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  CON TODO EL PODER DE LA INFORMACIONManagua, Nicaragua - Miércoles 03 de Enero de 2007 - Edición 9471
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El jinete que miraba de frente

El actor y director cinematográfico Clint Eastwood, con 76 años y dos películas nuevas, brilla como un icono de la cultura contemporánea, según el libro biográfico Tras las huellas de Harry, escrito por Ángel Comas y publicado por T&B Editories


Se enciende cerillas en la barba con la misma firmeza con que derrite las entrañas de un ama de casa. No necesita la violencia de un arma para matar un pez gordo corrupto en plena boda de su hija; le basta con encañonarle a base de cuatro verdades.

Es autor de personajes que buscan una justicia propia en las calles y que no tienen por qué ser esencialmente buenos. Los secretos y misterios de Clint
Eastwood, aquel chico que comenzó como guapo de anuncio y hoy es filósofo de las oscuras líneas de la ambigüedad y narrador cabal y profundo de la atormentada conciencia norteamericana, quedan a la vista en “Clint Eastwood. Tras las huellas de Harry (T & B Editores)”, la biografía que ha escrito Ángel Comas.

A sus 76 años, este jinete nómada icono de la cultura contemporánea vive momentos dulces. Ya es una leyenda, pero sigue buscando cosas, enfrentando verdades propias y ajenas, como ha hecho en su último trabajo.

No ha querido ver desde un solo ángulo, que ensalce la heroicidad y la miseria de los suyos, lo que ocurrió en la II Guerra Mundial por el frente del Pacífico. Con sus conchas de viejo sabio, ha creído conveniente enfrentar de nuevo a japoneses y estadounidenses en dos películas con sus propias versiones: Banderas de nuestros padres, que se estrena en España el 3 de enero y muestra las hazañas y penurias del bando americano, y Lamps before the wind, la versión nipona, que ya ha exhibido con éxito en Japón.

Para Ángel Comas, este último proyecto es algo que demuestra la esencia de Eastwood: “Es un tipo muy honrado”, asegura su biógrafo. Pero oscuro al tiempo. Y como magnífico creador, transparente en su propia oscuridad. Cuando crees que ha querido decir una cosa, salta con otra. Por eso ha elegido a Harry el Sucio para el título.

“Porque de todos sus personajes es el más difícil de definir; cuando crees que es un fascista, te sorprende como anárquico”, dice Comas.

En Harry está siempre presente esa búsqueda de una ley propia, difusa, ese retrato de la violencia como carácter esencial de toda una forma de vida y como columna vertebral de su país. Algo que después lleva a la cima en Sin perdón, donde escarba las entrañas más oscuras y contradictorias del ser humano a través del asesino arrepentido William Munny, o en Mystic river, que aborda la ley oculta que impera en la autenticidad de los hombres, además de su última gran historia de amor, Million dollar´s baby.

Son tres obras maestras que le han encumbrado como el cineasta que porta la llama del mejor clasicismo americano en el cine actual.

Quienes le vieron comenzar como maromo atlético en la compañía Universal, quizá no creyeron entonces que aquel tío guapo, de familia humilde --su padre alternaba empleos por toda la costa Oeste-- que fue profesor de natación, camarero, bombero, limpiador de piscinas y fanático del jazz --cosa que hoy le queda, como demostró en una de sus más sentidas películas, Bird, la historia de Charlie Parker-- iba a ser un referente fundamental para que comprendieran hoy mejor que antes su propia naturaleza genuinamente norteamericana.

Welles se quita el sombrero

Quien sí lo vio claramente fue nada más y nada menos que Orson Welles, que en una entrevista emitida en el Merv
Griffin Show, en 1982, dijo: “Creo que Eastwood es el director más infravalorado del mundo, y no hablo de él como estrella.

No se lo toman en serio, de la misma manera que nadie toma en serio a las chicas guapas. No creen que sean inteligentes, sino simplemente bellas.

Han de ser un poco feúchas para que los hombres las perdonen. Delante de Eastwood me quito el sombrero”, proclamaba el genio, que, como su admirado Clint, había sido actor, director y además creador de un mundo con luces y sombras.

Al principio, Eastwood estaba seguro de su físico, algo que todavía hoy le obsesiona, aunque no sabía decir una palabra ante la cámara.

Cuando una actriz famosa, de cuyo nombre no se acuerda y a la que limpiaba la piscina, le mandó a Universal a cobrar su factura por el trabajo, un agente se fijó en él. Era Artur Lubin. Nadie mejor para meterle en el negocio.

Eastwood no se ha olvidado de él. Cuando ganó su Oscar por Sin perdón, el cineasta le llamó por teléfono y le invitó a comer.

Aquella película era la consagración completa de este corredor de fondo inquieto y controvertido que reconocía como maestros a Sergio Leone, padre del spaghetti western, y a Don Siegel, “de quien aprendió la economía narrativa’, dice Comas, tanto en Harry el Sucio como en La fuga de Alcatraz.

Probablemente ambos vieron ya en él a un alumno aventajado que seguiría la estirpe de John Ford o John Huston, a quien Eastwood homenajeó en la fascinante e inclasificable Corazón blanco, cazador negro. “Incluso, cuando trabaja como actor hace propias sus obras, pasaba en Harry y ocurre con “En la línea de fuego”, que no es una película de
Wolfgang Petersen, es una película de Eastwood, un Harry crepuscular”, asegura Comas.

En aquella historia corría con la perseverancia de quien lo hace seis kilómetros al día, su marca cotidiana, y en cada carrera, como agente de seguridad a punto de pasar a la reserva, mostraba las marcas de una digna entrada en la vejez.

Es algo que lleva a gala jurando que jamás se hará la cirugía estética: “Estoy orgulloso de mis arrugas”, ha dicho el artista más de una vez. Unas arrugas a las que ha llegado sano y cuidándose a lo bestia. Nunca fuma, no come pasteles, ni helados, ni verduras congeladas, ni carnes rojas. Desayuna zumos de uva, brotes de alfalfa y tortas de avena. Así ha cabalgado lejos, sin altibajos en su larga carrera, pero pagando con sudor un reconocimiento que le vino tardío.

Desde abajo hasta arriba, empotrado ya en el rango de las leyendas, provisto de una tozuda brillantez junto a la que nunca ha faltado independencia, con su propia productora, Malpaso, pero también austeridad y pragmatismo, como sostiene Comas en el libro.

Es, más que director de cine, autor a la americana, es decir, uno de los pocos privilegiados que suelen controlar el producto hasta el final, aunque a veces con concesiones, como en su tratamiento de la pena de muerte en Ejecución inminente. “Ya desde El jinete pálido impone una propia visión del mundo”, asegura Comas.




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