Naturaleza y sobrenaturaleza
Anastasio Lovo
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| Diana La cazadora. |
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Raúl Marín (León 1950) con una sostenida, prolífica y variada producción pictórica ha logrado constituir su obra como una de las más bellas, audaces y trascendentales de la pintura nicaragüense. Pese a sus excesos vitales, hay en la obra de Marín un equilibrio asombroso entre virtuosismo genial, disciplina y capacidad de trabajo, más un insaciable poder creativo producto de sus sólidas competencias académicas. Raúl Marín se graduó en la Escuela de Bellas Artes de Florencia con una interesante tesis sobre el arte precolombino en Mesoamérica. En muy pocos artistas plásticos de nuestro medio encontramos ese efectivo balance entre genio, productividad, competencia, y la abundante obra de Marín a lo largo de su vida así lo demuestra.
Hay una frase terrible de Francis Scott Fitzgerald que a mí siempre me ha impactado por su realismo y crueldad: Evidentemente, toda vida es un proceso de demolición (The Crack Up, 1936). Esa demolición puede llevar al ser humano a convertirse en cenizas, como nos ha ocurrido a casi todos en este camino llamado vida. Máxime cuando el laberinto vital deviene en aporías. Pero frente a ese callejón sin salida, después de las constantes tareas de Sísifo, encontramos en nosotros mismos, frente al muro que clausura, el brillo de una chispa divina que nos hace renacer, ampliar las alas y como Fénix volar. A partir del encuentro de Raúl Marín con un ángel tutelar y del absolutamente necesario apoyo maternal, encontramos un prodigioso renacimiento de él, nuevas vertientes en su obra, que obligan al discurso crítico a ensayar palabras significativas frente a esta riqueza pictórica.
Es inútil intentar cualquier clasificación de la obra plástica de Marín. Por exceso, la mariniana obra es de muy difícil ubicación en cualquiera de las celdas de la rejilla taxonómica que la crítica contemporánea ha forjado. Marín es Marín, porque, como dijo Montaigne, el estilo es el hombre. Y Raúl Marín, con una propuesta muy rica de formas y temáticas pictóricas disímiles y distantes, constituye su propio estilo que inevitablemente generará su propia crítica. No he visto a ningún espectador callar frente a un cuadro de Raúl Marín. Más bien es la crítica profesional, calculada y mercantil quien ha guardado prudente silencio procurando no arriesgar para evitar quemarse labios ni manos.
Siempre ha existido en la plástica de Marín riqueza expresiva, es un pintor que nunca se ha encasillado en una sola forma. Entre lo que llamo las nuevas series en la pintura de Marín encontraremos una serie clásica inspirada en los versos de La Ilíada de Homero, las tauromaquias; los balseros, galeones y carabelas, pastizales y cañaverales; los desnudos de salón y lo que él titula como naturalezas vivas.
Como buen maestro florentino y mejor mestizo creador retobado, Raúl Marín en óleos sobre tela hace maravillas con la espátula y el pincel. El trazo fuerte, denso en texturas vangohtiano, los dedos untados dejando la huella del toque del creador en el cuadro o la delicada pincelada oriental suave para insinuar un detalle al ojo. Las series van de los monocromos monótonos a la violenta oposición de colores para ir del discurso íntimo poético y metapictórico a la puesta en evidencia del desastre social. De su drama íntimo con conciencia de artista a los detalles de un pastizal objetual. Porque los pastizales y cañaverales de Marín no son paisajes, para ello necesitarían del aire y del punto de fuga. No. Aquí Marín es detallista in extremis haciendo una suerte de hiperrealismo mágico al plasmar en un encuadre cerrado muy preciso y detallado, la microdescripción de los pastizales o los cañaverales. Encuadres cerrados que --me perdonan el lugar común-- muestran los laberintos de su alma expresados en intrincados tallos, hojas, flores y aves que en la placenta de un solo color mágicamente hacen metamorfosis de su identidad formal. Obligando al ojo del espectador a una apreciación morosa, lenta, que posibilite la digestión de las sensuales formas imbricadas.
