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  CON TODO EL PODER DE LA INFORMACIONManagua, Nicaragua - Sábado 07 de Abril de 2007 - Edición 9559
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La negra virtud literaria de Abril rojo

La noche del pasado 21 de marzo en Galería Códice, la editorial Hispamer y Alfaguara presentaron al público nicaragüense la novela Abril rojo, de Santiago Roncagliolo, ganadora del Premio Alfaguara de Novela 2006. A continuación, el texto de presentación a cargo de Erick Aguirre


La negra virtud literaria de Abril rojo - Foto
Santiago Roncagliolo junto a Erick Aguirre, durante la presentación de la novela Abril rojo, ganadora del Premio Alfaguara de Novela 2006.

Dice el autor de Abril rojo (novela premiada por la editorial Alfaguara en el año 2006) que siempre quiso escribir un trhiller, es decir, una historia policial con sus dosis de sangre, asesinatos en serie y crímenes monstruosos, y que finalmente encontró los elementos necesarios para escribirla en la historia reciente de su país, el Perú, en una zona de guerra poblada de fantasmas, donde la muerte no es sólo una forma de vida, sino un ritual cotidiano, una celebración del sacrificio que amalgama el arraigo de culturas milenarias con el delirio de las ideologías modernas, justificado por un abismo de injusticias y por la necesidad de sus integrantes de autoconcebirse como hombres, como naciones, como hijos de un continente esquizoide que aún no decide con cuál de sus rostros debe mirarse en el mundo. Y el resultado fue precisamente Abril rojo, el escenario de guerra donde los rostros mutantes de nuestra identidad esquizofrénica se asoman ridículos y monstruosos a través de sus páginas y sus personajes.

Pero yo me pregunto: ¿Es el interés de un autor joven como Santiago Roncagliolo por el trhiller la simple búsqueda de experimentación narrativa con los elementos de inducción y suspenso propios del género negro, o el angustioso deseo de escudriñar el pasado en “el espejo negro de la historia” que según Sergio Ramírez es esta novela? ¿O es, finalmente, el intento de formulación de un doble código de lectura que, por un lado, busca el interés de aquellos lectores (probablemente no muy abundantes hoy día) interesados o familiarizados con la historia reciente del Perú o de Latinoamérica y por otro lado, a través de la atractiva fórmula del trihller, arrastra también a un público más amplio al que le interesan otras cosas, pero que a través de este doble código puede también enfrentarse y de alguna forma “entender” la realidad de horror social y violencia política de muchos de nuestros países?
¿Es Abril rojo uno de esos llamados “best sellers de calidad”que hacen uso de estrategias “cultas” (en este caso el tema histórico y político) pero cuya verdadera vocación es el consumo masivo? ¿O es una de esas novelas enjundiosas que por inextricables arcanos se convierten en éxitos de ventas o en motivos de premios como el Alfaguara? Desde mi punto de vista, Abril rojo es evidentemente una obra literaria (en el más cabal sentido del término) cuyo autor, al redescubrir y utilizar con fascinación y habilidad los recursos de la intriga novelesca ha encontrado con éxito la aceptación de un público masivo que hipotéticamente pudo haber repelido la “aburrida” temática de los conflictos políticos peruanos y más bien se ha visto subyugado por un procedimiento estilístico que, pese a lograr un producto de fácil lectura, no deja de recurrir a los eventualmente intrincados malabares de la narrativa de vanguardia.

Según he leído, la primera novela de Santiago fue El príncipe de los caimanes, caracterizada como una historia de aventuras en el Amazonas, hábil e imaginativamente nutrida de historias reales, que hurga en las complejidades psicológicas del ser humano a través de dos personajes aparentemente disímiles y lleva al lector a una profunda reflexión acerca de la libertad y la muerte. También ha publicado el libro de relatos Crecer es un oficio difícil, cuyas exploraciones humanas al parecer están muy cercanas a las de su también exitosa novela Pudor (finalista del premio Herralde y adaptada recientemente al cine), que al narrar los conflictos individuales o interindividuales y los secretos y miserias de una familia limeña de clase media en los ochenta ofrece en panorámica el retrato inusitado de la sociedad peruana inmersa en una profunda crisis. Todo lo cual me da pie para suponer o imaginar que ambos libros se inscriben en la tradición narrativa del Vargas Llosa de Los cachorros y Los jefes, o del Bryce Echenique de Un mundo para Julius, y que, en sus primeras novelas, Santiago está más bien cercano a ciertas preocupaciones temáticas de sus casi coetáneos Jaime Bayli o Enrique Planas.

Es cierto que en las novelas de estos nuevos autores los protagonistas no suelen preguntarse qué ha pasado con el Perú. “¿Cuándo fue que se jodió el Perú?”, la pregunta más famosa del pasado literario peruano, que se hiciera el personaje de Conversación en la Catedral, la novela de Vargas Llosa, no parece atormentar a los personajes de No se lo digas a nadie, de Bayli, Puesta en escena, de Planas, o Pudor, de Roncagliolo. Pero en Abril rojo la pregunta atraviesa absolutamente toda la trama y tácitamente sustenta los diálogos y elucubraciones de todos sus personajes.

