007 Casino Royale: Martin Campbell y la reivindicación de Bond
La última secuencia de acción en 007 Casino Royale (Gran Bretaña, 2006) no se resuelve con una fulminante explosión y la muerte espectacular del enemigo en turno, sino con el derrumbe de una mansión veneciana --nada fuera de lo común en una ciudad que se hunde sin remedio-- y con la fuga y el éxito del criminal perseguido. De igual manera, la secuencia final no cierra con el agente secreto enredado en el cuerpo de una deliciosa dama, sino con el agente a punto de iniciar un interrogatorio con tintes evidentes de incluir torturas.
La vigésima primera cinta de la saga del espía británico James Bond tiene un prólogo y un epílogo por demás sórdidos e inquietantes, lo que da pie a un trabajo artesanal inspirado y trepidante, a la altura de las mejores cintas de la serie --Desde Rusia con amor, Thunderball y Sólo se vive dos veces--. El veterano Martin Campbell, quien realizó Golden eye, primera cinta del Bond de Pierce Brosnan, supera aquí y con creces su carácter de director de encargo, se beneficia de un guión inteligente y rico en juegos, y dirige con oficio y soltura una película vertiginosa, tensa, ambigua y en verdad entretenida, que significa una ruptura con el viejo Bond, agobiado por los clichés y las recurrencias, como ya lo dejaba entrever Lee Tamahori en la movida y lograda 007 Otro día para morir.
Recién ascendido a agente double zero, James Bond (Daniel Craig) es comisionado por M (Judi Dench) para atrapar al banquero del terrorismo La Chiffre (Mads Mikkelsen), con vistas a un juego de poker millonario en el Casino Royale de Montenegro, por lo que Bond tiene que sujetarse a la supervisión de la contadora de la Tesorería británica Vesper Lynd (Eva Green) y del “contacto” Thamis (Giancarlo Gianinni). Sin embargo, las vicisitudes dentro y fuera del juego rebasan con mucho los planes de Bond, La Chiffre y M.
Con base en la novela homónima de Ian Fleming --un escritor no apreciado como se debiera, pero de quien ahora se han hecho en español traducciones más atendidas que las que se hacían en la década de 1960--, Bárbara Broccoli, heredera de los derechos cinematográficos del personaje, dio a los experimentados guionistas Neal Purvis, Robert Wad y Paul Hagáis carta libre para renovar al agente 007, y vaya que sí lo hicieron. En 007 Casino Royale se eliminaron los clichés típicos del personaje, y en su lugar se le regresó la carga animal que había perdido desde los tiempos en que el gran Sean Connery lo interpretaba. De hecho, del Bond anterior sólo quedó algo que no es un cliché, sino un sonido emblemático, el tema musical del maestro Monty Norman, tanto en su versión original como en las interesantes variaciones que lleva a cabo David Arnold.
Por si fuera poco, Casino Royale expone a un Bond lleno de dudas, fascinado y asqueado de su papel de asesino impune, a más de que se le encuentra despojado de su magnetismo sexual, y sí, en cambio, vulnerable al amor y a las contradicciones del enamoramiento, aspectos para los cuales aportan muchísimo las solventes actuaciones del reparto en general, y muy especialmente el trío Craig-Green-Mikkelsen, que logran rupturas de ritmo y de tono desconcertantes y refrescantes.
Martin Campbell, un artesano conocido por trabajos para lucimiento ajeno --Límite vertical, La máscara del Zorro y La leyenda del Zorro--, se beneficia, como dije antes, de una trama inteligentemente armada, y dirige con brío y un singular tono oscuro, sugestivo, que no parecía dable en el 007, a más de que resuelve con elegancia y ambigüedad las truculencias de la trama --la relación amorosa de Vesper y Bond; la ambición de los criminales, que no es dominar al mundo, sino vulgarmente ganar dinero--.
Pero no sólo eso. Campbell y los guionistas revisan los diversos registros de las cintas de Bond, de las secuencias de acción vibrante --el prólogo y la persecución inicial son de antología--, las intrigas “palaciegas”, a los escenarios exuberantes o clásicos --las Bahamas, Venecia-- para la relación amorosa, y llegan al fin a un nuevo registro, retorcido y aun amoral, que nos deja con un criminal de estado convencido, al menos en apariencia, de su oficio. Una cinta de acción más que pertinente para estos tiempos en que reinicia la Guerra Fría, ahora más violenta y complicada que en su primera fase.
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