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  CON TODO EL PODER DE LA INFORMACIONManagua, Nicaragua - Miércoles 14 de Marzo de 2007 - Edición 9548
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Es el más largo de Centroamérica… y el más seco

Se puede andar a pie en el río Coco

II ENTREGA

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Se puede andar a pie en el río Coco - Foto
ALEJANDRO SÁNCHEZ / END.- El río Coco es el más extenso de Centroamérica, pero hay zonas en las que casi desaparece en medio de bancos de arena. Nótese en la gráfica cómo esta familia optó por dividirse para pasar un tramo y evitar así que su pipante encallara.

San Carlos, Río Coco
El río Coco es el río más largo de Centroamérica, con 680 kilómetros de extensión. Además de servir como ruta de acceso a las 26 comunidades ubicadas en su ribera, es el límite geográfico entre Nicaragua y Honduras.

La última crecida considerable de este río se dio en 1998 como efecto de las lluvias que provocó el huracán Mitch; entonces, el río arrasó con todo lo que encontró a su paso. Durante el recorrido en lancha que hicimos con el equipo de trabajo de The Nature Conservancy (TNC) por las comunidades, la parte inferior del bote en que nos trasladábamos pegó en el fondo pedregoso o se montó en bancos de arena constantemente, y no por razones de peso, como algunos seguramente pensarán, sino porque el agua ya no es el elemento predominante en este sitio.

Uno de nuestros guías manifestó que la pericia y conocimientos de la persona que conduce la lancha por el río se prueban más en el verano que en la temporada lluviosa. Supongo que debe ser así, tomando en cuenta que aunque pasamos por tres cuencas cristalinas, hay zonas, sobre todo río arriba, hacia donde nos dirigimos, donde el Coco o Wangki --como lo llaman los indígenas-- es nada más una franja de agua en medio de la arena.

Toda esta arena, declara José Bojorge, asistente técnico de TNC Nicaragua, es producto de la sedimentación que es arrastrada por la lluvia debido al despale en la reserva; si hubiese suficiente bosque el agua no caería en correntías sino que se infiltraría, pero no es así.

A pie por el río Coco

Según Bojorge, en mayo la mayoría de las comunidades de la zona alta del río, como Kipla, Siksa Yari y Lakus Ta, quedan incomunicadas, pues no se puede llegar hasta ellas por la vía que ancestralmente han usado los comunitarios: el agua.

“Para llegar a las zonas altas en mayo del año pasado, en una zona que es conocida como los raudales debimos bajarnos del bote y cargarlo con todo lo que traíamos por 500 metros, donde de nuevo había agua, y pudimos continuar, así que no caminamos en el agua, pero anduvimos a pie por el río Coco”, destacó Bojorge.

Una de las mayores preocupaciones para las diferentes organizaciones que trabajan en pro de la conservación de la reserva Bosawás --cuyo nombre se deriva de los vocablos de sus referentes geográficos como son el río BOcay, cerro “SAslaya”, y río “WASpuk”-- es el incremento de la frontera agrícola.

A ambos lados del río Coco se pueden observar grandes cantidades de ganado y equinos deambulando, mientras sobre unas enormes peñas se queman árboles para producir carbón.

El cáncer de Bosawás

Para los ecologistas que trabajan en la zona, las reses son “el cáncer de Bosawás” y reconocen que la conservación de este lugar --que ocupa el 14 por ciento del territorio nacional-- tiene que hacerse de forma conjunta, llevando soluciones al hambre, opciones de trabajo y educación en las comunidades para que dejen de ejercer presión sobre el recurso. “Aquí el problema no sólo son los madereros o los ganaderos, aquí el hambre es el gran problema porque su efecto va en cascada”, explicó el líder comunitario de Asang, señor Eddy Sanders.

De acuerdo con Sanders, impera la necesidad del comunitario, pues al verse sin víveres ni dinero, despala primero para vender la madera y dejar el espacio para sembrar yuca o frijoles. Cuando ve que no produce lo suficiente comienza a cazar chanchos de monte y tortugas, después se aparece un ganadero y le ofrece comprar a un precio irrisorio la parte donde los árboles fueron tumbados para que sus animales coman, y, ante la necesidad, el comunitario accede, y en poco tiempo estará cortando más árboles y el ciclo se repite.

“No justificó lo que se hace en la selva, pero qué van a hacer las personas que no tienen qué comer. El año pasado la plaga de ratas afectó y hubo mucha hambre, ahora las ratas no se ven como antes en las comunidades de Río Arriba, pero no estamos seguros de que la plaga no nos afectará de nuevo, porque mientras nosotros hablamos esos animales se reproducen”, señaló Sanders.

Sin jóvenes

Algo notorio en las comunidades que visitamos es la ausencia de hombres jóvenes. Cuando consultamos con los comunitarios, manifestaron que ante la falta de empleos los muchachos deciden irse a Honduras, ingresando por el puesto fronterizo de Leimus para dedicarse en ese país a labores de campo.

“El problema es que una vez allá los muchachos olvidan sus raíces y costumbres, dejan de asistir a la iglesia, y algunos hasta se envician con droga y vuelven sólo a robar, mientras otros deciden no volver a la pobreza”, dijeron.