En la Semana Santa del año 2000, cuando el grupo guerrillero del Partido Comunista Peruano, Sendero Luminoso, parecía haber sido eliminado después de cruentos años de guerra y represión militar, Félix Chacaltana Saldívar, fiscal distrital adjunto de la remota ciudad de Ayacucho (precisamente el lugar donde el grupo maoísta inició su guerra en 1980) se dedica a investigar una serie de terribles asesinatos que sospechosamente evocan la violencia política de los años anteriores, pero que extrañamente parecen relacionarse con los rituales cristianos de la Semana Santa, y que además se entremezclan con los ritos indígenas prehispánicos y los ritos políticos e ideológicos, tanto de las instituciones de poder como de la guerrilla marxista, todos cimentados en la celebración de la muerte y el sacrificio como instrumentos de redención.

Chacaltana es un personaje que de cierta forma nos evoca al Anthony Perkins del filme Psicosis II, aferrado al recuerdo de su madre, muerta en un incendio a la postre provocado por él mismo, y con la cual conversa secretamente en una habitación repleta de sus cosas y de muy dolorosos recuerdos. Es también un funcionario judicial que personalmente me recuerda, a un mismo tiempo, al joven Raskolnikov y a su némesis, el juez de instrucción Petróvich, personajes de Crimen y castigo, la novela de Dostoievski, así como al célebre “K”, protagonista de las angustiantes novelas de Kafka tituladas El proceso y El castillo.

Pero fuera de los juegos multirreferenciales que parecen gustar mucho a Roncagliolo, acordemos que Chacaltana es básicamente un burócrata en apariencia inocente, fiel al ideal roussoniano de supremacía de la Ley, ingenuamente aferrado a la “república ideal” donde los códigos y manuales deberían hacer prevalecer la Justicia, y que en su búsqueda de la verdad sobre los asesinatos llega a abrir las fauces de la corrupción y sufre el escarnio de quienes habitan la “república real” e imponen a su propia manera la justicia. Finalmente, Chacaltana sucumbe a su propia esquizofrenia, una esquizofrenia definitivamente menos perniciosa que la de aquellos que lo rodean en su inocente recorrido por los oscuros pasillos del poder. Y su investigación termina por convertirse, como afirma Sergio Ramírez, en una parábola sobre la anormalidad y el descontrol del poder.

Hay quienes han dicho (incluso aquí en Nicaragua) que Abril rojo es una novela sin pretensiones de “altura literaria”, y que carece de un tratamiento original del lenguaje, de innovaciones narrativas y complejidades estructurales. Sin embargo, el jurado que la premió destacó que el poder de esta novela radica precisamente en la “absoluta normalidad con que está narrada, sin que se noten las pretensiones literarias”. Además, la utilización combinada de la narración omnisciente y del lenguaje jurídico-burocrático, así como de textos aparentemente caóticos que, según creo, el autor obtuvo de los propios panfletos de Sendero Luminoso, no me parece en realidad un recurso deficitario, como algunos aquí han señalado, sino más bien un recurso intertextual válido, y de cierta manera también un ejercicio de lenguaje.

Por otra parte, a mí se me ocurre que Abril rojo es, como muchas de las actuales obras narrativas centroamericanas, una novela de postguerra, que si no fuera por la nacionalidad de su autor y la (a pesar de todo semejante) realidad de su país en los últimos años, bien pudo haberse desarrollado en las selvas de Guatemala, Honduras o Nicaragua. La novela de Santiago me recuerda a ciertos autores centroamericanos. Horacio Castellanos, por ejemplo, después de su primera novela, La diáspora, en la que influido quizás por Kundera narra la decadencia del entusiasmo guerrillero de los salvadoreños a finales de los ochenta, pasó a escribir novelas como Baile con serpientes o El arma en el hombre, por ejemplo, llenas de violencia, crímenes sangrientos, investigaciones policiales, en fin, del horror cotidiano de nuestra postguerra. Franz Galich, de la misma forma, luego de publicar Huracán corazón del cielo, esa especie de caprichosa relectura y reescritura contemporánea del Popol Vuh y de la historia profunda y reciente de su Guatemala natal, pasó a escribir y publicar Managua salsa city, precisamente también una novela premiada y un éxito centroamericano de ventas, que también está llena, al igual que su segunda parte (Y te diré quién eres), de violencia, crímenes y trama policial.

¿Será que, ya un poco aburridos de la experimentación vanguardista, estos nuevos narradores están encontrando esa “verdadera” naturaleza de la novela, que según Luckacs es esencialmente un producto destinado al consumo industrial, pero sin abandonar sus entrañables arraigos que se debaten en las imposturas ideológicas, las indefiniciones culturales y la esquizofrenia identitaria? ¿Será la violencia en que se resuelven esas indefiniciones un elemento inherente a la constitución de nuestras sociedades o un recurso propicio para mejores y más fructíferas estrategias de ventas? Si la trama de la novela Abril rojo, de Santiago Roncagliolo, está asentada en la celebración de la muerte, la comisión sistemática del crimen y la deformación atroz de las utopías modernas, esperemos que su lectura nos lleve a pensar en los orígenes mitológicos de nuestras propias culturas. Recordemos que de las culturas de la muerte nació entre nosotros una cultura de vida.


Marzo, 2007




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