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  CON TODO EL PODER DE LA INFORMACIONManagua, Nicaragua - Domingo 24 de Diciembre de 2006 - Edición 9471
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Holanda: de la recurrencia y la antropofagia


Holanda: de la recurrencia y la antropofagia - Foto

Los cuentos son artefactos de sabiduría. El cuentista no es un soldado en campaña, sino un guerrillero que libra los oscuros duelos de una batalla (esto ya lo dijo y copió alguien en algún lugar). En provincias se vive para el hastío o el martirio, la poesía o la burocracia. Y contra ese tedio es que existen (o deberían) los libros de cuentos.

He tenido que pensar de nuevo esas verdades a partir de mi lectura entusiasmada del primer libro de cuentos de Rodrigo Peñalba, Holanda (Managua: CNE, 2006). Porque, como se sabe, los cuentistas son los dueños del vértigo. Cada cuentista es su propio antologador caníbal. Se come los restos y amenaza con desaparecer. Cada cuentista sabe cómo acomodar el vacío. Su virtuosismo es la elipsis. Su territorio patrio la velocidad morosa (sí, es territorio también del oxímoron, patrocinado por Kafka).

Es esto lo que he encontrado en Holanda, y que es poco frecuente encontrar en volúmenes completos. (Holanda tiene 84 páginas, muy bien sostenidas todas. Para un cuentista es toda una hazaña, porque generalmente, en territorios del cuento, uno gana por puntos, aportando una sola narración a las antologías.)
Los cuentos de Peñalba están muy concentrados en los mundos de los personajes, nunca sobrepasan de manera violenta sus perspectivas, nunca desprecian al lector por “explicacionismo”. Holanda muestra que no es lo mismo fárrago que misterio; que el misterio no se crea con las palabras sino con el silencio. O el consejo de Bresson: no corras tras la poesía, ella entra sola, en las elipsis.

Es notable también el distanciamiento ejercido por estos cuentos; aquel concepto fundamental del que sabe que no todo es narrable, y que la narración “asiste sola” a su propio desenvolvimiento. Sobresale también el hibridismo y nomadismo discursivo que se vuelve interpelación del conocimiento (tensión con la parábola, la sentencia, los géneros fragmentarios).

No está demás recordar que la literatura se hace hoy entre la técnica y el mercado; entre el modo publicitario y hollywoodense (que exige historias narrables) y las grandes empresas editoriales que venden como “nuevo” mucho de lo viejo, y como “fresco” no poco producto podrido. Hay una literatura oficializada por las editoriales grandes que es cada vez más complaciente y menos exigente, y que tiende a hablar de manera muy superficial de “la diferencia”. Hay, de manera dispersa, literaturas que reactivan enseñanzas vanguardistas, y es ahí donde yo pondría los artefactos escritos de Holanda.

Las vanguardias son, en realidad, ciclos que incuban de manera inesperada, y en contextos disímiles. Su modo de saber es esencialmente contradictorio: antropofagia, meandro, limo, origen. Y, en efecto, una de las imágenes favoritas de Holanda es la antropofagia. Hay una chica circulando por Bristol que devorará a todos los ingleses (“Western eyes”); las causas parecieran temporales: el río resume la historia de la ciudad, el cuento activa los sedimentos naturales y sociales (ahí donde esta chica marginal reside), el cuento es una especie de meandro en el que el tiempo parece recurrir (ir para atrás, hasta el origen) de manera inesperada.

En la antropofagia lo que Peñalba, parece querer reactivar y contradecir es la lógica de la filiación, la genealogía y la historia, como bien lo describe, de manera casi científica el cuento “El pájaro de fuego”: no hay tal historia, sino una recurrencia entre maligna y sabia de los viejos que se tragan a los jóvenes. Pero los antropófagos no son solamente sapientes y terminantes, como el pájaro de fuego, o marginales como la chica de “Western eyes”, también se agazapan en los aparatos de poder y represión (“En el retén”). Hay una recurrencia a Hamlet, en el cuento (elíptico, breve y habilidoso) “Charles & Camilla”, que es otra forma de antropofagia: el espectro de Diana, princesa de Gales, ha desplazado al del viejo rey Hamlet dentro del primer acto de Hamlet.

Algunos otros relatos son meras incitaciones del ambiente, del contexto, inmersiones subjetivas que no tienen por qué tener argumentos, fragmentos que sólo relucen, respiran y se apagan (pero cíclicamente). Algunas veces se trata de maquinaciones apocalípticas sobre Managua y Nueva Orleans, entre otras ciudades. Otras, complicados juegos de identidad, con James Bond, por ejemplo, o, en el magnífico “El Mercenario”, con los pasados y las identidades vertiginosas de un asesino cosmopolita.

Este cuento se presenta como una especie de centro arbitrario y significativo del libro entero; se dan cita la genealogía y la herencia, la filiación y el horror de la memoria. Cierta cercanía lógica con el Funes de Borges (la memoria que no termina), haría pensar en un manierismo. Holanda salta este escollo, conciente, como está, de que una mente mercenaria, multiidentificada, no decodificable es la que habita el sentido de la ciudad (pos)moderna.

No hay solamente sabiduría en estos buenos cuentos, sino también evasión, escape y olvido de tal sabiduría.

En la tramas reluce siempre el problema de la filiación, como ocurre con aquel niño islandés que es llevado a conocer los glaciares (el intertexto con García Márquez resulta obvio), y es abandonado a su suerte por su padre y por el cataclismo (el cuento se llama “El glaciar”), y crece de manera silvestre en el bosque.

Este niño ficcional dice lo que muchos nos hemos repetido de diversas maneras, y lo que es, quizá, la sabiduría básica de Holanda y de la apretada factura de sus narraciones: “Seré un ángel de furia para mi país. Mi enfermedad es la nación y debo eliminarla, debo curarme.” El cuentista es, por cierto, quien como tarea de vida o muerte se dedica a eliminar los lastres.




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