Alba Omeir Banks, esposa del reverendo y líder de las mujeres en la Iglesia Morava de Asang, señaló que la situación de toda la población es muy difícil, pues las madres están dejando partir a sus hijos en busca de oportunidades.

“Yo siento el dolor de las mujeres aquí en Asang, sobre todo me duele la situación que viven alrededor de 55 mujeres que son madres solteras o viudas, porque mi madre nos crió sola a mí y mis hermanos; aquí si no hay un hombre en la casa las cosas son más difíciles, porque las mujeres con sus hijos deben ir al monte a buscar comida, a limpiar el campo, a sembrar; las madres solas no pueden alimentar bien a sus hijos, y es casi un lujo para ellas tener manteca, azúcar o jabón para lavar”, dijo la señora Omeir Banks.

Trueques que sangran

En estas comunidades la moneda oficial, al parecer, son los frijoles, que son canjeados por productos como sal, azúcar, aceite y jabón a los comerciantes hondureños, pero son trueques que sangran, porque la libra de frijoles es pagada por los hondureños a un córdoba con cincuenta centavos, y una libra de azúcar la venden en nueve córdobas, una libra de sal gruesa que se compra a un córdoba en Managua, en las comunidades de río Coco tiene un costo de tres.

“Por cada libra de azúcar que nosotros necesitamos damos seis libras de frijoles, por una libra de sal son dos libras de frijoles, un jabón de lavar ropa otras seis libras de frijoles, un litro de aceite seis libras de frijoles más, cuando los frijoles se acaban no podemos tener nada de esas cosas que necesitamos porque aquí no hay trabajo, así que comemos arroz y yuca, pero este año que pasó la cosecha fue mala y casi no hay arroz, no sabemos qué haremos”, dijo un comunitario.

La consultora de TNC, Johana Castillo, señaló que en un estudio elaborado por esa organización se encontró que un 85 por ciento de la población está subnutrida y el resto desnutrida.

Llevando ayuda

La pobreza y necesidades de las poblaciones del río Coco despiertan la solidaridad de iglesias y organizaciones benéficas, que realizan de vez en cuando campañas médicas y de evangelización.

Durante nuestra estadía observamos a un grupo perteneciente a la Asociación de Médicos en retiro de Estados Unidos, miembros de la Iglesia Hosanna.

Los médicos viajaron en avión, y la carga de medicinas fue enviada vía terrestre días antes, sin embargo, no contaban con que la misma debió pagar en cada cruce de camino una especie de “peaje” a campesinos.

“Detenían las camionetas y nos decían que debíamos pagar, eran grupos de hasta diez personas con muy mala cara, pagábamos, aunque les decíamos que los caminos estaban en pésimo estado y a todos les pedimos recibos de las municipalidades, pero ninguno nos daba nada”, dijo uno de los organizadores de la campaña, quien lamentó las acciones de estos grupos que, buscando su beneficio, no piensan en el daño que causan a otros nicaragüenses incluso más necesitados que ellos.

Comunidades Indígenas con raíces ancestrales

En el área de Bosawás viven unos 14,000 mískitos y 6,500 mayangnas (además de los mestizos), los cuales conservaron sus propios idiomas y gozan de formas tradicionales de organización, de cosmovisión y medicina tradicional. Actualmente están organizados en seis territorios indígenas, tres de cada etnia:
T Mískito Indian Tasbaika Kum = 683.4 km2 (Río Coco Arriba, Wiwilí)
T Kipla Sait Tasbaika = 1,073.7 km2 (Los raudales del río Coco, Waspam)
T Li Lamni Tasbaika Kum = (Cuenca media río Coco, Waspam)
T Mayangna Sauni As = 1,668 km2 (Cuenca del río Waspuk, Bonanza)
T Mayangna Sauni Bu = 1,024.5 km2 (Cuenca de río Bocay, Cua-Bocay)
T Mayangna Sauni Bas = 40.1 km2 (Cuenca del río Ulí, Siuna)
Estos pueblos son los que han estado vinculados directa e indirectamente en las actividades de protección y conservación de sus territorios que hoy conforman alrededor del 85% de la Zona Núcleo de la Reserva de Biosfera Bosawás.

Las comunidades están organizadas y representadas por sus autoridades tradicionales, sus consejos de ancianos, síndicos comunales y territoriales, wihta o jueces comunales, curanderos y pastores religiosos, lo que refleja un principio importante de su cultura autóctona que aún persiste.

Los mestizos son el grupo étnico más grande que habita la reserva. Hablan el español como idioma materno, y llegaron en su mayoría desde la región del Pacífico, Norte y Central del país en la tercera década (años 30) del recién pasado siglo, con la instalación de empresas transnacionales tales como las compañías mineras, bananeras y madereras. Se calculan en unas 200,000 personas y están ubicados principalmente en los municipios de Wiwilí, Cua-Bocay, Waslala, Siuna y Bonanza, en la denominada Zona de Amortiguamiento de la Reserva.

Otras 12,000 personas de dicho grupo viven en las cuencas de los ríos Bocay y Coco Arriba, en la Zona Núcleo. Sus actividades agrícolas y pastoriles poco adaptadas a la zona, aceleran el avance de la frontera agrícola en forma considerable (p.ej. en el cerro Saslaya).

*Información proporcionada por Marena.




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