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  CON TODO EL PODER DE LA INFORMACIONManagua, Nicaragua - Jueves 18 de Enero de 2007 - Edición 9494
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La madrugada del 6 de noviembre regresaba a mi casa después de haber pasado la noche con unos compañeros del MRS a la espera de los resultados de las elecciones, y al llegar a la rotonda Rubén Darío me topé con un numeroso grupo de personas que saltaba con júbilo enarbolando banderas rojinegras. Lo primero que sentí al verlas desde lejos fue preocupación por el carro, pensé que podían golpearlo porque tenía varias calcomanías con el lema del feo que quiere una Nicaragua Linda. Pero pronto me di cuenta de que no había ningún ánimo de violencia. La gente simplemente obstaculizaba levemente el tráfico, se metía en medio de los carros, los golpeaba sin ánimo de dañarlos y mostraba sus banderas en las ventanas de los conductores.

Y mientras pasaba lentamente la rotonda, me sentí tan ajeno entre esas banderas rojinegras, algo de lo que todavía me asusto. Jamás me lo hubiera imaginado, yo que creí tanto en aquella revolución, en aquella idea de igualdad y justicia social, que con los años, después de cada maniobra política, de cada manipulación de las leyes, de cada prebenda, fue quedando claro que de esa convicción sólo quedaba el cascarón de las palabras sin sustento en la realidad.

Por eso es que considero que no existe el beneficio de la duda, del que tanto se ha comentado durante el último mes. Hasta Antonio Lacayo se ha abocado a tal beneficio. Él, que aun en tiempo de silencio electoral mostraba azorado los billetes resellados como advertencia fehaciente de la catástrofe que representaba un eventual gobierno de Daniel Ortega, sin embargo, apareció sonriente en la ceremonia de traspaso de gobierno. Y si alguien todavía, tal vez con el genuino deseo de que las cosas mejoren con este gobierno, mantenía la duda, lo sucedido en la Asamblea Nacional es prueba suficiente para despejar la incógnita.

De la dirigencia del FSLN ya no es posible esperar nada, si hasta los vicios de hacer política heredan a sus nuevas figuras, los relevos que no renuevan nada más que la conducta cómplice y sumisa, como Wálmaro Gutiérrez, quien fue designado, por vínculos coterráneos, a justificar el respaldo de su partido a la candidatura de Juan Ramón Jiménez. Y lo llenó de halagos, de cualidades, posiblemente ciertas, pero que probablemente no pesaron en nada para su proposición. Porque para ese momento ya estaba claro que el objetivo era avasallar a la diminuta bancada del MRS, que no teniendo ninguna posibilidad de incidencia en las decisiones de la Asamblea Nacional, representan, lo que alguien llamó, la mosca cojonera del poder.

¿Habrán sido suficientes los halagos de Wálmaro para convencer a Jiménez a darles la espalda a sus compañeros, a los acuerdos previamente establecidos? Por encima de las especulaciones, esto es muy difícil de saber, pero lo que definitivamente queda claro es que Juan Ramón Jiménez se prestó al juego de quienes trataron de robarle su escaño, y su actitud no respetó a la dirigencia que lo respaldó en la defensa de su diputación, ni tampoco a esos simpatizantes y colaboradores del MRS que durante la campaña, con auténtico idealismo, contribuyeron desinteresadamente con esa organización. No tomó en cuenta las carencias, las dificultades, los endeudamientos, los atropellos, el inmenso esfuerzo de compañeros como Carlos Mejía, que anduvo de pueblo en pueblo llevando el mensaje de la alianza: el de confiar en sus candidatos como ejecutores de una forma honrada de hacer política.

Qué aleccionador acto hubiese sido la declinación de Juan Ramón Jiménez, un evento inusual para esos que se acostumbraron a comercializar con la conciencia. Sin embargo, fue un triunfo más para Mario Valle, para Talavera, para Tomás Borge, que ni la vejez, ni las camisetas del Che, ni el ostracismo del que pronto será víctima lo hacen reflexionar sobre su comportamiento. En fin, fue un victoria para todos ellos, que maniobra tras maniobra siguen deshumanizando el oficio de la política.

¿Qué se puede esperar entonces con este gobierno? Más de lo mismo: la misma desigualdad, la misma forma decadente de hacer política y el mismo discurso revolucionario, que ofende la memoria de los muertos y de los vivos que tanto creyeron y siguen creyendo en el otrora glorioso Frente Sandinista.

fores_centeno@hotmail.com




Comentarios de nuestros lectores

Manuel
Muy bien logrado su artículo, lo felicito. Entonces nosotros los sandinistas nos alimentábamos de mística, honestidad y una moral inagotable. Hoy eso es sólo recuerdos. Los Danielistas son una vergonzosa estirpe.


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