En este tránsito de metanoias materiales, que para mí se da en esta nueva serie de Raúl Marín, sirve como concepto para intentar comprender su obra, el aporte del sistema neobarroco de palabras iluminado por don José Lezama Lima, su concepción de naturaleza y sobrenaturaleza. Para Lezama naturaleza y sobrenaturaleza, lo real y lo maravilloso, lo magro y el portento, ocurren de manera mágica. Esa es la magia prodigiosa que encontramos en esta serie de Marín, de allí la seducción, el encanto y las fascinación vivida frente a las telas de Marín.
Entre ese diálogo unitivo, propicio y bello Marín ha producido una serie de recreaciones de escenas de La Ilíada de Homero. Aquí apoyado en ese mundo mítico, caro a Góngora y al manierismo italiano y español, Marín puebla aquellos laberintos con personajes y animales. Así nos deleitamos frente a La elección de París, el rapto de Europa por el fementido toro o aquellos nobles brutos, los caballos, que lloran a Patroclo tanto como su amado Aquiles. De nuevo en la placenta unitiva de naturaleza y sobrenaturalaza, percibimos las formas sensuales, delicadas y eróticas de la conjunción del bello, mórbido, dorado cuerpo de Europa refocilándose en los largos lomos de un toro divino y descomunal, que es el mismísimo Zeus disfrazado. Vemos al astuto astado buscar el nido en el pastizal para la posesión carnal del dulce fruto robado.
Hay un par de series más donde el poder creativo de Marín en uno de sus más fuertes registros aparece como altamente contrastado en colores y la densidad textural es tangible, marcada, gruesa. Son las tauromaquias y los balseros-galeones y carabelas. Aquí Marín se corona como un rey del impresionismo.
Trazos fuerte coloridos, que de luces en los trajes en el ruedo, banderillas y sangre, a los blancos para marcar frontera más un público sediento de sangre al ver el duelo entre el hombre y la bestia, marcan el redondel del desafío. Un juego de luces brillantes y la agazapada sombra de la sangre y el miedo. Maravillosas tauromaquias logradas más bellas y más allá de las hechas por el maestro Armando Morales. Aquí Marín se corona de lauros y recibe por la faena realizada orejas y rabo.
En la serie marina encontramos con la misma fuerza y el mismo súper impresionismo balseros, galeones y carabelas Mundos alucinantes y terribles.La desmesura del hombre y sus afanes libertarios o los galeones piratas, fantasmagóricos que en este mundo de excesos, magias y prodigios, aún asolan las costas caribeñas con su carga de pólvora, doblones y escudos de oros, joyas, lascivias y muertes. Barcos fantasmas surcando nuestra imaginación de manera furtiva cargados de la pesadumbre del ser. Balsas rebasadas de gente oteando en el horizonte el Paraíso, sin saber que atrás lo dejaron y que es al infierno donde los vientos los llevan en medio de un mar poblado de tiburones y endriagos. Todo eso le dice al espectador una vela hecha de tres o cuatro trazos enérgicos dignos de la espátula de Van Gogh.
Para concluir debo referirme a los desnudos de Salón y las naturalezas vivas. Los desnudos de Salón principalmente son monocromos en unos tonos hijos de René Magritte cuando usa el sepia del papel envejecido.
Pero en ese diálogo transitivo de la forma y el color la sensualidad es orgiástica. Vuelve naturaleza y sobrenaturalaza a engañarnos, los pliegues del cuerpo se unen cósmicamente en un erotismo sublime, masivo y anónimo. Noches secretas de carnaval vividas en el palacio de los excesos de Wiliam Blake, donde nada es evidente y todo sugerido.
Raúl vive un momento de creatividad infinita, así lo demuestra su naturaleza viva, Banana Dreams donde el cuerpo de una bella, sensual y erótica mujer se entrega a los sueños de una fálica y descomunal banana. ¿Quién sueña la banana o la mujer? No nos importa, sabemos que la belleza la logra Marín en este y en muchos cuadros para alcanzar el lugar de honor que le corresponde en las bellas artes nicaragüenses y occidentales.
Managua-Jinotepe, noviembre de 2006.
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