El estribillo
David Ocón Para Danilo López
Tendido sobre tu cuerpo vio las sábanas de seda estrujadas tiradas en la alfombra oscura que la luz del velador incipiente apenas revelaba. En Contreras sobre las faldas del Ajusco divisaba la Ciudad de México extendida en el Valle hasta el confín como una claridad diáfana cortada en verticales tajos sucesivos. Hicieron fila casi tres horas para ocupar los primeros puestos, el concurso era la oportunidad única, esta vez las casas comerciales unidas juntaron cantidad de electrodomésticos y utensilios para el hogar. La pirámide, inmensa agrupación de chunches inestables, requería destreza total, sudar la gota gorda hasta alcanzar su cima y besar la medalla de la Lupe antes de escalar. El público empezó a aplaudir cantando el estribillo ocasional: “Arriba papi p’arriba, arriba papi p’arriba, arriba papi p’arriba, arriba papi p’arriba”. Te reíste hija de puta. ¡Miren a ese naco cómo pone la cara de imbécil! Te burlaste del hombre. “Arriba papi p’arriba, arriba papi p’arriba, arriba papi p’arriba, arriba papi p’arriba”, sus hijitos palmotearon animándolo, su mujer pensó que ya no esperaría años para equipar la casa completa, porque “Blanco abarata la vida”, “Vaya, vaya a Junco Tacubaya” y “La Esquina del Reventón” eran pura pinche propaganda y ahí nadie le partía la madre a los precios.
¡Miren qué imbécil! El enorme televisor mostró el concurso dominical de “Televisa” empotrado en un muro del salón, mientras la cena iba a servirse, reunidos ante la chimenea encendida esperaban tomando el aperitivo. Tu madre, falda larga y botas altas, acababa de llegar de Los Ángeles con tu marido, el joven diputado exitoso del PRI, guapo, oloroso a Vetiver de Guerlain y a culo recién entalcado. El viejo se esforzaba al máximo como cuerda tensada a punto de reventar, los dientes apretados parecían soldarse entre sus mandíbulas, si alcanzaba la cima llevarían al tugurio los tiliches equivalentes a cargar cientos de bultos deslomándose y chingándose los riñones en el Mercado de La Merced.
En El Pedregal de San Ángel las fachadas son muros ciegos y las áreas sociales, ventanales corridos de piso a techo orientados a jardines internos. Tu primo llevó a sus amigos de la universidad. Conviene apantallar de vez en cuando a estudiantitos pendejos para que vean lo que es bueno, qué significa triunfar y se dejen de ideas exóticas, a las nuevas generaciones tenemos que quitarles esas babosadas de la cabeza. ¡Se cayó!, ¡se cayó!, ¡se cayó!, tu carcajada histérica de alocada perra rica resonó en las vitrinas llenas de porcelanas y cristales.
La familia Sánchez de nuevo derrotada caminó en silencio a la terminal, los camiones al Ajusco, a Contreras y a la Magdalena Mixuca recorrían la ciudad con su pasaje apretujado oliendo a rayos, a león, a los olores más nauseabundos, extractos de pobreza sudada y macerada en ropas de mezclilla y cuerpos no acostumbrados al baño porque el agua nunca llegaba. Se desnudaron, te le tiraste encima con salto de auténtico tigre embramado, se la hundiste toda con toda tu rabia reprimida acumulada desde tu infancia mísera, la hiciste temblar y aullar de dolor. ¡Canta cabrona canta!, ¡canta hijueputa!, ¡ahora canta hija de la chingada, ahora canta!: “Arriba papi p’arriba, arriba papi p’arriba, arriba papi p’arriba, arriba papi p’arriba”. Llegaste a su mansión a chambear de jardinero y aquel estudiante nicaragüense te lo contó.
Amaos los unos sobre los otros, mamaos los unos sobre los otros, devoraos los unos sobre los otros. También la lucha de clases puede empezar en ámbitos privados y en las camas de los cuartos.
Managua, 26 de diciembre de 2006.
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