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  CON TODO EL PODER DE LA INFORMACIONManagua, Nicaragua - Lunes 05 de Marzo de 2007 - Edición 9531
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José Vicente

Jardinero del optimismo

No bebo ni fumo. Además, soy inteligente


Jardinero del optimismo - Foto

EMPLEO CASI NO HAY, PERO TRABAJO HAY EN P...


Trabajar bajo el sol y permanecer con una sonrisa en los labios pareciera algo muy improbable cuando se trabaja machete en mano los siete días de la semana y se ha nacido en medio de un sinfín de dificultades. Sin embargo, eso es totalmente posible. Así nos lo demuestra el sencillo jardinero José Vicente Aguirre, un hombre que tiene una agenda repleta de trabajo y una vida colmada de optimismo.

Este artesano de la ornamentación me fue presentado hace pocos días por Ricardo Cuadra, Gerente General de Ardisa, empresa que hace algunos de mis trabajos de impresión. Ricardo, sin saberlo, a partir de una decisión aparentemente sencilla, comenzó a jugar un importante papel en la vida de José Vicente, el jardinero oficial de Ardisa.


Ricardo, ¿cómo conociste a José Vicente?
Hace 15 años se presentó a mi casa machete en mano, tocó a la puerta y me dijo: “No vengo a pedirle comida, no vengo a pedirle nada, vengo a pedirle trabajo”. Me gustó cómo se expresó ante mí. Me acuerdo que…

¿Quiere decir que llegó todo menesteroso?
Así es. Llegó hecho paste, pero con muchas ganas de trabajar. Entonces me gustó mucho el gesto y le dije: “Ok, haceme el jardín”.

¿Qué te motivó a seguirlo contratando?

Siempre que trabaja está con toda la disposición y con una gran sonrisa. Eso es bien importante, porque es contagioso, así como su entusiasmo. Es un deleite verlo trabajar y además es un luchador por excelencia.

¿Qué tal te trabaja?

Muy bien, él no conoce horario, goza con lo que está haciendo. Por ejemplo, anteayer terminó el jardín de enfrente del edificio a las 11 de la noche y era domingo. Eso es cosa de él, pues tiene un horario bien flexible y siempre te resuelve en la fecha que se lo pedís. Además, supera las expectativas, porque toma decisiones, tiene iniciativa.

¿Por ejemplo?

Sembró en el centro del jardín unos arbolitos decorativos. Los puso como un extra. Eso es lo que se llama buen servicio al cliente.


¿Qué diferencia a este señor de otros jardineros?
El buen espíritu para trabajar. Vale la pena ayudarle. Si en Nicaragua hubiese mil personas como él, aquí sucederían muchas cosas buenas. Es una gran persona. Yo lo he venido viendo crecer. Se ha superado con el sudor de su frente.

El primer obrero de jardinería entrevistado

José Vicente está sentado junto a nosotros en la oficina del Gerente de Ardisa. La calidad de su trabajo y sus características personales le abren puertas como ésta. Educado, amable, respetuoso y buen conversador. “Chente” espera su turno casi sin poder contener el borbollón de palabras que se acumulan en su garganta. No es para menos, tal vez sea el primer jardinero de Nicaragua que se gana el derecho a una entrevista en un diario de circulación nacional. Es evidente que se acicaló un poco antes de venir.


¿Adónde naciste?
En Belén, Rivas, el 10 de enero de 1957.


¿Desde cuándo te dedicás a la jardinería?
Del 92 para acá. Antes trabajaba en el Banco Central. Ahí me colocó Alfredo Alaniz. Yo trabajaba como de confianza en una quinta en Santo Domingo que se llama Santa Mónica, pero él me dijo que trabajaría en el Banco Central. Los domingos yo le hacía el jardín de su casa. Lo convine así porque allí dormía. Mi mamá y mi papá vivían en Granada. Al banco entré trabajando como jardinero. Después me mandaron a Jinotepe a pasar un curso de jardinería.


Estabas en el banco me imagino que muy bien, ¿por qué te saliste?
Renuncié al banco y eso que ya trabajaba en el puerto de valores.

¿Ya no eras jardinero?

No, lo que pasa es que don Jorge González, el jefe de Tesorería, me pidió que trabajara en el puerto de valores. Yo cuidaba los bolsones de dinero. No era jardinero, pero quería ganar más. Después, un amigo que trabajaba en el Banco de América me dijo de un trabajo de mensajero; entonces le dije que no sabía de mensajero porque torcidamente mi papá fue pobre, y no me puso a estudiar mucho, sólo llegué nada más a tercer grado. Pero yo a la letra de molde le entiendo. Entonces me avisó el amigo y me fui al Banco de América a trabajar.


