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  CON TODO EL PODER DE LA INFORMACIONManagua, Nicaragua - Sábado 13 de Enero de 2007 - Edición 9477
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Laboratorio Inmaculada Concepción

Seis años ganador del Premio Nacional a la Calidad


Seis años ganador del Premio Nacional a la Calidad - Foto

Especial para El Nuevo Diario

“Como mi madre estaba en contra que me fuese a León a estudiar para técnica en laboratorio, pedí raid a unos vecinos que en un camión se dirigían a esa ciudad. Claro, mi papá estaba de mi parte y él la convencería posteriormente”. Así se remonta Rina Córdoba de Taboada al decisivo instante de su vida en que su madre, en un afán protector, le recomendaba no estudiar aquella profesión “cochina y peligrosa”. Contra viento y marea Rina cursó sus estudios en la Universidad Nacional, en la carrera que por razones instintivas había elegido. No era una carrera de moda; baste decir que ella se graduó en la segunda promoción de tecnólogas médicos de dicha universidad.

Pese a que su familia, habitante del barrio San Sebastián, en la vieja Managua, era económicamente solvente, Rina inició a trabajar inmediatamente se graduó, en 1968. Lo hizo en la misma ciudad de León, y eso no sería algo digno de narrar, si no fuese porque al regresar a Managua todos los fines de semana, a diferencia de otras jóvenes, en lugar de divertirse o descansar, Rina los utilizó para montar un pequeño laboratorio en su casa de habitación. Su abuelita le prestó el dinero necesario para comprar unos equipos usados que alguien ofrecía en venta, y así colocó el primer peldaño de la escalera que varios años después la llevaría hasta el éxito emprendedor. Éxito que como veremos más adelante, fue construido a base de perseverancia y trabajar los siete días de la semana.

Si en la lid el destino te derriba

Igual que le ocurrió a la mayoría de la población capitalina, el violento terremoto de diciembre de 1972 también destruyó la edificación del naciente laboratorio. De hecho, el barrio San Sebastián despareció de la faz de la tierra. Pero algo que no destruyó aquel cataclismo fue el espíritu emprendedor de la familia Córdoba, la cual buscó refugio en la ciudad de Rivas. Miguel Ángel Córdoba, padre de Rina y dueño de la empresa de buses Astoria, se instaló con su familia en aquella localidad, decididos todos a no dejarse vencer por la adversidad. Seguro que como buenos hijos de aquella Managua herida se inspiraron en aquel poema que dice: “Si en la lid, el destino te derriba, si todo en tu camino es cuesta arriba... si a tu caudal se contraponen diques, date una tregua pero no claudiques”.

No más se recuperaron del desbarajuste provocado por aquel Richter de siete grados, cuando Rina dio los primeros pasos para montar nuevamente el laboratorio que era la obsesión de su vida. No tenía dinero, pero sí una gran voluntad. Ese era su mayor capital.

¿Cómo inicia su laboratorio en Rivas?

Me fui a hablar con el gerente del Banco Nicaragüense; le dije que quería poner mi laboratorio, pero que no tenía reales y necesitaba un préstamo. `¿Y quién te respalda a vos?´, me preguntó aquel gerente. Yo le dije quién era mi familia, pero que del préstamo me haría responsable solamente yo. Porque antes, con los papás no existía eso de “yo tengo, vos tenés”, como ahora, ¿me explico? No es como ahora, que uno apoya a los hijos y hasta les pone el negocio. No. Yo le ayudaba a mi papá, pero estaba clara que eso no era mío. Sorpresivamente, aquel gerente me dijo: `Te voy a prestar el dinero y algo más; te lo prestaré sin fiador´.

¿Cuánto le prestaron?

Como seis mil dólares. Me fui a Miami a comprar mis equipos y me puse a trabajar como loca. Un año después estaba cancelando ese préstamo.

Volver a empezar

Todo iba muy bien, el laboratorio tenía buena clientela y la población rivense le brindaba su cariño, pero la vida le preparaba otra prueba: su padre enfermó gravemente y su madre consideró necesario regresar a Managua. Su amor de hija le indicó que debía acompañar a sus progenitores en ese duro trance, y decide dejar todo. A finales de 1975 cierra su laboratorio y retorna a la capital.

