Consejo de reconciliación en el Oriental
Francisco Javier SANCHO MÁS Hace unos años me perdí en el Oriental. Fue hace más de diez años. Entonces Daniel Ortega hacía campaña vestido con camisa blanca, como ahora, y hablaba de reconciliación, como ahora. Yo buscaba a unos amigos y en algún recoveco del laberinto me perdí. Mi primera reacción, la primera reacción de cualquier visitante del Oriental, fue “ya la pasé”, agarrarse fuerte la bolsa del pantalón y mirar a todos lados para anticiparse. El primer halón vino del lado izquierdo. Una mano de mujer me arrebató con atrevimiento el llavero que traía colgando sin darme cuenta. Era un llavero de esos que regalan en las campañas con las letras de uno de los partidos en contienda. La señora me preguntó: “¿Usted es uno de esos?” Yo tardé en responder porque no sabía a quiénes se refería o en qué grupo me estaba incluyendo. Miré el llavero y me excusé con una disculpa que debió sonarle del todo falsa:
-Ah, eso. No, es que me lo regalaron en una actividad del barrio.
Entonces, la mujer, pasando por alto mi cobarde disculpa, me empezó a enumerar los familiares muertos y desparecidos que tenía de los ochenta, echando la culpa a esos del llavero mío por la desaparición de todos ellos. Era un recuento lento, tranquilo, no parecía una descarga, sino más bien que estuviese haciendo memoria, como si… como si después de seis años se diera el lujo ante un extraño de volver sobre los muertos. Nombrarlos. Los dos primeros eran hijos. Esos los nombró de inmediato. Los otros ya casi no tenían nombre. Eran “los hijos de mi hermana”, “el sobrino de otro hermano” , “y algún otro que se desapareció solo, que se fue y no vino, o si vino nadie sabe, simplemente no volvió a saberse”.
La señora tenía un tramo azul. Vendía pantalones. Todos eran blue jeans, imitaciones de marcas caras que ella las vendía a un precio módico. El tramo era sostenido por el esqueleto de un ensamblaje imposible de hierros oxidados.
Enfrente, otra señora, de la misma edad, y con las mismas arrugas en el entrecejo, escuchaba la letanía de nombres y parentescos de su vecina de tramo. Esa señora vendía ropita de niño, y su tramo era blanco con algún trapito celeste, alguna cinta rosa, encajes que resistían al polvo bajo plásticos transparentes y agujereados. Hace más de diez años, pero de esto todavía me acuerdo, del color de sus tramos, de sus miradas. La señora me llamó por lo bajo, como si no quisiera despertar a la otra del trance: “No le haga caso. Anda perdida en otra época. A mí también me mataron a los míos. Me los mató la gente que ella defiende. Yo nunca votaré por ellos. Hasta la muerte.” Y cerró el puño como una promesa.
Pero la señora de los blue jeans escuchó lo que su compañera me decía y en eso entraron en una disputa verbal en la que yo estaba no sólo como invitado sino como excusa perfecta: un joven que necesitaba que le aclarasen un par de cosas referente a ese llavero y a lo que había pasado en esta tierra tan poquitos años antes. Me llamó la atención que cada vez que una hablaba, empezaba y terminaba con la misma frase “…pero ya no estamos en guerra”. La repetían como una especie de cambio y corto, ante el que la otra se preparaba para decirme lo que pensaba, hablando a Juan para que se enterase Pedro.