¿Por qué estás trabajando ahora por tu cuenta?
Porque fíjese que cuando trabajé en el Banco de América, el jefe se quedó con pesar porque me fui de pronto, porque me comenzó la guerra a andar fregando. Los sandinistas me andaban agarrando para meterme en la montaña. Entonces me fui a huir a Granada donde mi papá, y allá me agarraron.

¿En el 92 comenzaste a luchar de nuevo?

No, después anduve para el lado de Rivas, donde mi tío comprando guineo cuadrado. Traía 7 mil, 8 mil guineos a los mercados, a andar vendiendo menudeado, los traía en bus. Pero después a la gente que le daba el guineo no me pagaba. Entonces le dije a mi señora: “Hijá, ya no hay nada más que hacer, me voy a buscar una tijera de jardinería, un machete y una pala y me voy a ir a buscar trabajo”. Me venía todas las mañanas allá por la Cuesta El Plomo y me andaba por toda Linda Vista, yo sólo le decía a la gente: “¿Va a limpiar?, ¿va a podar árboles?” Y la gente me decía: “No, no, no, ahora no”. Yo miraba que la grama estaba montosa. Pero pensaba: “Tienen razón, hay muchos bandidos y ellos confunden al honrado con el ladrón”. La cosa es que me venía desde la Cuesta El Plomo y llegaba hasta Bello Horizonte a pie. A veces me ganaba hasta 20 pesos en todo el día.

¿Un día de ésos llegaste donde Ricardo?

Un día de tantos pasé por donde Ricardo, yo miré el jardín ahí, la grama. Entonces le toqué el candado y salió él y me dijo: “¿Usted anda con ganas de trabajar?” “Sí --le dije--, yo vivo en tal parte y aquí ando mi carné del Banco Central y soy muy honrado, no tenga cuidado”. Entonces ya me dio trabajo. Después le gustó y me dijo: “Véngase la otra semana, lo voy a llevar donde mi suegra”. Doña Vilma es la mamá de María Dolores y viera cómo me quiere.

¿Adónde vivís?

Ahorita yo ando alquilando. Yo vivo ahí por los Raspados Loli, el barrio se llama el “Andrés Castro”.


Me dicen que tenés una moto y una chapodadora de motor, ¿cómo has hecho?
¿La moto? Yo iba recogiendo, andaba montado en los buses con el rastrillo y la pala y en una mochila la tijera y el machete, para trasladarme de un lado a otro, hasta que un día la compré.

¿Después compraste la chapodadora?

En Profisa. Allí fui a desramar un palencón de guanacaste y le dije (al dueño) que si no me podía vender una máquina usada. Me dijo: “Dejame el teléfono porque hay clientes que no sacan las que dejan reparando, te la voy a buscar favorable”. Me la dio en 2,500 pesos y se la fui pagando poco a poco.

¿Cuánto cobrás por día de trabajo?
Por día casi no. Donde andaba (antes de la entrevista) me pagan por el día porque no ocupo casi la máquina… salgo a las dos (de la tarde), ahí me dan 180 pesos. Cuando voy por ajuste, dependiendo de lo que voy a gastar en combustible, porque ahorita está caro. El aceite está a 65 pesos, el galón de gasolina como a 80, más el galón que gasto en la moto. Entonces cobro 300 ó 400, según, y si llevo un ayudante, le pago 100 pesos. Le doy el almuerzo y gaseosa.


¿Cómo te pueden localizar quienes lean este reportaje?
Al celular: 8635475. La gente que tiene tiempo de trabajar conmigo sabe que yo no cobro caro y pueden dar fe de que es un trabajo bien hecho.


¿Cómo te mirás de aquí a cinco años. Creés que ya vas a tener tu camioneta, tu empresita, más trabajadores?
Ahorita yo estoy luchando, doña Gladis (¿?) me la va a dar en dos mil dólares, como al crédito, porque de un solo no la puedo pagar. Alguien le daba cinco mil, pero como ya tengo 24 años de trabajarle, yo conocí a su marido.


¿Cuál es la clave de tu éxito?
No bebo ni fumo. Además, soy inteligente.


Definitivamente que vivir con optimismo no tiene mucho que ver con la cantidad de dinero que se tiene en el bolsillo, en el banco, mucho menos del que se “toma” del Presupuesto de la República. Si lo duda, deténgase cinco minutos cualquier día de semana en una calle traficada y vea los rostros de la mayoría de personas que viajan en vehículos de lujo. Ninguna de ellas tiene la sonrisa de José Vicente.


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