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  CON TODO EL PODER DE LA INFORMACIONManagua, Nicaragua - Sábado 07 de Abril de 2007 - Edición 9567
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Estrategas


Estrategas - Foto

Para Yasser Morazán

Llámenle cadencias en arabesco, no es tan disparatada tal descripción si se entiende que la melodía ondula como el vientre alrededor del ombligo, hay sonidos rasgados del arpa y un solo de violín que suelta notas inolvidables. Rimsky fue capaz de contar el cuento de la Princesa Sherezade con la música de una sinfónica completa intimando los pasajes más sensuales donde el Sultán poquito a poco se va enculando y ella lo seduce además de salvar su vida. Suponemos que la Princesa era blanquísima, que todo lo tenía torneado y la mirada sombreada por largas pestañas tupidas como hojas de palmeras en torno al oasis de sus pupilas, pero basta de pendejadas modernistas y a lo que vamos.

Más que “Las mil y una noche”, sobrepasaron mil noches cinco años de cautiverio, trescientos sesenta y cinco por cinco sumaron mil ochocientos veinte y cinco días. Esa mañana llegué al Congreso con mi traje sastre nuevecito, la sesión comenzó puntual, participé como siempre asesorando en los previos a mis diputados, explicando las cláusulas para promulgar una ley y hacerla operativa. Estábamos en el refrigerio cuando irrumpieron el Comando los detalles de la acción todo el mundo los conoce.

El caso es que acababa de presentarse en el Teatro Municipal de Bogotá El Ballet de Montecarlo, con la “Sherezade” de Nicolai Rimsky Kórsakov, una función de lujo, muy cara por cierto; yo supongo que mi mente embelesada por esas bellas melodías que me quedaron junto con las imágenes del harén fijas en la memoria, me las puso mi instinto obsesivamente para protegerme del tremendo estrés producido por el secuestro.

La capucha me la quitaron cinco horas después en un rancho oscurecido cuando el crepúsculo a punto de clausurar el día daba inicio al croar de las ranas. No distinguí bien el rostro del jefe del Comando, sólo oí su voz fuerte dando órdenes. En la mañana al verlo sentí la ráfaga de su mirada, un resplandor repentino emitido por los ojos verdes fijos. A pesar del bebé en manos de su abuela, de mi marido haciendo un postgrado en Chile, no sentí ningún temor ni aflicción, antes bien curiosidad por ubicarme, por saber en qué lugar de nuestra geografía nos habían confinado y conocer a los hombres que nos custodiaban y planificaron el plagio. Yo era la única mujer en el grupo de rehenes y captores, los diputados me habían tratado con mucha cortesía porque era grande mi paciencia de Asesora Legal para sacarlos de sus burradas, a veces tenía que utilizar la pizarra para aclararles, como si el Congreso fuera el parvulario, pero bien, el pueblo los había elegido y los aguacates no dan guapinol, por esa parte estaba tranquila, mi culillo eran los otros, the others, solemnes desconocidos con una fama de poca madre.

¿Qué estrategia debía tomar para que las hormonas y feromonas no alborotaran las ganas de nadie?, que todos se estuvieran quietecitos viendo a una real hembra sola en aquellos remotos parajes quizás del Cauca o el Magdalena. Vaya, la política es una cosa y la sexualidad es otra, cuando el cuerpo va por aquí, el espíritu anda por allá y hacer que los dos coincidan es un milagro del Divino Niño, así que más valía prepiarme, curarme en salud antes de que alguien se me lanzara.

El Sultán entró estando dormida, abrió la tienda beduina y la alzó de la cintura cargándola sobre los hombros, la Princesa pataleó dándole golpes con los puños. La llevaron al harén donde la bañaron y perfumaron, pues aunque estaba sentenciada a muerte debían ponerle las babuchas y los velos transparentes.

Esa misma noche comenzó a relatar historias fantásticas de magos y alfombras voladoras, genios encerrados miles de años en lámparas y botellas, espléndidas ciudades, aves que raptaban presas humanas para alimentar a sus crías aguardando en nidos sobre picachos infranqueables. El Sultán la oía y la miraba, las palabras caían de sus labios con rumor de cascada en el patio palaciego del Califato, ella se interrumpía justo antes del clímax o el desenlace para continuar el siguiente capítulo la noche próxima igual que las telenovelas. El Califa tarde se percató que estaba enamorado hasta donde dijo Colins, que su linda prisionera lo había enredado en la tela de sus relatos con la habilidad delicada de una araña tejedora

Bueno, el resto ya lo saben.

¿Y qué le dijo Jesús a Lázaro? ¡Levántate!, ¡levántate!, pero qué podía yo decirle a un guerrillero jefe de comando curtido por los episodios de la lucha armada? Ni idea, necedad era hablarle del tiempo como los ingleses si no paraba de llover, peor de la familia porque la clandestinidad se lo prohibía, de historia patria menos pues toda la perorata era la versión de los vencedores, de los oligarcas sempiternos. Yo veía que no podría hacer las de Sherezade, no era con puros cuentos que me iba a liberar. Pero mujer al fin y al cabo, profesional en Derecho y no de oficios domésticos, casada y de este domicilio, tuve que hacer de tripas corazón, echarle güevo y ponerme a cocinar.

Los muchachos del comando en sus incursiones a pueblos cercanos me llevaban pastas, conservas, especies, hierbas, aceites, semillas oleaginosas, quesos y embutidos, creo que los “Fettuccini Alfredo” y demás delicatessen de la cocina italiana, aparte de extravagantes en aquel fin de mundo, han de haber sabido a gloria.

En fin, al hombre le entré por el estómago, lo conquisté por medio del olor y el sabor. Ahora no voy a mentir porque yo también caí en el juego, entre mi comida y su rostro complacido se fue tendiendo un lazo, la íntima conexión de entrega del alimento y su aprobación tácita sin mediar palabra alguna, de pronto el placer gastronómico derivó en placer sexual. Mis orgasmos prolongados en la naturaleza salvaje fueron tan memorables como la música de Rimsky, ritmos, tempos: presto, allegro, adagio, largo, andante, escalas descendentes y ascendentes transcurrieron en una melodía triunfal.

En el exterior las noticias de los medios, las demandas del gobierno y de las comisiones de derechos humanos, las marchas de apoyo, las súplicas de los familiares se propagaban como en maceta, tuve varias oportunidades de volver con los míos pero quise quedarme dando tiempo a que mi hijito hiperactivo se calmara, mi marido con maestrías y doctorado por fin fuera promovido y mi madre envejecida cuidara más de sus fármacos metiéndose menos con nosotros, esa fue mi estrategia, esperar y amar, nada que ver con el “Síndrome de Estocolmo.” Por último reitero que este asunto es confidencial, no se lo cuenten a nadie.


Managua, 10 de enero de 2007.




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