Sentí que tenía que hacer algo o desaparecerme, pero no sabía muy bien cómo, así que se me ocurrió comprarles algo a las dos. Empecé por la del pantalón, y comenzaron ahora una disputa por mi talla. La una decía que la 32 y la otra le respondió: “Pero no ves que es de caderas anchas”. Así que después de que me radiografiaran compré uno. Volvía a ver lo que me quedaba de dinero. No tenía más, acaso el vuelto, unos veinte pesos. Con eso no me daba para comprar ninguna ropita de niño aunque fuese para regalo. Entonces, la dueña del tramo de pantalones me dijo que no tenía sencillo y le pidió a la otra los veinte pesos. “Dale veinte pesos vuelto”. Con suma diligencia, su oponente sacó de una bolsa de plástico, donde tenía embutidos los billetes, mi vuelto” y apuntó en un papelito el dinero que había costado el pantalón. Un muchacho les trajo la comida en una sola paila, de la que ellas se separaron dos mitades en platos de plástico que tenían entre las telas. Debieron mirar mi gesto de asombro, y la del pantalón me explicó como si nada: “Es que somos socias. Viera qué difícil está la venta”. La que me devolvió el dinero se rió a sabiendas de mi pequeña confusión.
Sentí para mí que una guerra grande había terminado allí, de alguna manera en algo pequeño. Algo horrible había terminado con el tiempo y se le había puesto fin. La reconciliación empezó una mañana en Nicaragua entre dos casas que estaban en guerra y se dieron los buenos días. No existía entonces ningún Consejo. Los políticos tardaron mucho más en reconciliarse, mucho más en darse cuenta de que la vida les estaba ganando la partida. Estas mujeres madres que supieron reconciliarse no estuvieron en Sapoá ni en otros acuerdos de paz, ni en las fotos de las firmas. Los que sí estuvieron han vuelto a gobernar después todos ellos, en un cargo u otro del poder, los que alguna vez estuvieron y provocaron la contienda. Uno a uno, han ido volviendo, como si Nicaragua les estuviera preguntando sin guerra: “¿Qué querías decirme?” Y Nicaragua aún no sabe la respuesta.
Tal vez, si ahora la respuesta fuese la de atender prioritariamente a las víctimas aún con vida de la guerra, podría volver a contarse otra historia. No sé si el Consejo del Cardenal y Daniel puede hacer mucho por ellos. Pero la verdad es que en ese Consejo sería más apropiado ver a las madres, a las mujeres del dolor en las entrañas que se reconciliaron mucho antes, y más que Consejo de Reconciliación debiera llamarse de Reparación Imposible. Ojalá al menos se atienda mejor a los que sufrieron secuelas físicas, pero también a esos otros muchos, que aún se les ve, paseando por el lado de una acera, en cualquier semáforo, con el gesto confuso, como si no supieran el camino de vuelta a casa. Lucharon en todos los bandos, y ninguno de ellos ganó. No se les cruzó una bala sino el horror. Muchas veces los miro en las paradas de buses, buscando un rastro de algo. Aún llevan alguna gorra de entonces, o un pantalón verde olivo, y se te encoge el corazón en sus ojos porque van cargando la infinita soledad hermana de una guerra perdida.
franciscosancho@hotmail.com
Comentarios de nuestros lectores Alfonso Hernandez/Massachusetts
Nunca admiraré la bravura de nuestro pueblo, cuando
ella sea usada para matarnos mutuamente. Las guerras entre
nosotros, siempre serán las mas sangrientas, por causa de
ser la misma sangre valiente, la que se enfrente.
Gracias, a esa frágil violeta, por haber hecho comer del mismo
plato al puma y la pantera. ¡Que lastima!, que aquel odio y la enemistad de los ochenta, no fue usada para combatir con rabia; la indecencia, la falta de ética,
la falta de oportunidades, el irrespeto a la ley y la constitución, y por supuesto la pobreza. Ayer no lo hicimos, pero lo podríamos hacer hoy, y así habremos enmendado y verdaderamente reconciliado a este maravilloso y amado pueblo.
Amigo Sancho, te obsequio mi pensamiento:
“No es valiente pueblo, aquél que se mata mutuamente”
|
Opinión
Miami News
¡Escrito para una madre!
Mi imagen de la felicidad
Consejo de reconciliación en el Oriental
Sábados de shoping
Nueva agenda para Aparecida
|