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  CON TODO EL PODER DE LA INFORMACIONManagua, Nicaragua - Sábado 07 de Abril de 2007 - Edición 9559
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El portafolios negro


El portafolios negro - Foto
Selva que se hace playa, obra de Pedro León Carvajal.

Ayer domingo, levantarse a las 3 a m, y comenzar a pintar y dibujar, primero sobre un trío de cartulinas, inconclusas desde hace más de un mes, con mucha tinta verde dispersa en el ambiente, unas manchas irrespirables, intragables, indigeribles. En vez de dibujo: unas agresivas chorreaduras celestes, y otras donde la tonalidad de las tintas oscuras resultaba excesiva contra el ambiente general de colores leves.

En este punto comenzó nuestra intervención, la gestión de unas metamorfosis quirúrgicas, pintura por pintura, proceso enmarañado y laborioso que no pretendemos describir en sus numerosas fases, ni mucho menos caso por caso. Intentemos, no obstante, esbozar unos trazos (unos rasguños) generales, algunos detalles relevantes. Insumos básicos de una fuente de significación inagotable.

Al final de dos jornadas completas de trabajo intensivo, todavía insistí durante un largo rato por la noche, dibujando detalles menores sobre los grabados irresueltos del portafolios negro que traje de Taipei.

En el fragor de nuestro febril ocio, toda intención de integrar tríptico poco a poco se fue quedando al margen, se vino cayendo a pedazos por el camino. Una de las primeras cartulinas declaró su independencia, cayó en la vida real (yo era apenas el escribano que a tropezones redactaba un acta) mientras la otras dos polarizaban otro extremo, amarrando las condiciones de constituir uno más de nuestra serie de cuarenta dípticos. Separación casual, me pareció. Por tanto, en todo caso culpemos más a la casualidad que a nuestras intenciones individuales.

Una de las faltas que pitagórico confieso: el dibujo es en muchas ocasiones excesivamente detallado. Ahora bien, lo que nos queda son unas figuras, conjuntos esculturales, sugeridos por las relaciones espaciales entre varios cuerpos, hombres y mujeres trenzados en unas escenas mudas. Es decir, defino con frecuencia hasta el exceso, algunos detalles anatómicos, por ejemplo. En contraste, deliberadamente hago profesión por diluir toda alusión al retrato, a la identidad facial, que no sea fantástica, con frecuencia entre grotesca y feérica, jamás directa.

Estas pinturas, estos rudimentarios dibujos, tanto cuerpos como rostros, logrados mediante un desaprensivo proceso de pringado y chorreado, responden en principio al orden de unas regularidades subterráneas. Son manifestaciones de la misma otredad latente en mí. O, cuando menos, es esta mi manera personal de rastrear la ración de azar que me corresponde ineludiblemente. A despecho de la existencia de unas ciertas franjas, donde consigo, donde persigo tenaz, un equilibrio entre mis maneras ya reconocidas, las antiguas, y el texto mudo que letra por letra me ha venido dictando mi porción de azar.

Esto mismo, además, es el argumento que he tratado inconscientemente de pintar. Pero si no lo expreso en versión verbal, es posible que nadie lo percibiera nunca

Tal vez ni yo mismo.

Lo que me gano es un costal atiborrado de interrogaciones irresueltas. Porque el otro armatoste incomprensible es ese portafolios de 40 mono-impresiones (inconclusas todavía en varios casos) que traje de Taipei, isla Formosa. He invertido después más de doscientas horas en redondear lo que quiero dar a entender con este portafolios. A veces, en medio de lo más recio y tupido de la brega, no diviso nada al otro extremo. Sin embargo, al final de la obsesiva jornada de este sábado y domingo, durante unos minutos de lucidez francamente anormal, les completé con lápiz blanco algunos trazos decisivos, por ejemplo, a “369-Conejo-Leopardo, luna nueva”, primer grabado de mi carpeta.

(Lu 180405)

Porque, pintando, lo que logré fue asumir una inocencia cínica, de piedra hegeliana decantada y pulida por las crecientes invernales de uno de los pocos ríos heraclitanos que corren aún por nuestra franja marginal. Pintar fue dejar que un lapso de olvido precario y febril me trajera a la memoria ociosa otros mundos no del todo imposibles.


Por eso quedan ahí. Ahí se los dejo, intactos.

(Ma 190405)




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