Mi imagen de la felicidad
Karlos Navarro La imagen del amor, al igual que la felicidad, es contradictoria, una aspiración inalcanzable, ingobernable; vaga necesidad del alma, que es la zona donde anidan los deseos y los sueños.
Cada quien tiene una experiencia distinta de lo que es el amor y la felicidad, no existe una fórmula, pero coincido en que es un impulso que se vuelve intransferible, a veces fugaz deseo de instantes de satisfacción especial. Por eso en la vida hablamos de “momentos de felicidad”, de “momentos especiales”.
El amor es el encuentro de dos mundos: el de la interioridad moral y el de la exterioridad social. En su libro “El contenido de la felicidad”, Fernando Savater apunta al respecto: “La educación ética occidental ha estado fundamentalmente centrada en la frustración llamada culpa, mientras que en Oriente se ha dado con mayor frecuencia la primacía de la vergüenza”. Acaso tal polaridad haya distorsionado ambas formas de frustración, que, en su justa medida, son tan útiles para ordenar la vida.
En el caso de Occidente, la hipertrofia de la culpa --enfatizada en un concepto tan devastador como el “pecado original”-- es la principal retranca del anhelo de felicidad. Eso hace que debamos plantearnos la necesidad de una “liberación de la felicidad”, que la despoje --como aspiración y como tarea-- de los aberrantes grillos que le ha ido agregando la cultura.
La religión, la moral, la clase, la familia, las leyes y algunas veces hasta la edad --como apunta Octavio Paz-- se oponen al amor y a la felicidad. Los prejuicios nos agobian y nos separan, nos excluyen de ser nosotros mismos. Porque el amor es elección, libre y espontánea; muchas veces se necesita transgredir, violar las normas sociales, abandonar los consejos de nuestros padres, hacer una ruptura, para ser uno mismo y poder elegir.
No poder elegir y ser presos de los prejuicios que nos impone la cultura nos llevan a la falta de felicidad, ésta consecuentemente a la pena, a sentirnos solos, alejados del otro, de nuestro complemento; una vez que tomamos conciencia de ello nos exasperamos y, en vez de dar tiempo al tiempo, buscamos con desesperación, pero al no encontrar nos frustramos, en una irónica nostalgia cotidiana.
Cuando tomamos conciencia de que no podemos elegir, de que somos presos del contorno social, buscamos a quien nos conviene, muchas veces a quien agrade a nuestros padres, pero también a quien nos dé estabilidad económica y aceptación social. Pero esto no tiene nada que ver con el amor y la felicidad; todo lo contrario, es lo que quiere la sociedad y nuestros padres, y no lo que nosotros deseamos. “Y pensar que he perdido los mejores años de mi vida con una mujer que no era mi tipo”, dice Swan.
En este acto también está presente la cobardía; temor y miedo se funden. El cobarde es el que se cobija bajo las normas, el que huye al compromiso y que teme entregarse, ser él mismo.
No es fácil entregarse, más aún despojarse de los prejuicios. El temor a ser traicionado, engañado, a no sentirse querido, apreciado, comprendido, es lo que a veces nos separa de la personas que queremos amar. Aunque parezca en apariencia un acto sencillo, es en realidad complejo. Las reglas, las prohibiciones, incluso hasta la vanidad, constituyen muchas veces el dique que nos separa de la entrega amorosa.
En nuestra sociedad, donde impera la cultura del machismo, ser cariñoso, efusivo, cálido, entregarse y mostrar los sentimientos es muestra de debilidad. El macho no puede ser endeble, porque sería muy femenino, o en todo caso afeminado, y por lo tanto rechazado. La entrega es debilidad. La mujer debe ser solamente un objeto de satisfacción; y como tal, debe de ser utilizado, y desechado, sin más satisfacción que el recuerdo.
La unión de dos enamorados en búsqueda de la felicidad es en sí un acto de valentía, de comunión, en donde nos despojamos de las máscaras, de los prejuicios, de los mitos creados por la sociedad, para sentirnos deseados, protegidos, queridos; para saber al fin y al cabo que no estamos solos.
Cada día que alguien se lanza a esa entrega casi inaccesible que es el amor, saltando los obstáculos y los prejuicios que nos impone la cultura, nos da aliento para la vida, ya que se establece un “mínumun vital” para la realización, que es un escalón en el ascenso hacia la felicidad personal.
En la vida cotidiana, el amor se nos presenta como una constelación de posibilidades, como un proyecto propio de satisfacciones y solamente puede ser alcanzado con ese impulso que muchas veces le llamamos pasión, que es la entrega total de una persona hacia la otra, con el propósito de alcanzar ese estado de conciencia que le llamamos felicidad. Con justa razón Jorge Luis Borge decía: felices los felices.
Comentarios de nuestros lectores Guillermo Goussen
Pocas veces, sobre todo en estos tiempos donde prima la inquina, se logra leer un artículo como éste, que crea consenso. Se podrá estar en desacuerdo en algunas frases, mínimamente, pero su totalidad nos dice que lo escrito reúne aspiraciones comunes al ser humano. Felicidades.
Guillermo Goussen
Pocas veces, sobre todo en estos tiempos donde prima la inquina, se logra leer un artículo como éste, que crea consenso. Se podrá estar en desacuerdo en algunas frases, mínimamente, pero su totalidad nos dice que lo escrito reúne aspiraciones comunes al ser humano. Felicidades.
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