El maldito refulgir de una piedra
Aquí el ganador del Nobel. Pero, ¿le ha llegado en buen momento? ¿Es positivo para un escritor como Pamuk? La respuesta no la da Pamuk, claro; pero Daniel Centeno, periodista, escritor y jefe de comunicaciones del grupo Alfaguara en Venezuela, se acerca a la obra del escritor turco para aproximarse a una respuesta que, como todas, es una opinión sincera Daniel Centeno
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| Orhan Pamuk, Premio Nobel de Literatura. |
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En la literatura también existen las piedras preciosas. La mayoría se transmuta en clásicos inmortales de incalculable valor, como Cervantes, Shakespeare, Dickens, Tolstoi, Balzac, Borges o Kafka. Otras, más veladas y siniestras, se presentan como hallazgos de espeleólogos, tesoros de corsarios, ilusiones de enfermos de literatura. Ante ellas sus descubridores se comportan casi como herméticos miembros de una secta. Luchan por sumergir las perlas en mares turbios. Les pasan siete llaves y un candado a los depósitos en donde las encierran. Incluso, no es exagerado afirmar que su utilización es directamente proporcional a los más recónditos vericuetos de la frivolidad intelectual: sólo son sacadas a relucir en careos o duelos de inteligencia y cultura, como si de unos cromos de coleccionista se tratase. Entre esas joyas Robert Walser, Witold Gombrowicz, Henry Murger, Gustav Janouch o Hermann Broch refulgen con luz propia. Hasta hace poco lo mismo podía decirse de Orhan Pamuk (Estambul, 1952). Lástima que el reciente Nobel haya aguado la fiesta.
Hablar de Pamuk es realizar el viaje a una mina que ya ha sido declarada abundante en gemas. Ponerse el casco con la linterna encendida y amarrar bien el pico al morral. Es reconocer a un autor con una vida tan singular como su obra, que intentó ser arquitecto y que luego sospechó que era en el periodismo en donde cambiaría ladrillos por palabras y espacios por párrafos bien distribuidos.
Turco de nacimiento, de familia acomodada y de difícil personalidad, Orhan Pamuk vivió el desarraigo como una persistente llovizna que permea los dominios de su literatura. Su primera novela se publicó en 1982, “Cevdet Bey y sus hijos” (inédita en español), y junto con “La casa del silencio” (Metáfora Ediciones, 2001) fueron dos de sus boletos para ser invitado como profesor de la prestigiosa Universidad de Columbia.
El resto vino solo y con un título que sirvió de pertinente palanca: “El astrólogo y el sultán” (Edhasa, 1994). Con el libro llovieron los elogios de la elite intelectual norteamericana y empezaron las comparaciones con Borges; a saber: dos piedras preciosas; dos tenores diferentes. Primero, porque su historia planeó con soltura sobre el tema del doble. Segundo, porque la trama se ubicaba en tiempos muy lejanos, con mucha erudición y con ingredientes tan distintivos como únicos en la mezcla: científicos italianos en pleno siglo XVII, piratas, astrólogos y su correspondiente toque de metafísica intelectual.
A partir de ese momento Pamuk constituyó una rica veta para los exploradores de nuevas voces. Sus siguientes y últimas novelas hasta la fecha lo patentaron con sobrada contundencia: “El libro negro” (Alfaguara, 2001), “La vida nueva” (Alfaguara, 2002), “Me llamo Rojo” (Alfaguara, 2003) y “Nieve” (Alfaguara, 2005). La primera ahondaba aún más el camino ya señalado por su autor sobre el tema de la identidad, el otro y las referencias históricas al misticismo sufí del popular poeta Mavlana, pero ahora bajo un ambiente de intriga policíaca. Con el tercer título de la lista vino su consagración definitiva para los coleccionistas de cromos, al novelar algo digno de la “Historia universal de la infamia”: en el siglo XVI el sultán Murad III desea inmortalizar su figura en un lienzo. Sin embargo, la ley islámica lo prohíbe. La tentación termina por vencer al monarca, y cuatro artistas elaboran en secreto un libro lleno de imágenes nunca antes pintadas. El problema vendrá cuando uno de ellos desaparezca del mapa.
“Estambul: Memorias y la ciudad” (Mondadori, 2006) es su último libro conocido, y el único que se desmarca del género de la novela. El híbrido, que se pasea entre ensayos, fotografías y vivencias, ayudó a que se confundieran los planos en Pamuk y, en plena promoción del mismo, fuese procesado en su país por haber declarado en una entrevista algo no muy baladí por esas lejanas tierras: que en 1915 fueron asesinados 30 mil kurdos y un millón de armenios a manos de los turcos.
Después de esto se escenificó una obra casi eterna de escapes de su país, movimientos judiciales y cartas de apoyo firmadas por la crema intelectual del mundo entero. En medio de una corredera, prácticamente calcada de los más oscuros vericuetos del thriller político contenido en “Nieve”, apareció un docto señor en Estocolmo que vio al turco como un escritor que “en búsqueda del alma melancólica de su ciudad natal ha encontrado nuevos símbolos para reflejar el choque y la interconexión de las culturas”. Luego del entrecomillado, como ya es sabido, vino el Nobel y el descubrimiento mundial de Pamuk.
Ahora, con el caso cerrado y con los altos niveles de preocupación que trae la fama, el turco mide todo lo que dice, se esconde de la prensa y, cuando no le queda otro remedio, responde con una frialdad casi antártica. Críticos y reporteros alaban su arrojo, maldicen su paranoia, blasfeman su impertinencia y afirman haber conocido esa prosa tan exclusiva mucho antes que el resto del mundo. A todas estas, Pamuk no es tonto, se contenta de haber fracasado en la arquitectura y de que su pasión haya sido recompensada. Sin embargo, en su fuero interno, extrañará haber dejado de ser esa oscura gema que tan pocos atesoraban. Quizás, pensará, con el tiempo volverá a ser tan olvidado como Pinter, Jelinek y Coetzee. Pasará la caravana y volverá a escribir en la única soledad posible: la que brinda una noticia caducada.
Tomado de Carátula.net
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