso Recobrado.

El fracaso, después de todas las modas que lo hicieron literario, es una historia más profunda que contar. La victoria, con honrosos intentos, no se ha podido contar bien. Probablemente ni la una ni la otra son más inherentes o más verdaderas al hombre y la mujer. Pero si es verdad que de alguna manera, uno, cuando escucha una historia, se siente más cercano al vencido que al vencedor, y de forma literaria, uno se inclina a acompañar al vencido en su largo camino de regreso a casa. En la vida, es más complicado. Y aún más hoy, que se sabe muy bien quiénes son los que pierden, y a veces no tanto quiénes ganan. Pero estar en el bando de los vencidos obliga a adoptar un compromiso o una actitud.

Para la derrota hay canciones, y hay historias, y cuando estas historias se cuentan con el ritmo de canciones, la literatura se convierte en una experiencia. Es lo que me ha ocurrido con el libro Los Girasoles Ciegos. Desde su primera historia, contando las peripecias del rendido Capitán Alegría hasta la del poeta joven en su huida con su mujer y su hijo, el libro estremece y no se olvida. En total son cuatro historias, cuatro derrotas.

La sorpresa sobre todo ha sido, porque en los últimos años, o sea, más de sesenta después de que acabara, la guerra civil española ha pasado a ser una moda literaria. Se han publicado cientos de libros sobre el tema, y se han escrito un montón de ensayos, de entrevistas. Las televisiones se han esmerado en buscar y rebuscar archivos olvidados, y hasta se han producido disputas entre administraciones del mismo país por el archivo de documentos extraviados, además de proponerse leyes sobre la memoria histórica. Y digo que ha sido una sorpresa encontrarse con el libro de Alberto Méndez porque no se trata de un best seller, aunque ya van varias ediciones, y tampoco es un autor de moda. Al contrario. Se trata de un autor ya muerto, hace muy poco, y poco después de ver su obra publicada, pero que se conoció más por su dedicación a la labor editorial que por ser meramente escritor, aunque se presentó y ganó muchos concursos de cuentos. De hecho, algunas de las historias que conforman el libro, cuatro en total, fueron objeto de galardones literarios.

La sorpresa ha sido igualmente leer que un autor desconocido totalmente, al menos para mí, sea capaz de captar ese último y primer secreto de la Literatura, para que se convierta en obra maestra: el ritmo. Y en particular, el ritmo de la derrota, el ritmo de los vencidos, o como en la curiosa historia del capitán Alegría, el ritmo de los rendidos.

El Capitán Alegría se rinde al bando derrotado. Ya de por sí curioso, sin otra razón que la que sabemos por la trascripción del juicio desde donde salió sentenciado a muerte. Se rindió porque se dio cuenta de que su bando no quería vencer, sino matar totalmente al enemigo, y eso le dio pavor. Este último gesto de humanismo, este último recuerdo de un ser humano en medio de la muerte, como la imagen del mismo en el fondo de una fosa común, y casi resucitando, es la aportación de esta historia que encabeza el libro editado por Anagrama y que si tienen la oportunidad, no deben perderse.

La derrota no admite más compañía que la de los derrotados, igual que la soledad. Este tipo de libros no se han podido leer hasta más de sesenta años después de una guerra, en la que aún siguen existiendo vencedores y vencidos. Esto da una idea de cuánto puede sangrar una herida, sobre todo si se ahoga durante mucho tiempo el grito de dolor. Esto lo produjo una larga dictadura de cuarenta años en España, donde ni siquiera se podía decir que estuvieran prohibidos algunos libros de célebres derrotados y asesinados o muertos como García Lorca o Miguel Hernández. En la época de Franco, se sabían muy bien los versos de las Nanas de la Cebolla. Pero se había infiltrado hasta la médula de la sociedad el sentimiento de necesidad de aquella dictadura, como el orden necesario después de un caos de dimensiones cósmicas.

Es fácil, y aún más para mí, hablar de heridas, de secuelas de una guerra que no viví ni de cerca. Es fácil reseñar para cualquiera el dolor, decir lo que me han dicho, contar lo que me han contado. Es fácil administrar una herencia, sin saber lo que ha costado. Pero en esa facilidad hablamos del mismo modo, con el tono de la certeza, como si lo supiéramos todo, de épocas más remotas, y hasta nos atrevemos a opinar, después del tiempo. Aún más, nos jactamos de tener las soluciones, las explicaciones y las respuestas del pasado, nada de eso nos ha servido para atajar las consecuencias futuras de nuestras acciones de hoy. De hecho, esto me hace no creer en esa máxima que dice quien no conoce su historia, está condenado a repetirla. Yo más bien diría, que estamos condenados, aún conociéndola, a por lo menos a reproducir ciclos. Los horrores de Hitler fueron replicados con una bomba norteamericana con un nombre cínico escrito en su panza antes de ser lanzada sobre Japón, y siguieron siendo reproducidos en Camboya, Vietnam, Ruanda, Congo, Irak...En fin, ya estoy cayendo otra vez, es fácil decir muchas cosas, pero no es tan fácil contarlas.

Alberto Méndez se ha unido a su historia (quién lo iba a decir). Ya fallecido, no podrá disfrutar del éxito que está empezando a cosechar su novela, o su colección de historias, como si fuera una opción haberse unido a sus historias de vencidos, dejándose vencer por la vida antes de ver su historia en boca de mucho mundo.

Para los derrotados, para los vencidos, un poco para todos nosotros, se cuentan las historias, un consuelo antes de irse a dormir y volver a casa.



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