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  CON TODO EL PODER DE LA INFORMACIONManagua, Nicaragua - Domingo 15 de Abril de 2007 - Edición 9578
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Una especie literaria en extinción

A propósito de Raúl Orozco y su larga e ilesa carrera literaria


Ser poeta en Nicaragua, lejos de ser un orgullo nacional, es una especie de estigma social institucionalizado. Poeta es sinónimo de bohemio, borracho y todo adjetivo despectivo que se te pueda imaginar. Los utópicos creen que los poetas, ayudados por políticos honestos, pueden contribuir a cambiar el destino de sus pueblos. Otros, más taimados, prefieren cambiar a los poetas por los políticos. ¿Por qué? Porque los poetas, a diferencia de los políticos, no negocian la libertad.

Por esta razón, y en muy raras excepciones, los poetas y escritores son apreciados por su talento y su magia de reinventar la palabra. Pero la mayoría son vistos como animales raros, vagos, bohemios, dedicados al oficio de la paja intelectual y, por lo tanto, calificados de “outsider” y de menesterosos. Aclaro: hay sus honrosas excepciones.

En primer lugar, por principio, los gobiernos no emplean a los poetas. Los usan, y, si es posible, los eliminan, pero no los emplean. Es una especie de decreto nacional tácito que han aplicado instintivamente casi todos los gobiernos para protegerse. Es una sentencia de muerte civil para todos aquellos que defiendan su condición de poetas. Aunque algunos gobiernos cortejan hipócritamente a los poetas con medallas y míseras pensiones, o financiándoles libros que quedan prisioneros en las bibliotecas locales.

Rubén Darío tuvo que demostrar que era un genio para que medio lo comprendieran. Pobre poeta. Tuvo que pasar un siglo para que comenzara a ser profeta en su tierra. Todavía circula la leyenda negra de que el poeta era un pobre borracho iluminado por la gracia divina. Gracias a Dios que Darío está muerto, disfrutando de su gloria literaria incuestionable. Pero… ¿y los demás poetas vivos, sobrevivientes de este joven siglo, que no han corrido la suerte de Darío y de otros famosos, cómo se las ingenian para subsistir en medio del caos neoliberal?
Hace algunas semanas llegó a mi oficina el poeta Raúl Orozco y aprovechamos para chismear sobre varios temas. Desbaratamos la realidad local y la reconstruimos en una hora. Después de varias tazas de café nos despedimos, y mientras lo hacíamos pude ver en sus ojos que su dignidad estaba intacta y adivinar en sus palabras la misma lucidez y llama poética con que lo conocí desde mi infancia. Su misma voz, su misma franqueza, su misma verdad llameante lo acompañan siempre.

Raúl es uno de estos poetas que pertenece al exclusivo club de los eternos escritores libres y desempleados. A ese reducido universo de hombres que han sido castigados por ejercer su derecho a pensar y escribir con inteligencia y libertad. A esta especie que ya se encuentra en extinción, sólo la muerte se encarga, parcialmente, de redimirla. La historia, muy tardíamente, la absuelve.

Raúl es un poeta de verdad. Sin máscaras. Sin dobleces. Y desde que lo conozco habla, escribe, vive, piensa, come, bebe y hasta regaña como poeta. Su vida ha sido atípica, como la vida de la mayoría de los poetas. No encaja en ningún perfil. No cabe en ninguna foto. Fue revolucionario y progresista cuando serlo significaba poner en peligro tu vida y la de tu familia. Lo conocí cuando escribir artículos de opinión contra Somoza y el somocismo era toda una proeza. Disintió de la cultura oficial revolucionaria cuando hubo que hacerlo, y quizás su tenaz lucha por la libertad lo hizo merecedor de engrosar la exclusiva lista negra de los olvidados.

A pesar de tener una hoja de poeta envidiable, con cinco libros publicados, algunos de ellos traducidos a varios idiomas, y con innumerables recitales brindados en varias partes del mundo, Raúl se debate diariamente entre la poesía y el hambre. Son las ironías de una sociedad globalizada en que la poesía, por no ser una mercancía cotizable, no tiene valor de uso ni de cambio. Es un poeta saciado en su espíritu pero con su estómago llagado por el hambre material. No tiene empleo y vive estoicamente en su residencia en Las Mercedes, sin luz eléctrica, sin refrigeradora, sin televisor, sin alacenas llenas de comida, sin mujer, sin hijos, pero cargado de la energía positiva que le da la poesía para seguir viviendo. Aprovechando las largas vacaciones de Semana Santa, releí Música de la música, uno de sus mejores libros. Y no porque sea el último es el mejor, sino porque en él están escritos con mayor universalidad y fuerza poética los temas que el poeta va convirtiendo en poesía. En este libro encuentro al poeta de largo aliento y al maestro del epigrama punzante, sarcástico y cruel como Lotería:

(Terminación con premio)
“La suerte, como la Muerte,
cuando te llega….!Te llega!
En este epigrama, Raúl compara a la suerte con la muerte, dos hechos azarosos y aparentemente antagónicos en la vida de los hombres. Hay suertes buenas y suertes malas. La suerte y la muerte pueden ser los mismos personajes con distintos rostros. Es una terminación con premio. O un premio con terminación. La vida como un azar siniestro. O leamos, por ejemplo, un epigrama que transita del amor al olvido.


Olvido
Lo siento Señora: son
demasiados. No hay espacio
para tantos recuerdos
Releyendo Música de la música, y sin ser crítico de literatura, me he dado cuenta de que la verdadera y genuina poesía es incalificable. Es universal y atípica como la vida de Raúl Orozco. Cuando leo a Raúl escucho a muchos poetas dentro de él, como ríos que corren desenfrenadamente a un nuevo cauce: su propio sello. Escucho los alientos de Jorge Luis Borges, los giros de Carlos Martínez Rivas, el clasicismo de Bécquer, el mundo infernal y cruel de Baudelaire. En fin, las voces poéticas que hacen universal a Raúl Orozco.

Para finalizar, quisiera referirme a un extraordinario y breve poema de Raúl que bien podría convertirse en su epitafio, y por qué no en el mío. Me refiero al que dice:
Vago por ahí observando
las mismas cosas nuevas
de siempre; escuchando
mi música pretérita
y moderna. Escuchando
los cantos de mi amor,
los cantos del amor
que fue siempre canto.

El poeta es un eterno observador de las cosas. Sufre y canta. Muere y canta. Lo bueno es que Raúl salió ileso de la madre de todas las batallas: la mediocridad.

Managua, 9 de abril de 2007.




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