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  CON TODO EL PODER DE LA INFORMACIONManagua, Nicaragua - Martes 01 de Mayo de 2007 - Edición 9585
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22 de abril de 2007 16:44

Testimonio del oficio


(Paradojas de la mandíbula, Poemario de Carlos Calero, Ediciones Andrómeda, 2007)


La dentellada del mastín; la mordiente del gato con la paloma en sus fauces; el tránsito del autobús suburbano de la barriada popular al downtown de la capital; el amanecer entre anturios, azucenas, claveles y la fragancia escarlata de una piel femenina; la responsabilidad del poeta sin protocolo y con audacia; todo eso y más acarrea el último libro del poeta tico-nica Carlos Calero, Paradojas de la mandíbula. Y la memoria, mejor dicho, la cabanga, ese hilo conductor de la conciencia del poeta desde la infancia hasta el exilio voluntario donde acecha el mercado de la muerte.

Sobreviviente de los talleres literarios de la otrora Revolución Sandinista, hoy acartonada en el gobierno nicaragüense como una perífrasis tragicómica, Calero rehusó la forma que perseguía su estilo, para refugiarse en el estudio y la lectura de los clásicos y las poéticas renovadoras, sin borrar, claro está, la valiosa experiencia de aquéllos balbuceos exterioristas. Por eso nos entrega una poesía trascendente pero con garra, lírica más cotidiana, intimista pero conversacional, culta y, sin embargo, popular.

Como profesor que es, en el sentido más amplio y pedagógico del término, el poeta evita la grandilocuencia, no pontifica sino que busca, describe, interpela, opone y propone. Tributario de su doble vertiente sociocultural y lingüística, su poesía es fronteriza: desde el ceremonial de Monimbó hasta la acidez urbana de una metrópoli que se muerde la cola, como San José (la ciudad más grande de Nicaragua, según la percibe el poeta Alfonso Chase), surca esos montes, esas llanuras, ese río donde asoma la boina de su mayor prestidigitador y mediador (JCU), pero sin perder la frescura que nos convoca a todos a un territorio compartido y, como el poeta, el otro, el mayor, el paisano, inevitable. Porque la división, en esta época, es asunto de cínicos, oportunistas y politicastros.

Paradojas de la mandíbula es testimonio lúcido del oficio. Por eso Calero convoca a sus poetas precursores y predilectos, los reúne alrededor de su buró de trabajo y les platica. Conversa largamente con ellos, les narra sus imágenes, los reclama en sus reflexiones. Y se interna en ese monólogo profundo con la voz ajena, que no es más que la bullaranga de las plazas, parques, mercados y ferias de su pueblo, ese de la Nicaragua natal, éste de su Costa Rica neoliberal. O se ensimisma en su voz interior para retrotraer a sus antepasados, a su amante esposa difunta, a sus camaradas de viaje, quienes hacen posible la construcción de un mundo que se nos cae, como en la guerra de todas las cosas, en un caos y una anomia que amenazan al planeta entero.

Carlos Calero nos entrega una obra largamente meditada, elaborada, digerida, distribuida en su argamasa originaria. Todo ello en el silencio de la labor del orfebre, silencio que, sin las poses y aspavientos de muchos vates posmodernos, es condición sine qua non de todo verdadero artista. Así es su postura vertical de hombre comprometido con la vida, de ciudadano oficiante de la poesía. Por eso el poemario mastica, masculla, aúlla, susurra, acaricia y supura, con la lucidez del artesano que pule las palabras y las imágenes, tal vez en exceso a veces, pero con la convicción barroca de los hechiceros y los amanuenses de la palabra historiada, es decir, amasada colectivamente, multiplicada, compartida.


* Escritor costarricense.




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