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  CON TODO EL PODER DE LA INFORMACIONManagua, Nicaragua - Sábado 23 de Diciembre de 2006 - Edición 9464
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Artistas sin arte


Artistas sin arte - Foto

París / El País

Enrique Vila-Matas lleva años escribiendo sobre escritores que renuncian a escribir. Lo suyo es la desaparición, fundirse en el paisaje como las huellas de pisadas en la nieve o en la arena.

Los artistas contemporáneos participan en parte de esa obsesión, pero sólo en parte: han dejado de pintar, han dejado de dibujar, de esculpir o, más simplemente, de preocuparse por el encuadre de sus fotos o las comas de sus frases para centrarse en el hecho mismo de ser artista. Su condición de tal ya no depende de su habilidad “para hacer bien una cosa” (María Moliner), pues esa habilidad ha perdido todo valor a favor o en beneficio de otras calidades.

Simplificando, el día en que Marcel Duchamp transformó un urinario en escultura arrebató definitivamente a la Academia el derecho a extender títulos de “artista”. Ahora son los propios artistas, con la ayuda de comisarios, conservadores, críticos y, sobre todo, del mercado, quienes convierten en arte un montón de piedras y en artista al hombre que transforma los globos infantiles en forma de perrito o corazón en gigantescas esculturas de acero inoxidable.

La dinámica del artista autoproclamado validada por su capacidad para atraer millones en torno a su creación ha despertado y despierta cada vez más escepticismo. La famosa obra de teatro Arte, de Yasmina Reza, resume la situación.

Pero hay instituciones que tienen que seguir funcionando, que no se pueden dejar vencer ni por la duda ni por las fluctuaciones especulativas. Siete museos franceses --los de Montpellier, Poitiers, Bayona, Ajaccio, Rouen, Toulouse y Grenoble-- se han sumado a la “prueba del algodón”, a la que el Louvre lleva sometiendo, desde hace años, a determinados artistas y escuelas. Es la prueba del dibujo.

La época prefiere la creatividad a las creaciones, el discurso a su materialización. El dibujo permite reanudar el hilo roto, porque es la base misma de un proyecto, su esbozo fundamental, el origen a partir del cual desarrollar la idea. Es bien sabido que en la tradición veneciana, durante más de un siglo, el dibujo igualó en importancia a la pintura, cobró autonomía y llegó a existir por sí solo, no como el imprescindible paso previo a la llegada de los pinceles y el color.

Ser un buen dibujante ya era ser artista, no era imprescindible que aquella abstracción surgida del lápiz --la realidad no tiene contornos, no está hecha de líneas-- se colorease o cobrase tres dimensiones. Goethe, cuando viaja por Italia, escribe: “Aquello que no he dibujado, no lo he visto”. La comprensión surge de esa técnica, de ese arte del dibujo.

Klee busca lo mismo cuando dice que “el arte no reproduce lo visible, sino que lo hace visible”. Todas estas exposiciones permanecen abiertas hasta febrero de 2007 y vienen a sumarse a las que recientemente el Museo d’Orsay ha dedicado a Jean-François Millet y Maurice Denis, el Louvre a Hubert Robert y François-Marius Granet, el propio Louvre y el Petit Palais a Rembrandt, y el palacio de Bellas Artes de Lille al dibujo romano del XVI.

Todo el país anda embarcado en el redescubrimiento de la delicada verdad del dibujo, una verdad artesana, técnica, aprendida, a la que se agarra como un clavo ardiendo para no tener que vivir en un mundo de artistas sin arte.




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