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  CON TODO EL PODER DE LA INFORMACIONManagua, Nicaragua - Sábado 07 de Abril de 2007 - Edición 9559
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Apocalypto:

Mel Gibson y la profecía Maya


Mel Gibson y la profecía Maya - Foto

Cuando se decidió por desatar la guerra de conquista del Imperio Azteca, Hernán Cortés tuvo presente el profundo odio que unificaba a varios pueblos indígenas contra los aztecas, habida cuenta de que éstos los explotaban, les hacían la guerra y sacrificaban a sus mejores hombres en honor a sus dioses. Agobiados por los aztecas, muchos pueblos se aliaron a Cortés, quien sacó un provecho total de la situación. Cuestiones parecidas se suscitaron en otros imperios, como el maya o el inca, que habían basado su éxito en la imposición de tributos insoportables en cosas y en personas, y en guerras de “baja intensidad” que mantenían diezmadas y en desequilibrio a las poblaciones de enemigos reales o potenciales.

Apunto lo anterior porque al referirnos a la América precolombina caemos fácil y erróneamente en el concepto del buen salvaje, lo que no se aviene con las evidencias que nos dejaron los imperios que hallaron los españoles, imperios que fueron ciertamente notables constructores y creadores, científicos y religiosos, con una cosmogonía muy distinta a la europea católica de los conquistadores, pero con el aspecto común a todo sistema imperialista: su base es la explotación implacable de los recursos ajenos y el sometimiento de las masas humanas “enemigas”.

Muchos se han escandalizado con la visión hiperviolenta que ofrece Mel Gibson en su filme Apocalypto (EU 2006) acerca de la lucha entre el imperio maya y los pueblos que subyugaba, pero en verdad esa parte es la menos escabrosa y de hecho es la más lograda.

Actor y director fascinado por la grandilocuencia narrativa y la estética de la violencia, Gibson también se ha fascinado por los personajes en situaciones desesperadas, marginados y perseguidos que deben luchar a toda costa por sacar avanti sus convicciones. Sus héroes se sobreponen a problemas físicos –-El hombre sin rostro, Eternamente joven-- o a sistemas políticos y religiosos intolerantes -–Corazón valiente, La pasión de Cristo--, y pasan por todo tipo de pruebas de fe antes de alcanzar el triunfo espiritual o social.

Basada en una serie de historias y leyendas de la cultura maya y centrada en la profecía que anuncia el regreso de Kukulcán -–el dios serpiente emplumada, tierra y aire, Quetzalcaatl para la cultura náhuatl, y adorado por las civilizaciones mesoamericanas más importantes--, el día que se oscurezca el Sol y en que el hombre corra junto al Jaguar; en Apocalypto se dan cita las virtudes y los defectos de Gibson como director.

La visión cinematográfica de Gibson respecto de los mayas se inclina hacia el aspecto sanguinario -–las invasiones con fines esclavistas, los sacrificios humanos--, pero ahí también se inclinó en Corazón valiente respecto del feudalismo inglés y en La pasión de Cristo respecto del pueblo judío, porque Gibson en realidad es un cineasta maniqueo, dado a ver opresores absolutamente monstruosos y oprimidos absolutamente virtuosos, sin puntos medios ni profundidades sicológicas, lo que deriva inevitablemente en personajes acartonados, que difícilmente libran el cliché y el tipo.

Como director, Gibson le debe mucho a las enseñanzas de los directores George Miller y Richard Donner, quienes lo dirigieron durante su etapa formativa como actor. De Miller conserva la estética posapocalíptica y la aridez; de Donner aprendió el manejo de ritmos vertiginosos y las rupturas dramáticas a través del humor.

Apocalypto --que en griego se refiere a la revelación, pero también a un nuevo principio-- obtiene sus mejores momentos en las escenas violentas, recreadas con multitud de planos, y así la lucha de Garra de Jaguar (Rudy Youngblood), su esposa Siete (Dalia Hernández) y su hijo Tortugas corriendo (Carlos Emilio Báez) por sobrevivir a la esclavitud se convierte en una tensa y muy bien planteada relación de fugas y batallas, que el cineasta lleva a los extremos al agregar detalles como la ley fuga o el embarazo de Siete.

Productor que tiene sentido del orden y de la experimentación, Gibson capitaliza sus valores de producción al utilizar únicamente actores no profesionales y en general jóvenes, con el acierto añadido de que se trata de actores de cuerpos no estilizados ni falsificados, cercanos en verdad a la vida diaria. Otro acierto es la filmación en plena selva –-en el estado mexicano de Veracruz--, así como la participación del músico James Horner y del fotógrafo Dean Semler, veteranos colaboradores del director, quienes aprovechan al máximo las condiciones de filmación para ejecutar una interesante música de viento, el primero, y una fotografía abierta y llena de zooms y planos profundos, el segundo.

El problema de Apocalypto radica en el guión, escrito por Gibson y el joven Farhad Safinia, porque si bien están atentos a los rasgos humanos -–el filme tiene sentido del humor y de la tristeza--, y aunque la desproporción del héroe se corresponde con la de cualquier otro héroe en los mitos, se pierden al no poder intimar con los personajes y darles una dimensión más sólidamente humana.

Dejemos de lado los errores cometidos en la síntesis de la cultura maya, que lleva a usar pirámides del maya yucateco y máscaras del maya hondureño, o la insistencia en utilizar el habla originaria -–propuesta interesante pero incierta--, ahora maya yucateco, muy complicado por sus características fónicas, lo que da por resultado acentos forzados y “recitados”. Esto podría pasar. Lo que no puede pasar, en un cineasta que apuesta tanto como Gibson, es que aún no domina la pluralidad del dramatis personae, y esto sigue pesando en sus filmes. A pesar de su veteranía y su arresto, Gibson aun no logra verse suelto y resuelto. Sin embargo, por los voluntariosos actores jóvenes y las resoluciones de situaciones límite, vale este Apocalypto.




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