Comentario a la obra de Bonifacio Miranda El parlamentarismo sui generis
Freddy Quezada
Con una pregunta clave que se hace el segundo prologuista de esta obra, Antonio Esgueva (“¿Quién controla a quién, la Constitución al poder o el poder a la Constitución?” ) y la respuesta que brinda el primero, Alejandro Serrano (“La historia constitucional y del Estado nicaragüense ha sido más que nada la historia del poder” ) me parece que se aborda de manera clara y directa, aunque insuficiente, el asunto crucial sobre el Estado nicaragüense en la obra del Dr. Bonifacio Miranda “El parlamentarismo sui generis”.
El Bonifacio político que conozco es sacrificado aquí por el constitucionalista bajo el que se nos presenta. Y la impresión que proyecta es que toda la historia política de Nicaragua ha sucedido entre los ejecutivos y las asambleas, condicionado seguramente por el presente que actualmente vivimos.
El Bonifacio político hubiera preferido hablar de los actores extraparlamentarios que están invisibilizados en esas luchas legales entre poderes del Estado. Porque las luchas eran la consecuencia y no la causa, muchas veces, de batallas fuera de ellos. Por arriba (de la presión del imperialismo norteamericano, de las democracias latinoamericanas y, en su tiempo, de la burocracia stalinista y el castrismo); por debajo (de la acción directa de las masas, de los movimientos sociales juveniles, étnicos y agrarios y de los partidos extraparlamentarios que, muchas veces, constituyeron verdaderas dualidades de poderes); por fuera (de la iglesia, los medios de comunicación, los intelectuales orgánicos de la oligarquía); por dentro (del papel del ejército, de la Costa Atlántica, de los conflictos con las naciones vecinas, de la judicialización de la política, de los cálculos maquiavélicos del partido mayoritario, etc).
Se podría incorporar, incluso, esa nueva perspectiva de las comunidades imaginadas de Benedict Anderson, o de Doris Sommer para el caso de las ficciones fundacionales, a través de las novelas románticas nacionales que se hacían por entrega en los periódicos, la poesía en nuestro caso, y que después pasaron a ser obligatorias en el sistema educativo formal; o el heroísmo nacionalista tardío para nuestro país, en medio de una masa agraria, étnica y desilustrada, que contó con características que dificultaron terriblemente la construcción de consensos y la comunidad de valores por parte de una clase ilustrada dramáticamente pequeña e insegura, con la cabeza en Europa y los pies en América.
Miranda Bengoechea aplica a la historia de Nicaragua las líneas maestras de un discurso claramente emancipador al considerar que, cada vez que se hunden los estados nacionales (según él en tres ocasiones, con la invasión de William Walker en 1856, con el derrocamiento de Zelaya en 1909 y con el derrocamiento de Somoza en 1979) son las clases medias las que lo reconstruyen otra vez con discursos incluso opuestos, pero cuyo sentido es partir de cero, como toda cosmovisión revolucionaria, cuyos orígenes generalmente se sacralizan con sangre enemiga, para terminar pareciéndose a ellos.
Todavía hoy los ideólogos están construyendo fantasías regresivas sobre la burguesía “nacional”, como el mismo Miranda (2006:312) le objeta a Orlando Núñez en su obra La Oligarquía en Nicaragua. Para un autor venido de tradiciones internacionalistas, como Miranda, este tirón un grado a la derecha de todo el espectro teórico, debe sonarle a herejía, visto que para sus paradigmas, las fronteras de los estados nacionales siempre han sido el obstáculo principal para el desarrollo de las fuerzas productivas.
La idea del Dr. Miranda, que venimos de un parlamentarismo sui generis y estamos hoy en otro, pasando durante un buen tiempo por un presidencialismo fuerte, necesita de un complemento que le llegue de otras disciplinas para profundizar más la forma en que se construyó nuestro Estado nacional y el sentido en que lo asumieron los subalternos, cada vez que se derrumbó. Ayudan mejor las deconstrucciones de nuevo tipo como las últimas obras de Erick Aguirre (Máscaras del texto), Erick Blandón (El Barroco Descalzo) y Carlos Midence (con una obra sobre esta temática en edición) para cruzar las narrativas fundacionales con esta historia constitucionalista.
Esta bisagra entre la cultura letrada expresada en nuestro periodismo, y cuyo enlace con las clases populares se hizo a través de los relatos por entregas o novelas folletín, las verdaderas precursoras en el área escrita de las radio y telenovelas, más tarde prescindirán de la exigencia de leer y escribir, lo que producirá una ruptura clave entre las tareas que se impusieron a sí mismos los medios, tales como educar (cultivar el espíritu de las masas como extensión de la Ilustración), informar (espectacularizar los sucesos), distraer (construir placeres), y la feroz batalla de imponerse unas a otras para ser, hasta donde vamos: un poder de alta calidad basado en regímenes figurales. Tal es el nudo de la discusión en la escuela de Frankfurt. Jesús Martín Barbero, una especie de Bartolomé de las Casas del Siglo XX, quien cree que el mejor modo de salvar las almas de los “indios” no es representarlos, como hacen los ilustrados, sino comprenderlos, toma toda su cosmovisión de estas fuentes.
Antonio Esgueva, dice en su ameno prólogo, que conoció a Bonifacio manejando una vieja moto roja desde la que saludaba con su puño alzado. A mí me tocó conocerlo en una situación más dura, pero cómica, cuando el FSLN empezó a reprimir todo lo que se moviera a su izquierda. Dura, porque el compromiso revolucionario, ante la incertidumbre de una represión segura y un exilio forzoso, de hacerle frente a la persecución sandinista redoblando los votos, nos obligaba a continuar las actividades revolucionarias en Nicaragua. Cómica, porque el Dr. Miranda, haciendo sonar su pasaporte en la mano, con ese chasquido típico con que los gigolós hacen sonar sus guantes, nos decía a todos “camaradas, nadie puede salir del país”.
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