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  CON TODO EL PODER DE LA INFORMACIONManagua, Nicaragua - Miércoles 03 de Enero de 2007 - Edición 9477
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Weinberger, Pinochet y la maldición de Metternich


Weinberger, Pinochet y la maldición de Metternich - Foto

Durante el apogeo del imperio de Napoleón I, el conde Klemens de Metternich --investido como príncipe por Francisco I de Austria-- fue un promotor incansable hasta el fanatismo de la guerra contra el emperador, pero más que todo contra las reformas sociales inspiradas por la Revolución Francesa. La ferocidad del príncipe de Metternich fue proverbial, y su instigación para instaurar una ambiciosa política ultraconservadora proclive a los intereses de la nobleza refractaria al cambio erradicó por años cualquier intento de suscitar la equidad social en Europa.

El espíritu de Metternich era adicto al poder monárquico sobre las masas populares. Su radicalismo político y el control implacable de las sociedades europeas que él impulsó se volvieron ejemplos a seguir para los estados conservadores con inclinaciones dictatoriales, y vaya que sí lo siguieron, y aún hoy lo siguen. El año 2006 será recordado efectivamente, entre otros hechos, por el fallecimiento de dos seguidores puntuales y puntillosos de la doctrina de Metternich: Caspar Weinberger y Augusto Pinochet Ugarte.

Ciertas decisiones trazan sin equívocos la personalidad de algunos seres humanos: Weinberger fue el artífice del programa armamentístico de la “Guerra de las galaxias” durante la presidencia de Ronald Reagan, y estuvo en el centro de la tormenta durante el escándalo Irán-Contras para financiar ilegalmente a la Contrarrevolución nicaragüense en la guerra de baja intensidad que él y otros halcones reaganianos le impusieron a Nicaragua en la década de 1980, lo que provocó su salida del gabinete estadounidense, pero no su caída, porque fue redimido por el perdón presidencial que le otorgó su amigo, George Bush senior, en 1992.

Pinochet Ugarte, según dejan entrever las declaraciones que en los últimos años prodigaba su esposa, Celia Hiriart, y las que él mismo hacía, decidió el golpe de Estado de 1973 contra el presidente Salvador Allende, y las posteriores caravanas de la muerte y otras prácticas represivas en la recámara matrimonial, donde él y su cónyuge se convencían de que no había otra forma de contener al marxismo que se apropiaba de Chile que a sangre y fuego, traicionando la lealtad prometida al gobierno, y a costa de miles de muertos y torturados y exiliados.

En apariencia sin mucho en común, Weinberger y Pinochet fueron destacados mediocres disfrazados de hombres visionarios, aunque poco de visionario tuvo Weinberger cuando fue secretario de Educación y de Asistencia Social durante la presidencia de Richard Nixon, uno de los períodos de mayor deterioro en el sistema educativo que haya tenido Estados Unidos, y nada tuvo de visionario Pinochet cuando plegó su investidura militar a las órdenes de la oligarquía chilena y de los poderes fácticos que querían dominar las finanzas del país sudamericano, aun cuando él insistía en haber salvado a su patria de una caída inexorable hacia la pobreza, que no sólo no combatió, sino que prácticamente instituyó.

Caspar “Cap” Weinberger tenía costumbres típicas de político conservador, reconcentrado, de humor seco, tal vez con alguna amante joven y bien aleccionada para permanecer tras bambalinas, mientras que Augusto Pinochet tenía las costumbres del político subdesarrollado, adorador de los desfiles autoapologéticos, los trajes militares ostentosos y pasados de moda y de las amantes ridículas, una de ellas es ahora la bien amada de otro grotesco remedo de estadista, el argentino Carlos Saúl Menem. Pero ambos tuvieron una mujer adorada, la ex primera ministra británica Margaret Tatcher, réplica exacta de lo que ellos eran: cifra y suma del fascismo globalizado.

El sino de algunos es que no se pueda confesar abiertamente su verdadera naturaleza, so pena de reducirlos a la condición de subhumanos. Dedicados a imponer sus intereses a sangre y odio, no deja de ser curioso que Weinberger y Pinochet hayan sido definidos como hombres de paz. “Cap Weinberger fue un luchador incansable por la paz a través de la fuerza”, dijo el ex secretario de Estado Colin Powell al referirse a la figura del padre de la doctrina Weinberger. Augusto Pinochet Molina, nieto del golpista, aseguró en las exequias de su abuelo que “… fue un hombre que derrotó el modelo marxista que pretendía imponer su modelo totalitario no mediante el voto, sino más bien derechamente por el medio armado”.

Weinberger pertenecía al consejo del grupo Forbes --compañía especializada en los estudios de mercado y en el progreso de los magnates-- a la hora de su muerte. Pinochet enfrentaba un juicio por su participación en desfalcos millonarios contra el gobierno chileno y en cientos de crímenes de lesa humanidad ordenados bajo su régimen. El poder de ambos, a pesar de los mimos de la oligarquía y las elites económicas, se mermó hacia el final de su vida y los otrora poderosos terminaron como caricaturas de sí mismos, vistos como resabios de un pasado brutal e intolerante, el de la globalización y el libre comercio, rapaces y deshumanizados impuestos por los halcones Nixon, Reagan y Bush senior, y exacerbados hasta el descalabro por George Bush junior.

Tras la caída de Napoleón I, el príncipe de Metternich lanzó una ofensiva despiadada contra las ideas liberales, la incipiente izquierda, los líderes obreros, el campesinado y los intelectuales. La ofensiva funcionó varios años, pero derivó en las diversas revueltas y revoluciones que conmovieron Europa en el siglo XIX. Metternich no pudo resistir el empuje de la inconformidad social y acabó arrasado por las revoluciones de 1848. El pueblo castrado por un conservadurismo intransigente resultó más fuerte en su lucha que el odio de Metternich al pensamiento liberal, y el príncipe se retiró a morir en el desprestigio.

El culto a la inmovilidad siempre ha sido sobrepasado por la vida en movimiento y la necesidad natural de evolucionar. Weinberger y Pinochet, sumos sacerdotes del culto a la inmovilidad, necrófilos de vocación, murieron en el ocaso de la globalización por la que condenaron a muerte, tortura y pobreza a millones de seres humanos. En el Chile que reprimió hasta el delirio Pinochet tuvo que ver el ascenso a la presidencia de Michelle Bachelet, política de izquierda, hija de una de sus víctimas y víctima ella misma de la “mano dura” del traidor a su patria. En los Estados Unidos Weinberger pudo constatar el fracaso de su doctrina de ocupación y asolamiento inmediato que recomendaba en las acciones militares punitivas del Ejército estadounidense, ya que Bush junior y sus neocons han enterrado al ejército en las arenas iraquíes, y la maquinaria financiera anglosajona-israelí no ha sacado nada en claro de la guerra contra el terrorismo. Los seguidores de Metternich están condenados al sino del príncipe, conocer el esplendor y morir en la infamia y el fiasco.




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