Rina se instaló en el barrio Altagracia, y en su misma casa montó nuevamente el pequeño laboratorio. Era ella el motor, las alas y la brújula de una nave que nuevamente debía alzar vuelo. Fueron años difíciles, “llegaban unos cuatro clientes al día”, recuerda. Tuvo que asumir un estilo de vida espartano para poder salir adelante. “Me dolió mucho, pero hasta tuve que retirar a mis hijas del colegio privado en que estaban”, añade.

Adicionalmente, hay que considerar que el país entraba en la etapa más decidida de la lucha antisomocista, y esas turbulencias complicaron aún más la situación. Pero como, “todo les ayuda para bien a los que claman”, Rina logró sortear todas las pruebas que la universidad de la vida le preparó para poder graduarse de mujer empresaria.

En 1985, diez años después de haber vuelto a empezar, y pese a las limitaciones económicas que vivía el país, logra trasladar su laboratorio a una casa de la colonia Morazán. Para ese momento el personal había crecido en un 200%. La acompañaba su hija mayor, Rina Marcela, y una muchacha del barrio les ayudaba en la limpieza. Ya eran tres.

El despegue definitivo

En 1990, después de finalizado el conflicto bélico que tiñó de sangre los años 80, nuestra entrevistada conoce que el Banco Nicaragüense está liquidando unas propiedades entre las que se encuentran los módulos del centro comercial Linda Vista. Animada por su hija Karla José, decide aplicar para comprar uno de ellos.

Al salir favorecida en la licitación que hizo el banco, vendió su automóvil, todo artículo negociable y hasta tomó un préstamo bancario para poder asumir los gastos e inversiones que implicaba aquel traslado de local. Cambio que implicaba también incursionar en las grandes ligas de la competencia empresarial entre laboratorios clínicos.


¿Cómo fueron los primeros días en el centro comercial?
Fueron muy difíciles. Invertimos en equipos semiautomatizados, pues era necesario ponernos al día con los avances tecnológicos y los nuevos procedimientos que existían en el mundo clínico. Tuve que ir varias veces a Guatemala a entrenarme. También comenzamos a promover la cultura de la calidad en el personal del laboratorio que para 1993 había aumentado a seis.

Actualidad y futuro

Hace pocos días, Rina cumplió sesenta años. Pese a tener la edad y las condiciones económicas para retirarse a descansar, considera que ha iniciado una nueva e interesante etapa de su vida. El retiro no está dentro de sus planes y más bien está pensando cómo realizar nuevos proyectos. “Todo depende del ánimo que se le ponga y tener una actitud mental positiva”, nos explica. Para ser consecuente con esa manera de pensar, hasta clases de folclor está tomando. Desea celebrar su próximo cumpleaños como buena nicaragüense: bailando un conocido son de marimbas.

El Laboratorio Clínico Inmaculada Concepción (Labinco. S.A.) es hoy uno de los más importantes laboratorios clínicos del país, “el del primer lugar”, según su consideración. Está equipado con lo último en tecnología, de forma tal que no es extraño ver a sus técnicas --la mayoría son mujeres-- realizando complicados análisis, apoyadas por computadoras especializadas para esos menesteres. El software utilizado para el proceso de los trabajos es tan completo que hasta genera un código de barras por cada paciente y por cada examen a realizar.

La empresa genera 37 puestos de trabajo y ha ganado durante seis años el Premio Nacional a la Calidad. Solamente Labinco. S.A. ha ganado el Premio Nacional, y eso que en Managua hay como cien laboratorios clínicos.

En tan formidable conducción empresarial han participado de manera decidida y fundamental Karla José y Rina Marcela, las dos hijas de Rina. Actualmente atienden en la unidad central en Linda Vista y en la unidad El Edén, en el barrio del mismo nombre. En enero abrirán una sucursal en la carretera que va hacia Veracruz, en el departamento de Masaya.

Una anécdota

“Cuando vivía en Altagracia, un día de tantos se me confundió una muestra de heces. Yo la buscaba y la buscaba, pero no le encontraba. De pronto se me ocurre preguntarle a mi mamá si por causalidad no había llegado a tocar algo en el laboratorio. No, me dice, solamente me traje una caja de fósforos, pues los míos se acabaron. Cuando veo la tal caja de fósforos, me percato que era la muestra de heces que yo estaba buscando. Hay que recordar que antes la gente llevaba sus muestras en cajitas de fósforos. Mi mamá casi se muere del asco (risas)... ella que no le gustaba mi carrera porque era “cochina” estuvo a punto de llevarse un buen susto si hubiese intentado encender su cocina”.




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